Críticas: Cenicienta

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CINDERELLA

Érase una vez…

Quién si no el considerado padre de los efectos especiales cinematográficos, el mago que asombró con sus trucos filmados a la sociedad francesa de finales del siglo XIX, el gran Méliès, pudo haber sido el primero que trasladara la mágica historia de la Cenicienta a la pantalla. Desde aquel primer acercamiento del cine en 1899 al cuento de la niña maltratada por su madrastra y sus hermanastras que, con ayuda de su hada madrina, consigue ir al baile real y enamorar al príncipe, muchas han sido las versiones que la gran pantalla ha ofrecido para difundir el mismo mensaje de superación y bondad sobre varias generaciones. En un tiempo en el que se ha puesto de moda reinterpretar los cuentos infantiles de toda la vida, alterando las historias originales hasta tal punto de crear otras que apenas guardan ya un mínimo parecido con ellas, resulta reconfortante que Disney, la mayor productora de los grandes clásicos de animación de versiones de cuentos, decida ahora regresar a sus orígenes repitiendo la misma fórmula que hace 65 años le supuso uno de sus mayores éxitos con la recuperación en versión real de Cenicienta.

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Sir Kenneth Branagh, polifacético cineasta y purista de lo clásico donde los haya, transgrede la propia transgresión a la que se someten los cuentos en este nuevo Hollywood presuntamente transgresor, valga la re-redundancia, y no sólo recupera la esencia del clasicismo de la versión más cercana a la de Perrault que a la de los hermanos Grimm, sino que acude directamente a la mayor fuente de inspiración a la hora de endulzar y elevar dichos textos a la categoría de clásico infantil imperecedero: a la propia factoría Disney. De La Cenicienta de Disney de 1950, ya que el propio Walt Disney realizó 28 años antes un cortometraje animado con el mismo título pero con pocas similitudes con el cuento original, poco se puede contar que no se haya contado ya y que no sea parte de la memoria colectiva de cualquiera que en su niñez se haya dado el atracón habitual de las películas del susodicho. Esta nueva Cenicienta que dirige Branagh es prácticamente un calco en versión real de aquella, salvo por la omisión de los números musicales y la decisión de no convertir a los animales en secundarios divertidos y racionales como acostumbran a aparecer en las películas animadas.

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¿Qué tiene entonces esta enésima revisión del cuento si no ofrece prácticamente nada diferente a la de 1950? Precisamente que su virtud se encuentra en no tratar de ir más allá e inventar nuevas formas de tergiversar la idea original, sino en trasladar la ilusión de la película animada a la acción real y hacerlo de tal manera que no descuide ni un solo aspecto de aquella pero sin excederse ni en su mensaje ni en sus formas como sí lo hacen las nuevas versiones de los cuentos infantiles que se están estrenando en los últimos años. Así, Cenicienta no olvida la cursilada romántica sin caer en el ridículo kitsch como lo hacía La bella y la bestia de Christophe Gans, ni la crueldad taimada de la madrastra, encarnada por una soberbia Cate Blanchett, sin caer en el oscurantismo y la agresividad de Maléfica o Blancanieves y la leyenda del cazador, o la inteligente y sutil evolución de la frase declaratoria del príncipe a su amada sin caer en la reivindicación explícita del papel de la mujer de Frozen.

Cenicienta es ni más ni menos lo que se espera de Cenicienta. El cuento tal y como lo conocemos, con las mismas florituras esta vez pasadas por el filtro del ordenador y los efectos especiales con las que asombrar y fascinar a quienes ya se asombraron y fascinaron al verlas animadas. Y lo sorprendente es que vuelve a conseguir que nos creamos la magia que transforma a ratones y lagartijas en lacayos y cocheros, a una calabaza en una suntuosa carroza, que a golpe de varita cree el vestido de princesa más espléndido que exista y que con cada campanada que marque las doce de la noche la tensión vaya en aumento mientras esa magia se va deshaciendo ante nuestros ojos.

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