Críticas: Pasolini

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Pasolini

Las últimas tentaciones de Pier Paolo

No parece casual que el realizador estadounidense Abel Ferrara sea el responsable de Pasolini, curioso retrato de las últimas horas de la vida del autor de Accattone. La carrera de ambos cineastas pone de manifiesto su común obsesión por escandalizar a las mentes más burguesas, pacatas y convencionales. De hecho, las explícitas imágenes sexuales de Saló, o los 120 días de Sodoma que se recogen en el peculiar homenaje del norteamericano a su maestro parecen una versión hardcore de las orgías del protagonista de Welcome to New York, el anterior largometraje del responsable de The addiction.

Resulta evidente en este particular tributo que Ferrara admira al que puede considerarse uno de sus referentes, aunque quizá haya que reprocharle una cierta dispersión a la hora de plasmar el particular calvario de un artista al que la muerte le pilló de imprevisto. El realizador huye de la narración lineal para ofrecernos un filme que se nutre tanto de los hechos que ocurrieron durante sus dos últimos días de vida como de recreaciones de una novela y un guion cinematográfico que dejó esbozados. Lástima que sus visualizaciones de las obras de Pier Paolo Pasolini palidezcan frente a la reconstrucción de algunos instantes previos al fallecimiento del cineasta.

Gran parte de la fuerza de estos momentos reside en el prodigioso trabajo de Willem Dafoe. El actor estadounidense hace suyos los gestos y las palabras de un hombre que impactaba con su mera presencia, en lo que parece un reverso laico del Jesús de Nazaret que encarnara la estrella en La última tentación de Cristo. La convicción y la fuerza con la que el intérprete se pone en la piel del artista provocan que el resto del filme cojee en cierta manera.

Pasolini 2

Lo mismo ocurre con una maravillosa Adriana Asti, en el breve rol de la progenitora de Pasolini, que logra con sus tiernas miradas mostrar todo el cariño que una madre puede sentir por un hijo. Por el contrario, María de Medeiros cae en la caricatura al encarnar a Laura Betti, una de las musas del artista italiano.

Respecto a las particulares recreaciones de los trabajos inacabados de Pasolini, destaca la visualización de un argumento para una película, un entrañable relato con elementos religiosos y un tanto naif que cuenta con la presencia de un simpático Ninetto Davoli, uno de los actores habituales del autor de Teorema. Por el contrario, la versión en imágenes de un texto narrativo que el artista tenía en mente, protagonizado por una suerte de álter ego, carece de verdadera relevancia.

En resumen, Pasolini es un curioso y desigual largometraje que no profundiza demasiado en la figura del retratado. Hay alusiones a sus preferencias por los jóvenes del suburbio, la relación casi edípica con su madre o sus radicales visiones sobre la política y el arte, pero el conjunto es poco revelador y peca de excesivamente de anecdótico.

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