Críticas: Timbuktu

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Timbuktu - Cinema ad hoc

Sissako y el horror.

En 1998, el mauritano Abderrahmane Sissako debutó en el largometraje con La vie sur terre, obra que formaba parte de un curioso proyecto global sobre la llegada del nuevo milenio. De ella se deducía una extraordinaria capacidad para plasmar la tradición eminentemente oral de su pueblo, a la vez que la necesidad de un grito de socorro sobre la dependencia económica que mantiene de los que decidieron emigrar en busca de una vida mejor a cambio de prescindir de esa mística ligada a sus raíces. El cineasta se instaló en Francia a principios de los 90, dato que marca la visión sobre su tierra que ha gobernado una filmografía en las antípodas de los didactismos que suelen ir incorporados en las escasísimas producciones extranjeras centradas en África que tenemos ocasión de ver. Y es que casi pueden contarse con los dedos de una mano las películas producidas en el continente que han llegado a tener una exhibición normalizada en Europa, excepción hecha de algunos trabajos del senegalés Ousmane Sembène (Moolaadé) o el maliense Souleymane Cissé (Yeelen). Quizá debido parcialmente a esta condición clandestina y al desconocimiento de toda una cinematografía por parte del espectador occidental que conlleva la misma, la particular sensibilidad de Sissako al registrar el día a día de sus congéneres consigue captar la atención bastante por encima de unos logros cinematográficos que no quedan demasiado a la zaga.

Timbuktu (2) - Cinema ad hoc

No resulta nada descabellado afirmar que el hecho de que su cuarta película aborde un tema tan actual y espinoso como la propagación del islamismo radical ha contribuido a que esté obteniendo uno de los mayores éxitos en la historia del cine africano, nominación al Oscar incluida. Los recientes sucesos de París han fijado la mirada de Occidente, más aún si cabe, en el aumento de la amenaza terrorista sobre Europa, y Timbuktu viene a recordar lo que sucede cuando el insoportable yugo está fijado en esas calles polvorientas y repletas de primarios edificios de adobe que nunca aparecen en nuestros medios de comunicación. El enfoque es irreprochable, pero en él subyace también otro asunto no menos revelador: el de la enorme corrosión que sufre una cultura ancestral al entrar en imposible convivencia con el más terrible de los absurdos.

Ya en los primeros instantes de la obra, unas estatuas animistas son destruidas por la metralla de los soldados islamistas, cuya misión en la ciudad de Tombuctú y sus alrededores es imponer una ley de cumplimiento tan riguroso como progresivo es su sinsentido –plasmado también en el embrollo lingüístico que supone la presencia de los soldados: hasta seis idiomas se usan aquí sin que los hablantes puedan siempre entenderse entre ellos–. Extremos como jugar al fútbol, tocar música o llevar pantalones largos quedan prohibidos en un pueblo del que se intuye una alegría cercenada, una capacidad para llevar una vida acorde a sus exiguas posibilidades que deja de ser factible cuando todo está en juego ante cada nimia decisión. A través de la desnudez de la puesta en escena, el director capta el pulso de una población en la que, como se dice en un momento de la película, la gente que se dedica a la religión suele usar mayoritariamente la cabeza y no las armas. La lucha guerrera empieza a sembrar sus repulsivos frutos en un enclave estratégico, punto de encuentro entre el África islámica del norte del que proceden los ocupantes y la negra de un sur asolado por la extrema pobreza.

Timbuktu (3) - Cinema ad hoc

De la degradación de sus quehaceres cotidianos en contacto con la violencia obtiene Sissako sus instantes de mayor belleza, entre los que destacan dos especialmente memorables. El hermoso y desolador plano del crimen en el agreste estanque, una imagen en la que conviven vida y muerte, supone el culmen de su labor. Cuando Kidane lo cruza dejando atrás el cuerpo irreversiblemente herido del pescador Amadou, que intenta sin éxito ponerse en pie, esta dualidad que flota en Timbuktu cobra un nuevo sentido: la observación de la ciudad y el paisaje natural es la clave misma de una película que disemina el punto de vista del relato en busca, tal vez, de una fidelidad mayor a la voz de un pueblo oprimido. Por desgracia no puede decirse que el mauritano tenga un talento como narrador siempre a la altura del lirismo de su enfoque, y es por ello que pierde gran parte de su fuelle al impregnar con el absurdo del poder ese costumbrismo tan peculiar. Un absurdo que, rayano en el humor surrealista, brinda el segundo gran momento de la película: la disputa de un partido de fútbol sin balón y con la intervención estelar de un animal, excelsa síntesis de una singularidad nunca confundida con el exotismo rebuscado. Tampoco se escatiman momentos de explícita crudeza, necesarios para la descripción del espeluznante horror que se retrata. Una hiriente realidad a la que el pueblo intenta resistirse ante una narración circular, consumada en un abrupto plano final que recalca las omnipresentes ideas de la huida y la destrucción.

Aunque momentos tan excepcionales como las dos secuencias mencionadas no supongan más que brillantes destellos en un conjunto que alberga sombras y luces en su definición, la obra de Sissako es la muestra de una talentosa voz que merece obtener un eco a la altura. Bienvenidos sean pues, más que nunca, los premios y nominaciones si permiten contribuir a terminar con el ignominioso vacío que sufre la cultura africana en nuestras pantallas. Desde luego, la poética precisión de este retrato de la erosión del acervo autóctono a causa del horror del fanatismo dejará a cualquier alma mínimamente inquieta con ganas de conocer mucho más acerca de ella.

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