Críticas: Las ovejas no pierden el tren

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las ovejas no pierden el tren

La educación sentimental.

Hace casi doce años, Álvaro Fernández Armero aparecía en el panorama cinematográfico nacional con un estupendo cortometraje titulado El columpio en el que surgía una atracción entre dos extraños mientras esperaban en un andén vacío a que llegara el último metro del día. Sin decirse ni una palabra, escuchábamos sus voces en off imaginando cómo sería la otra persona y qué pasaría si fuera la media naranja que ambos estaban esperando encontrar; armándose de valor para hablarse y en cuestión de segundos sintiéndose presas de un miedo atroz a un posible rechazo; sopesando si coger ese tren en el último segundo o seguir cómodamente esperando al próximo conscientes de estar dejando pasar la oportunidad de llegar cuanto antes al destino deseado. El proceso de la atracción, de la duda, del ¿por qué no? y del enamoramiento en sólo 7 minutos que condensan un momento de la vida por el que todas las personas han pasado una o varias veces a lo largo de su existencia. Coque Malla cogía finalmente en solitario ese tren conducido por Fernández Armero que le condujo hasta Penélope Cruz un año más tarde para protagonizar juntos una reflexión más amplia sobre el amor y las relaciones de pareja en Todo es mentira; una película generacional que planteaba entre la comedia el drama los problemas con los que tiene que lidiar el amor cuando se enfrenta a la monotonía de la convivencia y a la individualidad de cada uno de los miembros de las cuatro parejas que formaban parte de la historia.

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Esta disección de las relaciones amorosas en forma de relatos corales que se entrecruzan ha sido una constante en parte de la filmografía del director y guionista madrileño, creando situaciones cada vez más enrevesadas y menos cotidianas para unos personajes a los que cada vez más va apartando del realismo con el que describía a sus primeros retoños hace más de una década. Tanto en el cine como en las series de televisión que en los últimos años se halla codirigiendo, las circunstancias cómicas, pretendidamente realistas, en las que coloca a las numerosas parejas que forman parte de sus historias, no hacen sino provocar el efecto contrario y generar una sensación de irrealidad que evita la identificación con ellas de la forma en la que los personajes de sus primeros trabajos antes mencionados sí lo hacían. Es exactamente lo que ocurre con su última película Las ovejas no pierden el tren, un otro análisis del comportamiento humano cuando se encuentra emparejado o en busca del amor en el que no sobran clichés y aprietos mil veces utilizados para las comedias de enredo amorosas, pero al que le falta humor, reflexiones verdaderamente profundas y sobre todo mucha credibilidad.

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En la misma línea de su primera película, Las ovejas no pierden el tren tiene como protagonista a una pareja que trata de sacar adelante una relación, en este caso ya consolidada, mientras a su alrededor hay otras parejas con sus propios procesos de constitución o de pura destrucción. Por un lado tenemos a la parejita casada y con un niño que se trasladan a vivir a un pequeño pueblo de la Segovia profunda, no sabemos muy bien por qué, donde entrarán en conflicto la crisis creativa de él que intenta escribir su segunda novela dentro de un aislamiento rural que lejos de proporcionarle inspiración parece ahogarle cada vez más, y la crisis maternal de ella en una búsqueda constante de volver a quedarse embarazada. Por otro lado, en su entorno familiar encontramos a un cuarentón separado y con dos hijas que pretende volver a una segunda juventud comportándose como un adolescente con su nueva novia veinte años menor que él; a otra mujer que busca desesperadamente al amor de su vida en brazos de cualquiera que sólo esté dispuesto a pasar un buen rato con ella; a una madre que vive su vida sin perder el tiempo en preocuparse por nadie más que no sea ella, y a otra que decide que lo mejor para su marido, y en consecuencia para su matrimonio ya marchito, es que sean otros quienes cuiden de él. Todo sigue siendo mentira, los protagonistas mienten a sus parejas y a su entorno pero sobre todo se mienten a sí mismos para no hacer frente a una realidad que no quieren ver. Pero por desgracia también la película es una mentira en sí misma. Ni los personajes tienen un empaque y una personalidad capaz de convencer ni siquiera con el trabajo que un reparto como el que tiene logra sacar adelante, y donde el único que salva los papeles en algunos momentos es Raúl Arévalo, quién si no, y mucho menos con un montaje tan disperso como las historias que se cuentan.

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Las ovejas no pierden el tren no es una comedia aunque crea serlo, tampoco es un drama porque no profundiza en la psicología de cada uno de los personajes para tratar de comprender el nivel de patetismo que muestran, y aun menos una película costumbrista puesto que nada de lo que ocurre tiene la suficiente autenticidad como para que creamos ver en pantalla un reflejo de la sociedad actual como parece ser que es la pretensión de la película. De hecho, para ello se sirve de referencias como la crisis económica o de otras tan burdas como la acusación indirecta a las redes sociales de ser las causantes de las altas expectativas que sobre el amor tiene el personaje de Candela Peña. Por no hablar, claro, de los diabólicos blogueros que le quitan el trabajo a los periodistas de verdad. Los signos de nuestros tiempos.

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