Críticas: Siempre Alice

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Siempre Alice - Cinema ad hoc

Julianne Moore se enfrenta al Alzheimer.

Hay determinadas obras a las que se otorga, con frecuencia, un enfoque decididamente benévolo en función del tema que traten y la solemnidad que le pretendan imprimir. Por poner un ejemplo aleatorio casi hasta la náusea, nunca será lo mismo patinar con un afectado drama sobre niños enfermos que con una comedia adolescente urbana. Lo primero siempre resulta *necesario* y hace mejor persona, por lo que en determinados círculos obtendrá ese tratamiento con independencia de la calidad de la propuesta; dejando de lado que hay asuntos que precisamente requieren con mayor razón de un trabajo a la altura. El tándem formado por el inglés Wash Westmoreland y el estadounidense Richard Glatzer, autor anteriormente de varias películas de menor eco –relativo, pues la mayoría pudieron verse incluso en un mercado a veces tan arbitrario como el nuestro–, parece haber aplicado a rajatabla esta máxima en Siempre Alice, rutinaria adaptación de la novela homónima de Lisa Genova sobre la brutal mella que hace una enfermedad tan terrible como el Alzheimer en los proyectos vitales de una mujer intelectualmente brillante y con años de vida por delante.

Siempre Alice (2) - Cinema ad hoc

Será complicado encontrar cualquier análisis de esta película que no se centre en el principal aliciente que ofrece su visionado, la arrolladora interpretación de una Julianne Moore que logra reflejar en su rostro los numerosos matices de la pérdida y el abismo entre la mujer que es, la que fue y la que será; un personaje cuarteado en varios desde el momento de su diagnóstico. Su continua exhibición, sin embargo, no hace más que subrayar las carencias de una labor de dirección harto plana, que parece optar por encender el piloto automático para delegar en ella toda la responsabilidad de generar algo similar a la angustia que se advierte ante los primeros síntomas o la emoción ante el derrumbe de Alice. Algo que no se consigue en ningún momento, más cuando vemos que los personajes secundarios a su alrededor se limitan a alimentar una tensión familiar que se sirve mascada, siendo la hija rebelde compuesta por Kristen Stewart la única con cierta entidad propia dentro del conjunto.

También hay aciertos en Siempre Alice, uno de ellos en el respetuoso y comedido enfoque que se otorga a la enfermedad, confiriendo a sus primeros compases –sin duda los que mejor cumplen con su propósito– un aire de drama clínico que sienta muy bien a sus principales bazas. Pero este acercamiento no obtiene respuesta alguna en un desarrollo del que los directores y guionistas no parecen preocuparse, seguros como aparentan estar de que el punto de partida de su relato y la brillantez de su actriz principal son suficientes para lograr algo tan complejo como conmover. Su labor parece limitarse a emborronar algunos planos para que sepamos del mal de su protagonista e insertar música al azar en los instantes de mayor dramatismo, consiguiendo sin querer que la compacta seriedad que irradia su película se pueda ligar a una inanidad complicada de aceptar en un producto de estas características. Esquivar el histerismo no sirve de mucho cuando tu discurso es tan plano: uno contempla el desmoronamiento de esta persona casi como el que atiende absorto a una disertación sobre la pesca del arenque. Y, aunque pueda afirmarse que nada llega a traspasar la barrera de resultar molesto –en un nivel superficial hablaríamos de una narración correcta, carente de alardes–, su alarmante ausencia de argumentos cinematográficos para involucrar acaba decantando la balanza hacia algo más bien próximo al naufragio.

Siempre Alice (3) - Cinema ad hoc

Al igual que el personaje de Alice subraya el texto que tiene que leer para evitar olvidarse del camino que sigue, uno tiene la constante impresión de que Glatzer y Westmoreland están haciendo algo muy similar con su película. Es decir, marcar el sendero en exceso a Julianne Moore para que se luzca y nosotros no seamos capaces de recordar que íbamos a ver algo más que a una actriz en estado de gracia. Todo en Siempre Alice está tan llamativamente calculado, tan encarrilado, que se llega a su tramo final habiendo perdido todo el aire del que se priva a un espectador ya exhausto, a pesar de una deriva argumental no tan tremebunda como se podía prever. Habrá quien decida rescatarla por abordar una realidad tan cruda, pero encuentro preferible que una película inocua lo sea trabajando una temática no tan descarnada. Porque las medias tintas, aquí, no sirven para otra cosa que no sea llenar de galardones las arcas de su brillante protagonista.

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