Críticas: Mad Max. Furia en la carretera

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mad max

We don’t need another hero

En un gesto poco ortodoxo, George Miller toma una decisión de lo más extraña: cubrir la cara de su protagonista, ese antihéroe que causara furor entre finales de los 70 y mediados de los 80 hasta que la acción ha arrancado en su totalidad. Es obvio, con ello el cineasta no pretende esconder el rostro de un Tom Hardy que ha relevado a Mel Gibson, ni siquiera despersonalizar la figura de un personaje que, si bien tomará cambios con respecto a sus antecesoras en esta cuarta parte de la saga, nunca abandona un santo y seña necesario para comprender su naturaleza. Más bien se podría decir que es una decisión ante la que atisbar la importancia de un paisaje, un contexto, que en ese universo creado por Miller siempre ha tenido una importancia capital. No lo hace tanto porque Mad Max sea uno de esos antihéroes carismáticos, que absorban todo atisbo de trascendencia y acaparen la pantalla casi sin quererlo; incluso se podría decir que es de los que se desvanecen, evitando cualquier protagonismo por el hecho de vivir por y para sí mismo. Pero sí es una decisión con la que Miller cimienta su tono en un yermo paisaje inundado por monstruosos vehículos, un terreno en el que incluso Mad Max es esclavo de una situación, de unas condiciones inclementes en ese vasto paraje ya avistado por el espectador que conozca mínimamente la saga. Porque, en definitiva, sus protagonistas no son sino esos colosos a motor que dominan los factores y hacen temblar el más recóndito rincón de esa tierra.

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Esa circunstancia es la que desvela un mundo caótico e inabarcable. Más grande y espectacular, sí, incluso mucho más ruidoso -genial el empleo de esa banda sonora en ocasiones diegética-, pero no precisamente consecuencia o fruto de una era donde toda herencia muta hacia el huero espectáculo cuya rimbombancia carece de sentido, sino como forma de entender una creación que sin esas características estaría apocada al más estrepitoso de los fracasos. Ese todo por el todo, el más absoluto de los delirios, queda refrendado por una estructura que beneficia el carácter desarrollado por Miller a partir de su Mad Max 2: the road warrior, donde el exceso y el nervio reinan sin paliativos. La violencia seca y cortante de Mad Max daba así paso a un cine -con más medios, evidentemente- vibrante y estremecedor que tomaba forma en un tercer acto, el de su segundo trabajo tras las cámaras, arrollador. Algo que intentaba extrapolar a Mad Max beyond thunderdome pero palidecía ante un carácter algo más naive, y que en esta Mad Max: furia en la carretera recupera con un pulso incontestable. Es de este modo como vuelve una esencia que parecía difícil recobrar, como ese circo de lo grotesco arroja de nuevo un puñado de arena a la cara del espectador, reivindicando su condición y devolviendo esas secuencias atiborradas que sólo el australiano maneja con la firmeza necesaria.

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Mad Max: furia en la carretera se convierte en una odisea que apenas da respiro, donde no hay tregua y en la que cada instante de sosiego deviene en un bálsamo imprescindible. Porque el “tour de force” elevado por Miller apenas atiende a matices -ni siquiera son necesarios guiños de ningún tipo, aunque se agradezca la presencia de nombres del “aussie” más freak como Angus Sampson-, e incluso las concesiones tomadas en torno al personaje -esa conciencia en forma de visiones, quizá el aspecto menos pulido- se debilitan ante una estructura mastodóntica que arrasa con todo a su paso. Un contexto en el que únicamente sobresale un estimulante universo femenino: de entre la grasa, el rugido de los motores y la testosterona emerge un espacio que otorga esos pocos matices que la irrefrenable y brutal persecución a la que somete Miller a sus personajes acata. Y es más allá del atronador efecto de la acción perfectamente ejecutada por el australiano donde Mad Max: furia en la carretera triunfa, alzándose por encima de ciertos tópicos y enriqueciendo un sello titánico, que sin necesidad de detonar su condición, navegando en un espacio donde un nuevo exploit germina encontrándose con la serie B, llega tan o más lejos de lo que se podría esperar.

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