Críticas: It Follows

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Terror venéreo

El pase por la Semana de la Crítica de Cannes y por Sitges en 2014 ha ido levantado un revuelo en los amantes del género de terror, capaz de originar una expectación como pocas veces se ha visto, y que ha desembocado en la llegada por fin en salas de It follows, el segundo largometraje del estadounidense David Robert Mitchell. Junto a The Babadook (Jennifer Kent, Australia), parecemos encontrarnos ante una de las películas de terror del año, por no decir directamente de los últimos tiempos.

La juventud adolescente norteamericana, algo abandonada por sus padres y buscando ayudarse los unos a los otros mediante vínculos de amistad, creando una especie de “segunda familia”, parece creerse lo suficientemente adulta como para conducir o tomar sus propias decisiones respecto a lo que desean hacer en cada momento. No parecen preocuparse por los problemas realmente importantes. En lugar de eso, tan solo tienen en mente el desarrollo de su  propia sexualidad, pensando siempre en sí mismos y no tanto en el prójimo. Esa podría ser la premisa de la película que nos atañe. Un trasfondo bastante indi sino fuera porque nos hallamos ante una película de terror, un género que sin lugar a dudas, junto al melodrama y la comedia, tiene como última finalidad el provocar una respuesta física en el espectador. Y es que bajo esta capa que trata de radiografiar a la juventud de la sociedad norteamericana actual (donde descubriremos incluso una crítica posterior sobre la incompetencia, el absurdo y lo dañino para los propios jóvenes que es el uso de las armas de fuego) nos hallamos ante una película que se vale de una puesta en escena inteligentísima con el fin de aterrorizar a su público.

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El director estadounidense juega sus cartas con una maestría notable, fusionando la subjetividad del personaje principal, la joven, guapa e inocente Jay, con nuestra visión como espectadores de su tormento. Jay es contagiada por una maldición venérea y debe acostarse con otra persona para poder deshacerse de ella, relegándole a otro el martirio. Dicho suplicio consiste en una incesante y lentísima persecución en la que un extraño ser capaz de adoptar diferentes formas humanas persigue a sus víctimas sin descanso. Mientras Jay vigila y evita los espacios claustrofóbicos, los espectadores nos vemos rendidos ante el poder divino del director, quien nos muestra tan solo lo que alcanzamos a ver, creando una tensión interna y un desasosiego al no saber nunca donde puede aparecer la amenaza. Un estado de tensión malvadamente alimentado por un uso musical con ecos al terror ochentero que no consiste en meros sonidos estridentes sino que juega a la perfección con la planificación del suspense bien logrado. Los giros de la cámara que tratan de ofrecer una visión caleidoscópica del entorno tan solo son usados en aquellas escenas corales donde el peligro puede encontrarse en cualquier sitio desapercibido, así pues resulta ingenioso el uso de la profundidad de campo, ofreciendo una sensación de constante sospecha.

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Con un toque indi pero también poético y un Detroit maltrecho que en alguna ocasión recuerda a los pesadillescos planos de Ryan Gosling en su ópera prima Lost River,  It follows ofrece un cine de terror del que se siente y se padece, sabiendo usar el entorno y el elemento desconocido como peligro inminente. Alimenta una tensión incesante cuyo clímax terrorífico llega en la escena donde Jay es perseguida en su propia casa, jugando con el desconcierto tanto de los protagonistas como de los espectadores, quienes como ella, sienten (o más bien padecen) el acercamiento inevitable del peligro. Será más adelante cuando la acción decaiga y la lucha contra el “monstruo” contenga reminiscencias de otras películas ya vistas, algo que tampoco resta calidad al filme, pero que sí provoca cierto desequilibrio a la hora de compensarlo con su hipnótica primera mitad. A su vez, Mitchell ofrece una visión acerca de la adolescencia actual, el egoísmo sexual fruto del miedo y también sobre los desencantos amorosos y la lealtad.

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