Críticas: Sexo fácil, películas tristes

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A media camino entre la vida y la obra

Qué difícil resulta originar de la nada un relato de ficción. Muchas veces se ha oído aquello de que cada novela contiene el alma del escritor que la forjó a partir de la nada. Este parece ser el germen del que nace esta película que sí podría sonar fácil, pero no triste. El escritor Pablo (Ernesto Alterio), parece estancado en su vida de profesor universitario anclándose como el arquetípico novelista frustrado abocado a focalizar sus aspiraciones literarias en la enseñanza. Viviendo del recuerdo del éxito de llegar a publicar una novela en su juventud, se ve cumpliendo encargos para las productoras cinematográficas escribiendo sobre prefabricadas historias de amor. No obstante, aprovechará esta creación ficcionada del nacimiento amoroso para levantarla sobre sus propios recuerdos, evocando su vida pasada en Madrid y colocándola como un espacio con personalidad propia donde se moverán los distintos personajes. Así pues, vivimos una coproducción que se manifiesta directamente en pantalla, mientras Pablo está en Argentina, toda su creación se desarrollará en España, llegándose a fundir ambos mundos en los momentos clave de inspiración del argentino.

En el preciso instante en el que el agotado matrimonio del profesor acaba por naufragar perdido en la incomprensión, las infidelidades mutuas y el cese de la convivencia pacífica, Pablo se proyecta a sí mismo como un ser que deambula por los recuerdos del pasado negándose a retomar una nueva etapa de su vida. A su vez, mientras su amor real muere, nace uno ficticio en forma de guión de cine, donde los jóvenes encarnados por Quim Gutiérrez y Marta Etura, que repiten como pareja tras verlos en el filme de los hermanos Pastor Los últimos días (2013), viven un tórrido romance correspondientes a los primeros y apasionados meses del nacimiento de una relación. Todo ello será humorísticamente dinamizado por el feeling que desprenden en pantalla y por las cortas apariciones de Carlos Areces, genio y figura, del cual incluso suena uno de sus temas musicales en la banda sonora de la película.

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Será alternando las dos realidades, la de la ficción y la metaficcón, que viviremos el contraste entre ambos personajes, el novelista y el novelado, y mientras la realidad de uno es gris y poco esperanzadora, la otra será de un color de rosas finalmente perturbado por dos elementos amenazantes, el viaje a París de la novia y la aparición de terceras personas en la relación.  Será curioso cuando dicho contraste ofrezca dos caminos tan diferenciados entre ambos, pues Pablo podrá empezar a plantearse si debe resignarse a cerrar una etapa y abrirse vía a otras nuevas oportunidades, y Víctor preguntarse a sí mismo si lo que desea es continuar lo que ha forjado o seguir su camino por vías distintas.

Una vez ejecutados todos los clichés del romance, parece que su director, Alejo Flah, quien presenta su primer largometraje dramático en el presente Festival de Málaga, jugará a reformular los patrones a seguir, a ocupar el puesto de Dios del universo creado que se le otorga al padre de su obra (ya sea literaria, cinematográfica, etc.) y decidir si quiere romper moldes o cumplir con las expectativas del espectador que busca su comedia romántica estándar. Será entonces cuando se valdrá del juego a dos bandas que supone la doble narración del relato, mintiendo a su realidad en el final de uno para aventurarse a resolver los problemas de otro. Y es que al fin y al cabo ambas historias son la misma, es la propia vida de Pablo, su amor que decidió viajar a otro país y su cobardía por seguir adelante en su relación. Y será escribiendo sobre ello, reflexionando sobre la melancolía que le supone vivir de la evocación de momentos pasados en los que se enfrascará en resolver sus problemas emocionales del presente.

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