Críticas: La casa del tejado rojo

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El amor en los tiempos de preguerra.

La cámara se eleva por los tejados de Tokyo hasta llegar a un cementerio en el que sólo tres personas rinden honores al retrato de una anciana. Una mujer, Taki, que pronto sabemos que ha muerto sola, que nunca se casó ni tuvo descendencia y cuya única familia son su sobrina y los hijos de ésta, quienes tratando de recoger sus pertenencias encuentran una serie de cuadernos escritos por ella y dirigidos a Takeshi, su sobrino-nieto. Es el primer espacio temporal de los tres en los que transcurre la historia de La casa del tejado rojo. El director Yoji Yamada emplea este recurso para volver a tratar los valores familiares y sociales, desde la perspectiva de los recuerdos de una mujer que fue testigo de cómo el amor puede hacer cuestionar esos valores fuertemente inculcados.

Los cuadernos que encuentran en la casa de Taki son las memorias que el propio Takeshi instó a su tía a escribir en la segunda de las líneas temporales que se va intercalando con la tercera que son precisamente las memorias de la anciana. El grueso de la historia transcurre desde la llegada de Taki a Tokyo en 1936 hasta el final de la segunda guerra mundial y los desastres de Hiroshima y Nakagasaki. En ese periodo de tiempo se narra la entrada de Taki como sirvienta en la casa de una familia adinerada de la que pronto la esposa y el niño le hacen sentir como un miembro más. La casa, pequeña y colorida, flanqueada por una valla blanca y con un enorme tejado rojo como sacada de un cuento infantil, se alza por encima de las construcciones que forman parte de los suburbios de Tokyo como un símbolo de la felicidad familiar que habita en ella. Taki es testigo de esa felicidad que se exhibe como parte del encanto de la casa, pero también de la amargura que se esconde en lo más profundo de Tokiko, la fiel esposa y madre. La aparición de un joven diseñador que trabaja para el marido de Tokiko, desencadena en ella una rebelión contra los patrones establecidos de lo que debe ser su vida, que la inocente Taki no es capaz de comprender.

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Además de volver a la temática de la cotidianeidad familiar y a las diferencias generacionales y sociales habituales en su filmografía, en La casa del tejado rojo Yamada reflexiona sobre la adecuación de los sentimientos cuando entran en juego las convenciones y los roles que cada persona representa en la época en la que le ha tocado vivir. Sobre los prejuicios ante un amor que desafía al papel de la mujer en un mundo servil hacia el hombre, que rompe con las barreras sociales, con las barreras de la edad, que se arriesga a sufrir consecuencias gravísimas por su condición de adúltero. Sobre el sufrimiento de amar lo que por normas sujetas al convencionalismo más férreo está prohibido amar. Homenajeando de nuevo a su admirado Yasujiro Ozu, además de la temática vuelve a utilizar la composición de los planos con la cámara a la altura del tatami y los encuadres dentro de espacios en los que la acción se realiza fuera de campo. De nuevo se queda observando desde el pie de las escaleras sin inmiscuirse en los que sucede al final de ellas: si en Una familia de Tokio lo hacía para no mostrar la muerte, en La casa del tejado rojo deja total intimidad a los amantes.

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La influencia del melodrama norteamericano que tras la segunda guerra mundial se instaló en cierto modo en las historias familiares que el propio Ozu desarrollaba en su cine, forma parte también del homenaje que Yamada ofrece en La casa del tejado rojo a ese cine clásico, sin dejar de lado el contraste con las nuevas generaciones. Pero es en este punto, cuando en el tramo final abandona el clasicismo para trasladar la acción al tiempo actual, cuando la película se resiente de su largo metraje con una sobre explicación innecesaria y demasiado forzada que más que aportar un sentido a todo el drama que acabamos de ver, le aleja de él. Salvando este epílogo, La casa del tejado rojo nos deja las mismas sensaciones que nos dejaban los grandes melodramas de los años 50, la melancolía, la tristeza del amor contenido por las circunstancias, la universalidad y atemporalidad de los secretos del corazón por los que sufrir toda la vida.

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