Críticas: Felices 140

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Felices 140

Maribel, la de los millones

La familia, la adolescencia, la madurez y las relaciones humanas son temas a los que acude en cada una de sus películas la directora Gracia Querejeta, siempre desde un tono intimista, y apoyadas en guiones en los que trata de descomponer esas relaciones a base de secretos y sentimientos escondidos que afloran en situaciones extremas. Desde su debut en la dirección con Una estación de paso, su inclinación por el drama emocional ha sido una constante en la que el sufrimiento, a menudo silencioso, de sus personajes es el motor que mueve unas historias cargadas de sensibilidad y que ponen en entredicho la solidez de los vínculos íntimos entre las personas.

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Como una miembro más de esa familia ficticia que se desmorona en los guiones de la directora, Maribel Verdú vuelve a ser por tercera vez la protagonista de la última película de Querejeta y, por tercera vez también, vuelve a encontrar su mayor apoyo en un adolescente. En torno a Elia, su personaje, se construye la historia de Felices 140. A punto de cumplir los 40 años, Elia decide reunir a un grupo reducido en el que se encuentra parte de su familia, amigos e incluso su ex novio, para celebrarlo en una enorme casa rural a orillas del Atlántico. El fin de semana va transcurriendo entre encuentros felices, otros no deseados, reproches, consejos, risas y revelaciones a priori alegres que no para todos son motivo de celebración. Entre ellas, el motivo real de Elia para convocarles a todos en esa extraña reunión: confesar que es la ganadora del Euromillón premiado con 140 millones de euros. Es entonces cuando Felices 140 pasa de buscar el drama en las relaciones humanas, tan utilizado en premisas que parten de reuniones sociales en las que acaban saliendo a relucir demasiados trapos sucios emocionales, y que traen a la memoria títulos como Reencuentro de Lawrence Kasdan, Celebración de Thomas Vinterberg o Agosto de John Wells, a otro sobre la corrupción moral. Ya no se trata de simples reproches, de celos infundados o de envidia sana hacia alguien que no está supeditada a unas convenciones que los demás se han auto impuesto, sino de comprobar hasta qué grado de mezquindad es capaz de llegar el ser humano por dinero. Y aún más desolador es cómo la película va desgranando las justificaciones de cada uno de ellos sobre su comportamiento, hasta conseguir que el espectador sea capaz de preguntarse “¿qué haría yo en su lugar?”.

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Querejeta deconstruye los elementos que habitualmente utiliza en su cine pasándolos por el tamiz de un humor negro poco común en su filmografía, y haciendo gala de una gran capacidad de manejar el desconcierto que ofrece una historia que se aparta varias veces de la dirección en la que comienza. Si en su anterior cinta, 15 años y un día, la idea con la que empezaba derivaba en giros y tramas paralelas que lastraban la película hasta hacer de ella un melodrama excesivamente forzado, en Felices 140 pasa todo lo contrario gracias en primer lugar a un guión que va sorprendiendo a medida que avanza la película, sin que por ello pierda un ápice de coherencia, a pesar de todas las pistas que va dejando por el camino en forma de rotura de la cuarta pared. Pero sobre todo gracias a un reparto del que claramente no se podía esperar menos que un continuo recital interpretativo, quitando alguna excepción pero que tampoco hace mella en el conjunto. La siempre cuidada dirección de actores de Querejeta hace difícil destacar un solo personaje entre los que interpretan Maribel Verdú, Antonio de la Torre, Marian Álvarez, Nora Navas o Eduard Fernández entre otros, que juntos componen un mosaico de ejemplos de la condición humana digno de cualquier manual de psicología. Aun haciendo un uso demasiado incómodo e inadecuado de la banda sonora, no se puede negar que con Felices 140 Gracia Querejeta da un pequeño y arriesgado salto al reflejar las situaciones domésticas de una forma menos realista de lo que nos tiene acostumbrados, del que ha salido bastante bien airosa.

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