Críticas: No llores, vuela

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No llores, vuela

Nieve y curanderismo.

Comentaba Claudia Llosa en la entrevista que le concedió a Martín Cuesta para Cinema Ad Hoc tras la proyección de No llores, vuela en la Berlinale de 2014, que buscaba y se buscaba a sí misma; que todos, empezando por ella, tenemos una necesidad de aprendizaje que se consigue intentando, tratando y abriéndose a nuevas inquietudes y formas de entender el arte y la vida. La directora peruana se aplica esta máxima de explorar nuevos horizontes con su tercera película, pero sin perder de vista todo lo aprendido ya para sus anteriores films en los que fusionaba el misticismo y la cotidianeidad de la población limeña. Ambos elementos aparecen de nuevo en No llores, vuela pero trasladando el entorno y a los protagonistas de su Lima natal a los vastos parajes helados de Manitoba en Canadá y contando esta vez con intérpretes reconocidos a nivel mundial. También ellos, los personajes de su última película, tratan de buscar respuestas a cuestiones tanto metafísicas como terrenales en dos planos temporales distintos, en una versión que se estrena ahora con algunos ligeros cambios con respecto a la que se pudo ver en Berlín.

No llores, vuela 2

Por un lado asistimos a la desesperación de una madre por encontrar una cura para su hijo pequeño aquejado de cáncer, recurriendo incluso a métodos tan poco ortodoxos como el acudir al encuentro de un misterioso sanador en un lugar recóndito al que pocos tienen acceso. En el otro plano, su hijo mayor acepta la invitación de una periodista para iniciar un viaje en la búsqueda de su madre a la que hace 20 años que no ve. Ambos tiempos se van superponiendo de manera algo abrupta en una estructura en la que al principio cuesta entrar pero que, poco a poco, va ofreciendo pistas en uno y otro momento sobre las causas y las consecuencias que tuvo esa separación.

El caso es que, utilizando siempre el mismo tono contenido y melancólico, existe una gran diferencia entre las dos historias que conforman la película que parecen haber sido escritas por dos personas distintas. Mientras el pasado comienza y acaba también de un modo abrumador, y contiene diversos elementos que enriquecen el guión y la interpretación de Jennifer Connelly como la angustia vital de una madre por la salvación de su hijo pequeño relegando a un papel pasivo a su primogénito, los celos y frustraciones de un niño que siente que nunca va a ser tan importante para su madre como su hermano, y la dicotomía entre la ciencia médica y la fe, el presente nos remite a situaciones demasiado vistas en el cine pero no por ello más creíbles. Todo el interés que la peruana sabe generar al hablar de las relaciones ya sea entre madres e hijos, entre hermanos o entre el escepticismo y la fe, se pierde cuando la película se centra en el viaje que Cillian Murphy y Mélanie Laurent emprenden de una forma demasiado precipitada en su desarrollo y que acaba de igual manera, sin rematar siquiera la cuestión fundamental que planea por toda la historia.

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Es este aspecto el que impide que el gran trabajo técnico del canadiense Nicolas Bolduc, que ya conquistó con su dirección de fotografía en Enemy, se vea relegado a una simple contemplación sin que se aprecie en demasía el sentido que se le presupone al contraste de la belleza grandiosa del paisaje con la decisión de acercarse a los personajes en primeros planos extremadamente cerrados. Parece ser la intención de Llosa hacernos partícipe de los traumas y frustraciones de los protagonistas con esta decisión, pero se hace realmente difícil entrar en ese juego cuando obliga a éstos a tomar caminos incomprensibles en su búsqueda de respuestas. La inmensidad del paraje nevado con el que se abre y se cierra No llores, vuela, es tanto la metáfora de un mundo inexpugnable que los protagonistas no pueden conquistar por sus culpas internas, como la representación de la frialdad de la historia y su desarrollo a pesar de la intensidad que en algunos momentos alcanza el drama.

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