Críticas: Hipócrates

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Hipócrates - Cinema ad hoc

Sangre en la bata.

El francés Thomas Lilti, poseedor de una doble carrera un tanto inusual en el cine –alternó sus primeras actividades como realizador con sus estudios de medicina general– se sumerge en Hipócrates, un segundo largometraje de esencia autobiográfica, en los convulsos pasillos de un hospital público francés. A través de una cámara pegada a los pasos de su joven protagonista, su propuesta trata de retratar con cierta ligereza la compleja sensación de tener a cargo vidas ajenas a la par que se depende de las trabas de un sistema económico y burocrático tan voluble como amenazador.

Sus evidentes intenciones humanistas y sociales parecen evocar una tradición de compromiso con y para lo relatado, tan sencillo y directo como la agresiva realidad con la que se da de bruces un doctor de 23 años que empieza a trabajar como médico interno residente, un puesto que requiere todas las dotes personales y profesionales que se puedan exigir a alguien con tan escaso bagaje. Benjamin se enfrenta de repente a una praxis que poco tiene que ver con los ejercicios teóricos, contaminada tanto por la ausencia de recursos materiales como por la abrumadora complejidad inherente al ser humano.

Hipócrates (2) - Cinema ad hoc

La abundancia de populares series televisivas dedicadas al mundo de la medicina provoca que la inmediata reacción más común ante Hipócrates sea trazar un paralelismo entre su estructura y la de uno de sus capítulos, dado también su enfoque algo atípico para una producción cinematográfica. Pero la doble alusión a House en sus primeros compases –“yo ya he visto este episodio”, afirma un personaje, preparándonos para la subversión de los mismos– deja de manifiesto más bien que poco tienen que ver con la realidad aquí mostrada: en un guiño referencial inspirado y revelador, los trabajadores de este centro parisino relajan su agotador día a día viendo otras ficciones de médicos en sus pantallas. El ritmo interno de la obra de Lilti no está marcado por amoríos ni enfrentamientos violentos, sino por la imposibilidad humana de afrontar la muerte a diario y las obligatorias vías de evasión con las que se intenta huir de una intensa rutina de confrontación y decepción. La camaradería, plasmada a través de celebraciones desenfadadas que contrastan con la tensión que se vive en los pasillos, se presenta como escape a una realidad plagada de conflictos éticos y cierta dosis de cochambre que refleja el declive de lo público, muy bien captada por el sagaz ojo de un cineasta del que se puede palpar su vasta experiencia en el campo.

Hipócrates (3) - Cinema ad hoc

El principal problema que acusa, sin embargo, procede también de esta infrecuente compaginación profesional: por momentos, Lilti parece querer abordar demasiados frentes, sabiendo que llega para cubrir el hueco de un sector sanitario necesitado de obras cinematográficas de ficción con más tejido reivindicativo que la habitual narración televisiva. Así, lo que en una muy buena primera mitad sabe mostrar con enorme solvencia se precipita en el último acto hacia cierto desquiciamiento, resumido en un fortuito golpe final que se antoja poco necesario y cuyas consecuencias no están demasiado bien explicadas. El uso excesivo de temas musicales en el montaje remata un entramado que, queriendo huir de los planos clichés asociados a los médicos de la pequeña pantalla, no renuncia a utilizar en última instancia algunos de sus recursos más obvios para lograr empatizar con su mismo público.

No obstante, Hipócrates es una película que se contempla con sumo interés en todo momento y ayuda a comprender la vorágine de deudas y carencias en las que hoy está sumergido un sistema tan crucial como el sanitario, fácilmente extrapolables fuera de la Francia aquí retratada. Un gremio forzado a salir adelante incluso cuando las manchas en el blanco de su bata son notorias, que ha de sobreponerse a los continuos dilemas internos para lograr esa quimera que es ofrecer siempre lo mejor de sí.

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