Festival de Málaga 2015: Día I

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Hablar, Los héroes del mal y La deuda: el diálogo (o la necesaria ausencia de) como punto de partida para el 18 Festival de Cine de Málaga.

El Festival de Málaga se siente observado en su decimoctava edición y no es para menos después del éxito en 2014. El cine español no es un patrón, es una nacionalidad de origen. Indicativo de diversidad de miradas pero no de características comunes. Quizás lo que más les iguale sea la gran afluencia de público y desde luego el de la Costa del Sol es un buen laboratorio de pruebas. Una ciudad que se imbuye en el cine como no suele hacerlo, por desgracia, el resto del año y que quizás pueda encontrar en una sala todo lo que viene buscando, oyendo y que muchos había olvidado: los cines aún existen. Así puede que se animen a repetir los otros meses de 2015.

Las cintas de la Sección Oficial compiten por suceder en el trono a 10.000 km, que exploraba las formas de comunicación en una relación de pareja separadas por una distancia física y emocional. La película inaugural intenta superar esas barreras más sociales y pretende que nos pongamos a “Hablar” entre nosotros, idea que da título al film que inauguró el certamen. Es complicado empezar con tan mal pie una película, colocando un título previo a las primeras imágenes en las que se nos avisa de que vamos a ver una cinta rodada en un sólo plano secuencia sin cortes. Un ejercicio pretencioso, que hace de menos a su audiencia, y premonitorio con lo que vamos a ver. En efecto, Hablar está compuesta por un único plano secuencia en un radio de 500 metros por el barrio madrileño de Lavapiés. Un virtuosismo técnico que queda desmerecido por el uso y por el contexto: su uso por pretender acercarse a “la verdad” del retrato que se hace de la sociedad española, foto fija deformada amparada en que todo montaje falsea el resultado; su contexto por las limitadísimas interacciones con el medio: apenas un cartel de Pablo Iglesias y un canutazo de la prensa rosa. Podría ser una set con decorados y el resultado no hubiera variado en los trazos que marca el director Joaquín Oristrell. Sin ello queda el pobre contenido y la pobre construcción de personajes arquetipo que no tienen ni nombre, sólo su rol (“La sobrecualificada”, por mencionar un ejemplo). Tantos actores y tan poco tiempo que a veces no pueden dar más que un desempeño plano de su labor, hablando continua y forzadamente sobre todo y sobre nada, pero especialmente sobre nada. El toque metacinematográfico y teatral se siente descompasado y de nuevo pretencioso, un campo adyacente a la ambición que finalmente fracasa pero que no hay que confundir entre sí.

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“Álex de la Iglesia presenta…”. Así da comienzo Los héroes del mal, cara a la que se suman Carolina Bang y Kiko de la Rica como productores para dar visibilidad a la propuesta de Zoe Berriatua, pero que no se debe interpretar como una cinta de estilo similar al que nos tiene acostumbrado el vasco. Sería fácil catalogar a La naranja mecánica como referencia pero, aunque haya música clásica y violencia, su núcleo es la adolescencia y por tanto está más cercana al clásico francés de coming of age Los 400 golpes: el descubrimiento del paso a la edad adulta y de sus características comunes, pues aunque seas un paria te enamorarás y tendrás amigos. Al hilo de la celebrada cinta de terror It follows, tampoco hay padres en Los héroes del mal, dejando al margen a los progenitores y con elementos asépticos para retratar verdades universales y exclusivas. Berriatua cuenta con la ventaja de haber escrito el guion hace más de diez años, tomando esa visión joven del mundo que tenía para aplicarle una visión personal y musical de la violencia, lo que marca una fina diferencia con la ganadora hace tres años Els nens salvatges. Y es que la violencia se enfoca como parte de sus vidas, quizás en este trío protagonista más por encima de la media de la sociedad, pero con una respuesta común que no tiene un origen traumático o educativo: simplemente existe en nuestra naturaleza el impulso de combatir violencia con violencia. De ese círculo vicioso nace la paradoja del título, la duda que rodea a los personajes sobre los comportamientos innatos, la responsabilidad de las elecciones que tomamos con nuestra materia prima y el impacto de la niñez y la madurez. El trío Jorge Clemente-Beatriz Sánchez-Emilio Palacios arroja tanto ternura como desconfianza cuando deben y parecen guiados por una mano invisible que aprovecha de sobra su potencial. El interrogante que dejó entre la audiencia del Teatro Cervantes tras su final es una buena señal para reflejar lo ocurrido y nuestra asimilación al respecto, que desde luego nos lleva y pensar unas cuantas cosas.

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Uno no termina de entender porque este tipo de cintas tienen cabida en la sección oficial de este festival. El que sea “elegible” por ser una coproducción no la convierte en acertada y, aunque habría que ver cuáles fueron el resto de opciones, hubiera sido más lógico encontrar algunas de las películas de Zonazine en su lugar. Pero ya que está y la hemos visionado, diremos que La deuda es un drama coral que transcurre con la premisa de acción-reacción en el marco del nuevo liberalismo. Como la relación entre una entidad bancaria y la Perú más rural impactan a través de una serie de intermediarios dejando un rastro de desgracia a su paso por obra y gracia del beneficio económico. El cine que caracterizó a Iñárritu y a su guionista Guillermo Arriaga, el que abunda en la miseria y pretende que el espectador se emocione y se le revuelvan las entrañas de asco a partes iguales. Una historia que puede llamar por el caché de su reparto (Stephen Dorff, Carlos Bardem y Alberto Ammann), que no cae en el ridículo pero sí en clichés formales desde el minuto uno.

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