Críticas: Murieron por encima de sus posibilidades

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Murieron por encima de sus posibilidades - Cinema ad hoc

Recortar o ser recortados.

El Festival de San Sebastián 2014 fue el marco elegido para el estreno de Murieron por encima de sus posibilidades. No podía ser de otro modo, dados los antecedentes recientes con el certamen de un Isaki Lacuesta que salió vilipendiado por ciertos sectores de la prensa patria tras alzarse con la Concha de Oro en 2011 gracias a su críptica Los pasos dobles. Su retorno al certamen tres años después con una comedia, rodeado por una nutrida representación del star-system patrio y fuera de concurso –en palabras del propio Isaki, a petición propia–, podía sonar para algunos a intento de rebajarse a los cauces del sistema. Pero no contaban con encontrarse ante uno de los autores más imprevisibles y estimulantes del panorama nacional, y muchos de esos mismos tampoco intentaron hallar palabras para explicar qué supone su nueva película.

La principal clave para comprender el salto de Lacuesta a la comedia –no tan radical si tenemos en cuenta que ya había mostrado dotes en Tres tristes triples, trabajo para unos Venga Monjas que aparecen aquí en un fugacísimo cameo– es su inscripción en la variopinta corriente de autores que testifican una España en ruina, desde el mainstream de Santiago Segura en Torrente 5 hasta el más árido cine low cost, caso de Sueñan los androides de Ion de Sosa. Todas ellas, paridas el mismo año pero de circunstancias y riesgos sumamente diferentes, coinciden en representar un escenario caótico y desolado en el que la distorsión de los personajes puede hablar por sí sola.

Murieron por encima de sus posibilidades (2) - Cinema ad hoc

Filmada de modo discontinuo a lo largo de dos años y buscando financiación paralelamente al rodaje, lo que explica en parte su naturaleza sincopada, Murieron por encima de sus posibilidades supone un atrevidísimo ejercicio cuyas formas necesariamente anómalas no deben distraer de su fondo. Acudir a la playa de La Concha rodeado de estrellas fue, como va a interpretarse mayoritariamente, el modo de su creador para encontrar un altavoz mediático en el que amparar una propuesta de caparazón populista y riesgo mayúsculo; pero también la punta del iceberg de un proceso en el que el propio director decide anular el aparente sentido comercial de contar con los miembros de su prestigioso reparto y revertir su condición de señuelos, reducidos a dispersos escombros dentro de un país incendiado por una locura que imposibilita reconocer la propia identidad.

Así, en el cartel y la promoción puede verse una apabullante colección de nombres ilustres que van desde José Coronado a Luis Tosar, pasando por Emma Suárez, José Sacristán o Eduard Fernández. Algunos de ellos mueren a los veinte minutos, otros son brutalmente masacrados más tarde y no son pocos los que a duras penas superan el minuto de intervención. Mezclarlos, o más bien confrontarlos, con intérpretes de rasgos tan peculiares como Iván Telefunken –el gran descubrimiento de la película–, puede verse como una declaración de intenciones por parte de un Lacuesta que asegura que no encuentra diferencias entre el mainstream y el underground, pero también como vía para exponer esa sociedad absurdamente dividida de la que habla su obra.

Murieron por encima de sus posibilidades (3) - Cinema ad hoc

En la España de Isaki, una serie de personajes de asumida locura toma como responsabilidad ejercer acciones violentas contra la cúpula de ese difuso sistema económico y moral al que culpan de las fortuitas situaciones que les han llevado al manicomio. El mosaico plagado de flashbacks que forma la reunión y toma de conciencia del grupo, hasta emprender un viaje que carece de toda lógica temporal o espacial –resulta llamativa, y nada gratuita en su absurdo, la facilidad con la que llegan a su poderoso objetivo–, está regado por las canciones de un Albert Pla convertido en bandera y cuenta con algunos momentos impagables, caso de esa interpretación de la macroeconomía que hace el personaje de Jordi Vilches. En su desequilibrada ilación en pantalla se deja notar con fuerza el carácter diseminado y guerrillero del rodaje, pero también las connotaciones de un discurso que provoca un encuentro entre la permanente chanza fácil sobre la crisis y una reflexión sobre aquello a lo que vamos encaminados como sociedad. La comedia, de inspiración muy esporádica, deja cierto poso amargo nada relacionado con esa capacidad de crispar siempre ligada a un proyecto con pendientes tan pronunciadas.

Porque resulta innegable que Murieron por encima de sus posibilidades, más allá de su cantidad de fugaces destellos, naufraga si se pretende conferir sentido de unidad al caos: en una decisión tan ilógica que no puede ser inconsciente, las primeras imágenes que vemos son las que anticipan una de las secuencias de su desenlace, antecedente de una brillante animación con la archiconocida Hay un hombre en España de Astrud, que parece crear unas expectativas iniciales que ella misma se encarga de pulverizar. La sensación es que, incluso en sus numerosas lagunas estructurales, Lacuesta se muestra tan inteligente que es consciente de que el mejor modo de plasmar la locura es sumergiéndose hasta el fango en ella misma, y que tal vez la manera que se ajuste más a retratar esta España en la que vivimos sea manifestar en sus propias costuras el carácter de incertidumbre que rodeó la gestación de su obra. Al fin y al cabo, parece indicar, cualquier informativo –también hay momento para retratar la manipulación de los medios– posee relatos potencialmente tan inverosímiles como los aquí mostrados con espíritu de cartoon.

Murieron por encima de sus posibilidades (4) - Cinema ad hoc

En uno de los momentos clave de su catártico último acto, los supuestos interventores de la troika interpretados por Bárbara Lennie y Àlex Brendemühl revelan no saber a qué bando pertenecen, poco después de que el presidente del Banco Central al que da vida Josep Maria Pou confiese no comprender el funcionamiento del retorcido sistema económico que maneja. Así, Murieron por encima de sus posibilidades se confirma como un intento de plasmar el más completo de los absurdos, que reclama ser tratado como lo que es en sí, no como la película que podía haber resultado en otras manos pero Isaki Lacuesta, seguramente, nunca quisiera haber hecho. Su vocación de futura obra de culto para algunos y desastre mayúsculo para otros hace justicia a una reivindicación de la locura que, como deja entrever su propio autor, posiblemente encuentre su relevancia y público naturales dentro de una o dos décadas, cuando alguien decida echar la vista hacia el cúmulo de manifestaciones artísticas y sociales generadas por la convulsión de nuestro tiempo.

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