Críticas: Negociador

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Negociador

Hablando en Euskadi

¿Cuánto tiempo prudencial hay que esperar para realizar una obra de ficción basada en hechos o conflictos que han provocado una enorme herida en una sociedad? ¿Cuánto tiempo después se puede intentar hablar de ello desde distintos puntos de vista, incluido el de aquellos que fueron culpables de que esos actos se llevaron a cabo? Y por último, ¿cuánto tiempo ha de pasar para que se pueda empezar a bromear con cuestiones que, en pleno conflicto, jamás serían susceptibles de tener ninguna gracia? Siempre habrá quien considere ciertos temas lo suficientemente dolorosos para verlos desde un plano que se tome con ligereza el dolor de un conflicto armado, pero en ocasiones el tratamiento trivial de unos hechos tan duros se hace necesario para poder comenzar a superarlos. Y es que, si se puede hacer una comedia sobre aspectos cotidianos de cualquiera de los soldados que participaron en la Guerra Civil, sin juzgarlos por ser de uno u otro bando, quizá va siendo hora de afrontar con humor otros temas con el mismo, o incluso mayor grado de sensibilidad como puede ser el terrorismo de ETA, y Negociador precisamente afronta este tema desde la perspectiva del costumbrismo más arraigado en nuestra cultura.

Negociador 2

Entre 2005 y 2006, en plena primera legislatura de Rodríguez Zapatero, el gobierno español inició una serie de conversaciones con la banda terrorista para negociar el fin de la violencia. Si bien dichas conversaciones no impidieron que durante esos años ETA siguiera poniendo bombas, y que aun faltaran algunos años para un alto el fuego definitivo, aquellos días en los que la cúpula de la banda se reunió con el representante del gobierno en el sur de Francia fueron claves para iniciar un proceso de paz lento pero efectivo. Partiendo de la base de que el argumento y los personajes que aparecen en Negociador son totalmente ficticios, aunque basados en los auténticos protagonistas de aquellas negociaciones, el director Borja Cobeaga no pretende mostrar el proceso de diálogo entre el gobierno y ETA en su última película sino que se pregunta cómo serían los tiempos muertos entre ese acto tan solemne y primordial para alcanzar la paz deseada. Es más, elude cualquier acercamiento al proceso de negociación en sí, salvo alguna que otra polémica por la terminología a usar que trata con humor para poner de manifiesto el absurdo de los conflictos armados.

Cobeaga centra Negociador en los alrededores de la propia negociación, en las relaciones y acciones que se llevan a cabo fuera de esa mesa en la que se debate sobre un tema crucial para la sociedad española, y lo hace recurriendo al humor más costumbrista que tradicionalmente los grandes cineastas de nuestro país han utilizado para afrontar temas tan delicados como este. Pone a los protagonistas en situaciones cotidianas, dejando toda la trascendencia tras las puertas de la sala donde tienen lugar las negociaciones. Fuera de ellas, el interlocutor del gobierno y el terrorista son dos individuos que se aburren en sus respectivas habitaciones, que salen a correr por las mañanas, que se sientan en un bar a tomar una cerveza o que incluso terminan emborrachándose juntos. Fuera también de esas puertas existen trabajadores reclamando sus derechos como tales sin importarles la relevancia de su trabajo y, en definitiva, personas humanas más allá del papel que representan dentro de un conflicto. Pero no se trata de que Cobeaga intente humanizar al criminal o de que busque analizar los distintos puntos de vista del problema vasco, para eso están otros cineastas que buscan hacer un cine más comprometido socialmente. Tampoco pretende el chiste fácil para reírse de la clase política. No es esa clase de humor.

Negociador 3

Negociador es hasta la fecha la película más seria de Borja Cobeaga, entendiendo por seria la ausencia de un humor abierto y constante como lo había en No controles y en menor medida en Pagafantas, donde por momentos el humor llegaba a cotas algo crueles para el pobre protagonista. Pero la esencia de su cine se hace más patente que nunca al encontrar el justo equilibrio entre el drama íntimo de cada personaje, no el drama social del marco en el que se encuadra el argumento, y la comicidad de las pequeñas cosas del día a día que son la base de la sátira socio-política que siempre se ha hecho en nuestro país.

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