Críticas: Poltergeist

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La familia que sufre unida permanece unida

Steven Spielberg fue, sin duda, el gran rey del cine comercial de los ochenta. No solamente sus películas como director, sino también sus producciones se convertían en las más taquilleras del momento. Uno de los casos más curiosos fue Poltergeist, todo un clásico del cine familiar.

El responsable de En busca del arca perdida es el autor del argumento y  uno de sus guionistas y productores, aunque como director acreditado aparezca Tobe Hooper. Las malas lenguas dicen que él no fue el verdadero realizador de la cinta, sino el propio Spielberg en la sombra. Los rumores se han acrecentado más si cabe debido al mutismo que ambos cineastas han guardado al respecto.

Cuestiones de paternidad cinematográfica aparte, la película es un ejemplo de buen largometraje de terror para todos los públicos. El filme, que sigue los pasos de una familia de clase media acosada por espíritus malignos en su propio hogar, contiene sus adecuadas dosis de humor, el toque sentimental de Spielberg y unas secuencias de terror plagadas de suspense y realzadas por la magistral partitura de Jerry Goldsmith. Algunas de ellas, como la particular charla de la pequeña de la familia con los espíritus frente al televisor o la lucha de su hermano con un muñeco que ha sido poseído por uno de los entes paranormales, forman parte de ya de las antologías del terror de la época.

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Más de treinta años después de aquel éxito se estrena su remake, que se encuadra dentro de toda una corriente de revisiones que Hollywood ha realizado de clásicos del horror de los setenta y los ochenta. Gil Kenan, autor de la divertida Monster House, se encarga de la puesta al día de la cinta de 1982. Lo hace con un guion de David Lindsay-Abaire empeñado en dejar constancia que la película tiene lugar en estas primeras décadas del siglo XXI. De esta manera, si en el filme original mostraba a un matrimonio de antiguos hippies durante el gobierno de Ronald Reagan, aquí nos encontramos con una pareja con problemas económicos e incierto futuro en época de recesión. Además, la película hace hincapié en la manera que los entes extraños pueden interferir en la señal de los nuevos dispositivos que utilizan Internet.

Por lo demás, la película utiliza algunos de los elementos más llamativos del primer filme para embutirlos dentro de una trama que no se diferencia demasiado de las muchas cintas con familia asediada por los espíritus que hemos visto en las tres décadas que separan el largometraje de los ochenta y esta revisión. A ello hay que añadir la impersonalidad y falta de fuerza de los momentos terroríficos, que palidecen frente a la fuerza de los originales. No obstante, quizá lo más sorprendente de esta nueva versión sea la poca calidad de unos efectos visuales escasamente espectaculares que son bastante más pobres que los de la primera cinta.

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Por otra parte, el elenco realiza un trabajo desigual. Mientras que Sam Rockwell y Rosemarie DeWitt cumplen como los progenitores del clan en apuros, Kennedi Clements carece del carisma de la malograda Heather O’Rourke, que encarnaba a la pequeña que contacta con los entes extraños en la producción de Spielberg. Tampoco Jared Harris, en el papel del parapsicólogo que ayuda a la familia, logra que olvidemos a Zelda Rubinstein, la menuda médium que se encargaba de la misma función en la película de 1982.

En resumen, la nueva versión de Poltergeist se confirma como otra relectura de clásico rutinaria que respecta algo la letra del original, pero muy poco de su lúdico espíritu.

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