Críticas: Calabria

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Calabria

Las noches de Calabria o Rocco y sus hermanos

¿Cuantas veces hemos asistido al relato literario o cinematográfico del eterno conflicto interno gestado en la dualidad del hombre mafioso que ha de escoger entre su familia y la familia? Infinitas. Quizás deberíamos preguntarnos las causas y extrapolarlas a lo que realmente, en términos emocionales, trata de plasmar el cine. ¿Qué hay más dramático y exigente para con uno mismo que elegir entre sus deseos y el deber? Esto lo podemos ver en numerosísimas películas, y si nos adentráramos en la cinematografía japonesa, nos quedaríamos sumergidos en ella sin poder salir. Y el caso es que este apego a plasmar de manera fílmica la contradicción de las relaciones humanas tanto como para la sociedad como para sus intereses económicos puede llegar a explicarnos, en resumidas cuentas, qué somos, qué hacemos y, alguna tímida vez, aventurarse a respondernos el por qué.

Calabria, mediante una dirección cercana pero fría gracias a los gélidos azules de su fotografía, nos narra desde sus distintos personajes, los entresijos de una familia calabresa de padres pastores cuya manera de entender la ilegalidad del crimen organizado no puede resultar más distinta.  Luigi, controla con facilidad el tráfico de droga y lleva un estilo de vida ostentoso con el que se autorreafirma a sí mismo como a su manera de llevar los negocios. Se gana con facilidad el afecto de sus allegados comprándolos con regalos varios. Su impulsividad lo ha llevado a ser quien es. Contrasta pues con su cara antagónica en esta familia. Luciano, ha decidido seguir el camino de su padre y dedicarse a cuidar de las cabras. Hombre de incipiente devoción religiosa, al menos de forma visible para los demás con su colección de imágenes, asiste a la evolución de un hijo problemático (Leo) con demasiada admiración hacia su tío Luigi. Impulsado por el descontrol y por el fácil acceso a las drogas y a las armas, decide alejarse de los pasos de su padre, entendiéndole a él como a un cobarde cuando éste decide abstenerse de llevar una vida mejor por no querer enfrentarse al liderazgo de los negocios ilegales. Se desploma en un terreno pantanoso, sintiéndose atraído por las pretensiones de una vida mejor, achacando a la gallardía, aunque para eso deba sucumbir a la ilegalidad y a poner en riesgo su propia vida.  Para cerrar este diverso abanico que se cuestionan las maneras de ganarse la vida, tenemos a un tercer hermano, Rocco, el cual, en un ejercicio casi padrinesco, adopta  una postura similar a la de Tom Hagen en cuanto a que sabe como llevar las cosas sin la irracional impulsividad de Luigi, quien siguiendo los tópicos de la trilogía de Francis Ford Coppola, vendría a ser una especie de Sonny Corleone.

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Y llegados a este punto, es difícil desvincularse de El padrino todavía ya que tanto el devenir de los acontecimientos como los roles adoptados por sus personajes se difuminan en un mapa de temperamentos y pasiones humanas. La paradójica devoción religiosa hará acto de presencia en forma de ritos que al igual que en la trilogía de Coppola, se llevarán a cabo en espacios públicos/familiares mientras los ilegales se acontecerán de manera mucho más solitaria. Emboscadas en un coche, toma del poder del clan familiar o un interés irracional por la vendetta serán algunas entre otras de las resonancias que, al igual que el filme de los setenta, nos ayudarán a inmiscuirnos en el truculento universo y por los valores por los que se rige la mafia de la ‘Ndrangheta.

El resultado de todo esto se traduce en una mirada que si bien ya hemos visto en otros títulos norteamericanos o incluso series como Los Soprano (1999, HBO), a la vez que en filmes y series de factura italiana como Gomorra o Romanzo criminale,  resquebraja el funcionamiento mafioso y el conflicto de intereses entre familias, relegando lo moral a un segundo plano, mostrando de manera descarnada la amoralidad como una epidemia contagiosa que engloba a todo aquel que, tanto lo desee o lo intente evitar, se ve interpelado por unos acontecimientos turbios y desesperanzadores.  Por su parte, el realizador Francesco Munzi, evidencia un discurso en parte casi hitchcockiano (en cuanto al que como en el cine del británico, el que la hace, la paga), y pesimista en la imposibilidad de la liberación pacífica de un mundo que se cose mediante regalos, amenazas e incluso intentando entablar lazos familiares (especial énfasis en la palabra familia) con otros clanes afines utilizando a los más jóvenes. Un relato atemporal (fácilmente podría ubicarse en cualquier zona rural de la Italia sureña de mediados del siglo XX hasta al día de hoy) en el que se maneja el dinero desde lo alto de un rascacielos pero se embrutecen las manos descarnando a una cabra. El tráfico marítimo de droga, la financiación en negro de los empresarios y otros males que adolecen a una Italia sumida en el caos vigente a la corrupción donde los alcaldes son colocados a dedo por los mafiosos de turnos, serán algunos que otros focos de atención de la incipiente denuncia de que algo huele a podrido en el sur del país italiano. Se trata, en definitiva,  de una fábula sobre la felicidad conformista del que vive afablemente sin más pretensión que el de cuidar de sus cabras y se ve contaminado por la violencia del temerario e irracional suicida afín al inherente vicio de enriquecerse ilegalmente siendo un cabrón. Un nuevo viaje al epicentro de la aparición, contaminación y vencimiento del mal.

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