Críticas: Mr. Turner

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Mr. turner

Pintar el alma.

Más allá del acercamiento puntual de algunos trabajos cinematográficos alrededor de la vida y obra de ciertos pintores canónicos (y marginales) de la Historia del Arte, la evidente relación entre cine y pintura se despliega casi desde sus mismos fundamentos. Ambas artes se plasman, de algún modo, sobre un lienzo en blanco: en el cine, la pantalla sobre las que son proyectadas aquellas imágenes concentradas en un chorro de luz convertido en pincel, pero también en las tiras de película virgen sobre las que se imprimen las imágenes capturadas por la cámara en su proceso originario –antes de que la revolución digital convirtiera a este lienzo primario en algo abstracto, no tangible. Con la irrupción del color en la Historia del cine (y la llegada del scope), la riqueza plástica de la cinematografía alcanzó un nuevo nivel. En El Loco del Pelo Rojo (Lust for Life, 1956), Vincente Minelli utilizaba las posibilidades del color para que las pinturas de Van Gogh contagiaran a la propia imagen fílmica, abriendo así un nuevo frente de preocupación estética.

Encontrarnos con una película que, en su afán por llevar la vida de un pintor a la gran pantalla, busca remedar la luz y el color de su obra artística, se ha convertido casi en el trámite común a toda esta suerte de biopics. Pero, ¿y si la obra cinematográfica apostara por abordar la figura del artista sin evocar, en la propia textura visual de la imagen, a su personal estilo pictórico? Seguramente sería algo casi parecido a lo que Mike Leigh intenta plantear en Mr. Turner, su particular abordaje a la figura del pintor paisajístico J.M.W Turner. Contrariamente a los motivos recurrentes del pintor británico, en los que una naturaleza embravecida apenas se apiada del ser humano, Leigh construye una película que se repliega hacia el interior de su objeto de estudio. Mr. Turner, como trabajo biográfico sobre la vida de un pintor de paisajes, se despliega como una obra que habla de encierros existenciales dentro de espacios donde lo interior prevalece sobre lo exterior. Unos interiores físicos, pero también mentales.

Mr turner

En ese sentido, Mr. Turner acaba siendo una película tremendamente coherente con la trayectoria cinematográfica de su máximo responsable. Fiel a su discurso de penetrar en el interior de unos personajes al borde del abismo, Leigh demuestra una vez más el gusto por poner en primer plano los momentos más bajos de las criaturas que pueblan la mayor parte de su filmografía. Da igual que se trate de una mujer que practica abortos clandestinos en la Inglaterra de los 50 (El Secreto de Vera Drake, 2004) o uno de los pintores británicos más reconocidos dentro de los cánones de la Historia del Arte, como es el caso de su última película. Probablemente se podría pensar, con razón, que Leigh suelte transitar, de manera frecuente, una cierta deriva tremendista que desemboca en lo grotesco. En Mr. Turner ese momento podría ejemplificarse en el desmoronamiento emocional que se produce cuando el pintor (fantástico Timothy Spall) intenta esbozar en su libreta los contornos de una joven prostituta. Pero no es menos cierto que, de un modo u otro, todos los personajes del universo Leigh parecen acabar compartiendo, a partir de esos momentos, el mismo espacio en el cosmos fílmico del autor británico, igualándolos, poniéndolos a un mismo nivel terrenal.

Mr. Turner

Mr. Turner no puede renunciar a que el universo pictórico de su protagonista acabe impregnando también sus imágenes. Cómo iba a hacerlo si, en el fondo, es la manera en la que Leigh parece acabar admitiendo la imposibilidad de separar la obra artística de la propia figura del pintor, impregnada como el mismo ADN. En el viaje hacia las interioridades del personaje, la pintura siempre acaba emergiendo como fugaces destellos de luz en las profundidades de una oscura caverna emocional. Son momentos fugaces, en los que a veces se cuelan momentos tan desafortunados como el paseo en barca que daría pie a su célebre El temerario remolcado a dique seco (1839). Pero incluso allí, la insistencia de Leigh hace que la mirada sobre el pintor se imponga sobre un paisaje en fuera de campo. Como ese movimiento de cámara que abre la película, el del plano general de esa estampa holandesa al primer plano de la mirada del que plasma lo que ve (y no al revés), Mr. Turner, termina de nuevo mirando hacia un interior lleno de heridas abiertas: la de una consumida ama de llaves lamentándose por los pasillos de una casa habitada ya por fantasmas.

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