Críticas: Aguas tranquilas

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Mar, sexo, vida, muerte.

– ¿No tienes miedo?

– No tengo miedo.

Las olas gigantescas del mar dejan la muerte a orillas de la isla de Amami. La muerte trae consigo el presagio de más destrucción en forma de tifón que se acerca dispuesto a arrasar con todo lo que se le ponga por delante.

Kaito, niño de Tokyo, hijo de la gran ciudad, del ruido que no dice nada, de unos padres separados Si vuestro destino era enamoraros, ¿por qué acabasteis separados? Kaito en la isla de Amami observa la vida y la muerte a su alrededor con miedo. Temeroso del mar, del sexo, de la muerte. El mar es escalofriante porque está vivo y la vida en toda su plenitud es terrorífica si se vive con miedo, con preguntas sin respuesta, con la curiosidad adolescente.

Kyoko está destinada a continuar con el legado que desde generaciones le ha sido transmitido a las mujeres de su familia. No tiene miedo al mar, ni al sexo, ni a la muerte que acecha a su madre porque ésta es descendiente de dioses, porque es capaz de ver más allá de lo que la naturaleza muestra, de escuchar a los espíritus a través del sonido de las olas, del sonido del viento meciendo las ramas de los árboles.

El vacío. La calma que antecede a la tormenta. Las dudas, la incertidumbre, la templanza exterior que disfraza los anhelos y los desasosiegos internos. El vacío, ese lugar de comodidad fingida, de aislamiento frente al miedo que provoca la inminente presencia de la ola, de las verdades, del sexo, de la muerte, y que de un momento a otro algo hará que desaparezca creando una catársis que cambie por completo la percepción del paisaje y de la vida. El tifón.

El tifón llega y se traga las hojas de los árboles. Como las olas se tragan todo a su paso. Como la ira reprimida de Kaito estalla contra su madre. Como la frustración de Kyoko lucha contra el miedo de Kaito. Como la muerte llega hasta para los dioses como mueren las olas al llegar a la orilla. Un canto ritual para acompañar al moribundo en su viaje resuena antes del último estertor. Un rugido acompaña al perecer de las olas.

Pero tras el tifón, la calma. De nuevo el silencio. Las aguas tranquilas que dan título a la película de Naomi Kawase. El primer amor. El primer sexo. Dos cuerpos que se funden el uno con el otro. Que se funden con el mar en una danza casi hipnótica. Libres. Sin miedo.

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Naomi Kawase convierte en poesía audiovisual el ciclo de la vida en Aguas tranquilas; en una experiencia sensorial que combina la lírica con la que filma la naturaleza, los sonidos que de ésta brotan y que amplifica hasta darles voz propia que se mezcla con las de los protagonistas, y los sentimientos que albergan éstos ante lo que la vida en su devenir natural les tiene preparado. El miedo y el asombro, el desconcierto y la aceptación, la vida y la muerte, la cobardía de vivir frente a la inevitabilidad de morir, los plasma Kawase en una película a la que hay que acercarse con todos los sentidos puestos en ella, paladeando cada fotograma, sintiendo cada emoción, escuchando cada respiración, cada pequeña señal de vida en cada elemento que la conforma, e incluso percibiendo el momento exacto en el que se acaba.

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