En otro país: Hungry Hearts

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Hungry hearts 2

Saverio Constanzo en otro país.

Lo que arranca como un drama romántico indie en la línea de Blue Valentine, y con una primera secuencia brillante, pronto se convierte un thriller sorprendente y muy oscuro. Así es Hungry Hearts, la última película de Saviano Costanzo (La soledad de los números primos), refrescante especialmente en el plano visual, donde el trabajo de fotografía es en gran parte un trabajo de ojo de pez. En una sinopsis breve, la película de Costanzo pronto deja a una pareja recién casada y con visita de la cigüeña en el banquillo, para ofrecer un retrato de la locura, un retrato que es perturbador.

De algún modo esto ya se puede intuir al ver que son las caras poco probables de Adam Driver (Girls) y Alba Rohrwacher (Yo soy el amor) las que defienden esta cinta claustrofóbica. Sus rostros precisamente –entre lo bello y lo grotesco, entre lo inesperable y lo inesperado–, tendrán la clave de la evolución de esta película, en la que los objetivos se vuelven metafórica y literalmente convexos. Si ambos rostros comparten una cierta peculiaridad, sus cuerpos absolutamente opuestos tienen la segunda clave para conseguir una película muy física. La menuda actriz italiana se mezcla con los que parecen dos metros de Driver, y producen un bebé que no crece, atrapado en los vaivenes de una relación sin futuro dentro de un apartamento que parece achicarse en poco más de hora y media.

Hungry hearts

Este bebé sin nombre es el nexo ya eterno entre Mina y Jude, dos jóvenes sin problemas que se conocen, se enamoran y sólo un nexo eterno es lo que les impedirá separarse. Así de directo se sirve el plato de Costanzo, que además de al susodicho bebé, sólo permite entrada a Roberta Maxwell como madre de Jude. La película, por lo tanto, pronto se vacía de todo lo que no sea Mina-Jude y sus diferencias en cuanto a la vida que quieren para su hijo, concretamente aquellas que tienen que ver con su alimentación. Se establece entonces un vínculo directo con el título (que alguien debería no-distribuir como ‘Corazones hambrientos’), aunque este título raro mantiene una extrañeza que sólo cobra sentido al intrincarse paulatinamente con toda la segunda parte del film. El resultado de un bebé que no come y unos padres que no dejan comer asfixia con una angustiosa soga visual.

Pese a que hay una cierta lectura del matrimonio como asesino de toda gracia y amor romántico, esta idea bien cae en el olvido cuando es la locura de Mina la que poco a poco se vuelve absorbente hasta puntos insospechados. Los límites a los que llega como personaje son extremos y valientes, aunque quizá para algunos sólo extremos y excesivos. En efecto, todo el amarillo que impera en la película, y que desde la primera secuencia se pega a Mina como una lapa, pronto se vuelve una luz que quema más que ilumina, que ciega antes que deja ver.

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Si algo puede achacársele a Hungry Hearts es que sin duda la rareza, la perversión y la deformación se llevan a un extremo, lo que de nuevo apela a la valentía y al exceso. El ejercicio tiene estilo, y los actores son sobradamente adecuados para la película, donde Rohrwacher pone a prueba a la audiencia, nos reta a cansarnos de verla, mientras ella decide que todo se pare en pos de su estado mental. De esta pasividad también adolece el guion de Costanzo –basado en Il bambino indaco–, ya que al subordinar todo al libre albedrío de la locura, uno puede quejarse de que no pase nada. Lo que en realidad intenta Costanzo es eliminar cualquier espacio en el que uno pueda preguntarse cualquier porqué, eliminar cualquier espacio libre, llenar cualquier recoveco, sencillamente borrar cualquier opción, camino, vida. En el transcurso de esta no-acción hay momentos de enorme belleza visual y acústica, que se dan la mano con una cierta insatisfacción, una necesidad de una última pátina que no llega, tras un tijeretazo que corta por lo sano.

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