Críticas: Puro vicio

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Puro vicio

El sueño eterno

Entre las notas que habitan en mi destartalada libreta, repleta de ideas y reflexiones viscerales surgidas cuando las luces de la sala se encienden y la pantalla vuelve a recuperar su blanco espectral, las que acompañan a Puro Vicio, ciertamente, han pasado a ocupar un lugar especial. Ante ellas me descubro dentro de un caos absoluto, muchísimo más acentuado que el desorden habitual que suelen rodear esas primeras impresiones, a veces demasiado descerebradas e impulsivas como para salir jamás de esas pequeñas páginas cuadriculadas. Pensándolo bien lo cierto es que, quizás, no podía ser de otra manera ante una película que, precisamente, se alimenta del caos como forma de reivindicación creativa. Por esa misma razón puede darse el caso que este texto se presente más disperso de lo habitual, como si respondiese a una especie de lógica inconsciente e irracional impuesta desde las mismas imágenes.

Se puede plasmar lo psicodélico sin la necesidad de recurrir a esas imágenes abstractas de colores, mandalas y música de Jefferson Airplane que se han convertido en lugar común dentro del imaginario popular de una época. Lo acaba de demostrar Paul Thomas Anderson en su Puro vicio, la imposible adaptación a la gran pantalla de la novela homónima de Thomas Pynchon. La colorida California de principios de los 70 retratada aquí reverbera una psicodelia que alcanza todos y cada uno de los rincones del film suicida de P.T. Anderson. Como si en sí misma evocara un espacio mítico, una Arcadia llena de contradicciones vista desde la espesa bruma nacida del humo de la marihuana. Mientras nos dejamos llevar por sus imágenes, lanzamos tímidas risas al aire, sin que se noten, sabiendo quizás que a lo que estamos asistiendo es a la enésima representación fílmica de la crónica de un fracaso. Y eso, en el fondo, siempre resulta doloroso. El poso melancólico que desprenden las imágenes de Puro vicio pesa demasiado como para pasar inadvertido. Cómo iba a serlo si la idea del fracaso, la de la imposibilidad del Sueño Americano, representa uno de los tótems discursivos del cine entomológico de Paul Thomas Anderson desde, sobretodo, Pozos de ambición (There will be blood, 2007) y The master (Id., 2012). En Puro vicio, nuevamente, se vuelve la mirada al pasado para exponer en imágenes un espejismo. Estamos ante la constatación del fin de un sueño.

Puro vicio 2

1970 es el año de defunción del Flower power, el de los traumas palpitantes del mayo del 68, el de Charles Manson o el de aquel trágico concierto de los Rolling Stones en Altamont que dejaría al descubierto el fin de una utopía y que tan bien supieron captar los hermanos Maysles en su Gimme shelter (Id., 1970). El hippie, sin saberlo, estaba condenado a la extinción. Pero en ese año, la resaca de los 60, con la ingenuidad, los anhelos y esperanzas de toda una generación, todavía flotaba en el aire. Un perfume demasiado embriagador como para querer despertar. El Doc Sportello de Puro vicio, uno de esos hippies aferrados a un mundo que se acaba, no solo es un detective privado particular, es también una anomalía dentro del canon tradicional del (anti)héroe del noir clásico. Si tuviésemos que acudir a un reflejo, no lo encontraríamos en la dureza del rostro de un Humprey Bogart de vuelta de todo o en los personajes de una novela de Raymond Chandler, sino en el ensimismamiento de aquel Jeff Bridges en albornoz de El gran Lebowski (The big Lebowski, Joel Coen, 1998). Los antihéroes del noir posmoderno que capitalizan la película de los Coen y la de Paul Thomas Anderson, entrañables y melancólicos, ven la vida pasar. No se vislumbra un pasado traumático que los reclame y sus huellas apenas son visibles. Antes de que las primeras imágenes iluminen la pantalla, es fácil imaginárnoslos exactamente en la misma posición, como si sus vidas se hubiesen detenido en un punto inamovible, tumbados en sillones de un cochambroso apartamento mientras se colocan con buena hierba. La primera vez que vemos a ese Doc Sportello bajo las facciones de un enorme Joaquin Phoenix, es precisamente tumbado en su sillón, con su rostro bañado por la luz azulada y la textura orgánica de la fotografía de Robert Elswitt, justo antes de reaccionar ante la aparición de un fantasma: una ex cuyo recuerdo no puede (ni quiere) olvidar.

INHERENT VICE

La revisitación del noir ocupa su lugar en la película de Paul Thomas Anderson, aunque no el más privilegiado. Se trata no tanto de subvertirlo, como dejarlo en la mínima esencia. Es la excusa narrativa que permite trazar esa endeble línea dramática salpicada de historias imposibles y relaciones entre personajes que se pierden entre el humo y el LSD. Los primeros planos del Doc Sportello construido por Phoenix, siguen mostrando un rostro que no ha dejado de retorcerse ante lo incomprensible. Conservar la ingenuidad en plena decadencia es, en cierto modo, una forma de guardar esa misma distancia que el cine de Paul Thomas Anderson siempre ha mantenido entre director/espectador y las imágenes. Siempre con tres pasos por delante de nosotros, Puro vicio parece intentar echarnos fuera a partir de una línea narrativa difusa que se desvanece y vuelve a construirse como los propios personajes. Es la forma de sacarnos de nuestra zona de confort, de ponernos en continuo estado de alerta. Se trata de filmar el descontrol desde el control. Envolver de orden el caos. Porque al fin y al cabo se trata precisamente de eso: andar sin llegar a ninguna parte, perderse en aquello que pudo ser pero, finalmente, no fue.

5 Responses to Críticas: Puro vicio

  1. Dolo dice:

    Después de leer ésto, desde luego no puedo dejar de verla, por muy caótica que sea…¿acaso no lo es todo en esta vida? Y claro por ver a Phoenix, que seguro que lo borda.

  2. Dolo dice:

    Ah! y que bien escrito! Ésto sí que es una buena crítica. !Me quito el sombrero!

  3. martincuesta74 dice:

    Muchas gracias Dolo, te agradecemos el comentario 🙂

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