Críticas: Calvary

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Calvary

Bloody Sunday

  • No desesperes, uno de los ladrones se salvó. 
  • No te confíes, uno de los ladrones fue condenado.

Con esta cita de San Agustín sobre fondo negro, se abre la película.

Y luego, a bocajarro, un prólogo directo y efectista:

  • La primera vez que probé el semen tenía siete años.

Lo dice, en “confesión” y fuera de campo, un feligrés a un sacerdote barbudo interpretado por el muy solvente Brendan Gleeson.

Silencio.

  • ¿No dice nada?

  • Desde luego es una primera línea impactante.

Y casi no sabemos si el cura se dirige al feligrés o si es el guionista y director quien habla con la audiencia. Se intuye ya, de entrada, uno de los principales defectos de la cinta: los diálogos (o sermones), agudos y brillantes, resultan forzadísimos en boca de unos ‘aldeanos’ irlandeses. Como si todos estuvieran redactados por un Tarantino cínico y burlón, en guerra con la contemporánea falta de valores. La intención es noble, el resultado desigual. A John Michael McDonagh le pierde el mal humor (y, a ratos, la sensiblería).

El diálogo en el confesionario continúa. Un sacerdote me violó, repetidas veces, anal y oralmente, tal como consta en el informe judicial. Sangraba mucho. Ese mal sacerdote ya murió. Es posible que yo no quiera olvidar lo sucedido. No lo maté, y, aunque lo hubiera matado, nada sería diferente. Ahora quiero cometer un acto de maldad: asesinar a un sacerdote bueno e íntegro. En fin, a usted. Tiene una semana para arreglar sus asuntos. El domingo que viene volveré para matarlo.

Calvary 2

Ese es, en esencia, el planteamiento. Con él comienza una novela estilo Agatha Christie en forma de calvario personal. El padre James conoce la voz de sus feligreses, no así el espectador. Es evidente que ha reconocido la identidad de su hipotético asesino. El director, hábilmente, no utilizó la voz de ninguno de los actores que aparecen en la cinta. Que nadie intente averiguar por esa vía cuál de los habitantes del pueblo es el que profiere la amenaza. Todos parecen sospechosos. Casi todos hablan al cura con un cinismo, acidez y malos modos, difícilmente digeribles. Mención especial merece Aidan Gillen (Meñique, en Juego de Tronos), que interpreta a un médico sarcástico, ateo y consumidor de cocaína, y a quien yo no dudaría en nominar al Razzie al peor actor de reparto. El pueblo es un vergel de frikis: un carnicero al que parece que le agrada ser cornudo, un barman budista que guarda un bate de béisbol bajo el mostrador, una adúltera que acaba de ver las no-sé-cuántas sombras de Grey y a quien le pone provocar al sacerdote haciendo ostentación de sus adulterios pasados, presentes y futuros; un mecánico negro (y de alma oscura) que fornica con la adúltera y pierde al ajedrez con el marido; un ricachón tópico, nihilista y bobo, con cierto descontrol de esfínteres; un segundo cura más bobo aún que el ricachón; un joven que no liga ni pagando; un escritor anciano y a favor de la eutanasia (qué gran secundario es Michael Emmet Walsh), un prelado que departe y da consejos mientras cuida de las florecillas del jardín, un monaguillo pelirrojo, de apariencia gamberra y con alma de pintor… Incluso hay un caníbal presidiario.

Qué diferencia con los verdes prados de Innisfree. John Michael McDonagh ha querido trazar un catálogo de vicios y se pregunta qué sitio ha de ocupar en un lugar así la antigua religión. El padre James, solo ante el peligro, tiene una estampa a lo Leone –anacrónica sotana y barba al viento– pero hubiera merecido antagonistas de más fuste (como el extraordinario Frank que encarna Henry Fonda en Hasta que llegó su hora).

Calvary 3

La moraleja de la cinta parece contenida en el diálogo siguiente:

  • PADRE JAMES: Creo que se habla demasiado de los vicios y no lo suficiente de las virtudes.

  • FIONA: ¿Cuál sería para ti la número uno?

  • PADRE JAMES: La capacidad para perdonar está muy infravalorada.

Si Dietrich Brüggemann en Camino de la cruz abordaba una santidad sui géneris en el seno de la sociedad alemana de nuestros días, utilizando como armazón estructural las estaciones del vía crucis de Jesús, McDonagh insiste en el calvario de un ministro del Señor. Pero, en mi opinión, ninguno de los dos acierta con el tono de una historia de tan altos vuelos. Si se me permite el chiste facilón, la inspiración divina da la espalda a los dos cineastas. Sus películas, interesantes, no conmueven.

Quisiera volver, para acabar, a la doble cita del ladrón. Bruno Schulz, en su libro Sanatorio bajo la clepsidra, pone en boca del ladrón Schloma las siguientes frases:

“Ah, ¿piensas que yo habría robado y cometido miles de locuras, si el mundo no hubiera estado desgastado, decaído, si las cosas no hubieran perdido su brillo, el lejano resplandor de las manos divinas? ¿Qué se puede hacer en un mundo como éste? ¿Cómo no decepcionarse, no dudar, cuando todo está cerrado a cal y canto, emparedado su sentido, y sólo golpeas los ladrillos como si fueran los muros de una prisión?”

“¿Cómo te protegerás, con qué te ocultarás si tú mismo ya has sido vencido, traicionado por los más fieles aliados? Los seis días de la creación fueron claros y divinos. Pero, el séptimo, Él notó algo extraño en sus manos y, atemorizado, las separó del mundo sabiendo que su pasión creativa había sido prevista para muchas más noches y días. ¡Ah, J…, desconfía del séptimo día…!”

La respuesta, para el padre James, es el perdón. Pero yo le hubiera agradecido al director un poco más de cine y sutileza.

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