Críticas: Kingsman. Servicio secreto

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Kingsman: Servicio secreto - Cinema ad hoc

God save the Queen.

En su debut en la dirección con Layer Cake (2004), irregular remedo del thriller gangsteril británico llevado a cabo con insultante soltura, el londinense Matthew Vaughn dejó de manifiesto las principales virtudes de una labor como cineasta que, no obstante, se gestó durante sus anteriores años a la sombra de un Guy Ritchie en el punto álgido de su carrera. De aquella película llamó la atención su peculiar ironía a la hora de filmar la violencia y captar las sombras de la sociedad británica, así como una capacidad para generar imágenes sugerentes bastante por encima de lo usual en el género. Y lo que vino después –desde Stardust (2007) hasta X-Men: Primera generación (2011)– acabó por consolidarle como uno de los más interesantes artesanos de la industria, siempre capaz de situarse sobre sus referencias y no tras ellas.

Dicho todo esto, quizá el mayor logro de su trayectoria fue Kick-Ass (2010), impecable adaptación del cómic de Mark Millar, un incansable torrente de cualidades que aún quedaron más a la vista tras el fiasco de la impersonal secuela que no le tuvo al mando. Si la aparición del tándem Millar-Vaughn supuso un refrescante hallazgo, de su continuación no podían esperarse más que los notables resultados que presenta Kingsman: Servicio secreto. Para la adaptación de la novela gráfica The Secret Service, Vaughn ha recogido de su debut esa reformulación de la flema inglesa y le ha aplicado las capas de jocosa bestialidad ya presentes en la anterior traslación. Resulta evidente que se mueve como pez en el agua en este terreno, sin ser baladí en este proyecto el dato de que su infancia estuviera marcada por una rígida educación aristócrata. Habría que sumar un palpable amor por el cine de espías, similar al que siempre se intuye por sus referentes, para obtener como resultado el definitivo y aparatoso homenaje al imaginario british que ofrece –simplificarlo como parodia, teniendo en cuenta el inmenso cariño que transpira, sería algo injusto–.

Kingsman: Servicio secreto (2) - Cinema ad hoc

Sin recrearse en el choque de usos, la comedia surge del improbable encuentro entre un joven de los bajos fondos que parece extraído de una novela de Irvine Welsh y el refinado gentleman al que, como parte insoslayable del espectáculo, da vida un Colin Firth nunca más ajustado a su personaje, mandamás de una unidad ultrasecreta cuyo despacho está adornado con todo lo que dijo el rotativo The Sun sobre asuntos banales en los días que él salvó al mundo de todo tipo de amenazas. La elección del carismático reparto es el primero de los aciertos: los hasta ahora desconocidos Taron Egerton y Sophie Cookson suponen dos apariciones llamadas a perdurar, apropiándose poco a poco de una magnética función a la que también se prestan Samuel L. Jackson o Michael Caine.

Pero, ¿cuál es la apuesta de Kingsman: Servicio secreto? ¿Construir un trepidante relato de espionaje, un desmedido artefacto pop o la enésima aventura adolescente? El mérito de Vaughn es prescindir de encasillamientos, ensamblar con elegancia las variopintas piezas de las que dispone para dotar de identidad a un producto que corría el riesgo de difuminarse entre la abundancia referencial y la posible parodia. Destaca lo bien que demuestra ejecutar sus movimientos sobre el alambre, saliendo airoso de momentos en los que parece que todo puede derrumbarse: véase la violenta exhibición técnica que es la secuencia de la iglesia –en la que, por otra parte, se palpa más que nunca el esfuerzo por imbricar los lenguajes del cine y el cómic, apreciable incluso por quien apenas posee conocimientos acerca de este último medio–.

Kingsman: Servicio secreto (3) - Cinema ad hoc

Aun en su vertiente de entretenimiento que opta por empapar de pirotecnia cada imagen, Kingsman: Servicio secreto pretende ser pura transgresión. Sabe comportarse y funcionar como tal, pero su verdadero valor es recuperar el peso expresivo de cada decisión artística y colocar al servicio de la narración cada uno de los millones de euros invertidos en producción. Dicho de otra forma, Vaughn se convierte en el rey de los alardes en un punto en el que su película así lo requiere, y no renuncia por ellos a desarrollar un solo personaje. La variedad de líneas que maneja a lo largo de casi dos horas y cuarto de metraje –desde la presentación del joven nini en su barriada hasta la tensión de las pruebas para entrar en el servicio secreto– le sirve para aportar matices a una funcional trama de espionaje en la que termina yendo al grano. Por poner un ejemplo, al final no importa en absoluto que el asunto de los implantes pudiera parecer estúpido: todo se toma en serio a sí mismo en el grado justo, quedando así instalado en un equilibrio encomiable. El golosísimo último acto confirma tanto sus intenciones de exprimir al máximo todos los recursos de los que dispone como el cumplimiento de los objetivos de una obra que, sin ser quizá su trabajo más redondo, sí supone la cumbre de su talento creativo.

Kingsman: Servicio secreto (4) - Cinema ad hoc

No todo son elogios. Hay una posible objeción que hacer a Matthew Vaughn, la de que debajo de su inspirada irreverencia quede barra libre para una peligrosa falta de responsabilidad; concretada, por ejemplo, en la sometida cosificación de algunos personajes femeninos –esa princesa a rescatar como supuesta subversión de los lugares comunes del cuento– o el tributo al uso gratuito y descontrolado de la violencia como el que pueden interpretarse ciertos pasajes. En este sentido, debería estar llamada a generar un encendido debate entre los que sostengan que su terreno está abonado de antemano para el todo vale y quienes echen en falta un pequeño espacio para la definición de su discurso. Aquí no podemos evitar situarnos algo más cercanos a la primera postura, tal vez obnubilados por el goce que ofrece cada palmo del camino.

Haciendo gala de una inmensa inteligencia, el británico ha vuelto a confirmarse como un ejemplo de irreductible artesanía al servicio de los estudios, elevando la categoría del cómic original a la de una película de espías actualizada para unos tiempos en los que la cultura pop asume su posición autorreferencial y su herencia sin tener que esconderse de ellas, como queda plasmado en las canciones que adornan la película y el destartalado cassette que la abre y cierra. Simplificando, el alumno aventajado de Guy Ritchie ha terminado por convertirse en el lúcido director que reclamaba ese sector del público que acabó aborreciendo a éste.

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