Críticas: Los fenómenos

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Los fenómenos - Cinema ad hoc

Lola Dueñas y el duro final de un engaño.

El contexto de la crisis actual está sirviendo de pasto para que numerosas películas pretendan reconstruir el retrato humano de la misma. En España existe base para un material riquísimo en el estallido de la burbuja inmobiliaria, al que ya se han aproximado ficciones como Cinco metros cuadrados (Max Lemcke, 2011) o la serie de televisión Crematorio (Jorge Sánchez-Cabezudo, 2011), con buenos resultados en el primer caso y excelentes en el segundo. Pero también hay una corriente de obras más pequeñas que apuestan por hacer de altavoz de la actualidad desde un prisma algo diferente, el de un cine arriesgado cuya forma comprometa al contenido y los personajes.

El paraje posindustrial gallego en el que se desarrolla el segundo largometraje del compostelano Alfonso Zarauza –tras La noche que dejó de llover (2008)– ofrece posibilidades en concordancia con esta última línea, pero realiza una apuesta decidida por la anteriormente citada, a través de un remedo de ideas ya manidas en otros títulos pero con cierta entidad propia gracias a la relevancia del periodo y espacio en los que se ubica. Porque Los fenómenos nos sitúa en los albores de la crisis económica, y lo hace sin necesidad de que lo indique ningún rótulo. Poco antes de que la constructora Martinsa-Fadesa anunciara el concurso de acreedores que dejó tantísimos pagos y obras sin completar, una mujer que no encuentra su lugar en el mundo halla la oportunidad de desempeñar temporalmente la labor de peón de obra en su pueblo natal, pagada en condiciones dudosas pero capaz de alimentar a su hijo y a esos mismos sueños de prosperar que se verían truncados poco tiempo más tarde.

Los fenómenos (2) - Cinema ad hoc

Aunque el arranque nada entre los lugares comunes inherentes a las historias de mujeres que intentan abrirse camino en la hostilidad de ámbitos tradicionalmente masculinos –la novata que despierta la sensibilidad oculta en los rudos obreros: por favor, no–, entre los piropos y frases machistas que le son proferidos y las dudas que su nueva ocupación genera en el entorno; Zarauza encuentra en el acervo gallego un buen recurso al que aferrarse, haciendo hincapié en un carácter local que sí logra dotar de personalidad a la película. Para ello cuenta con un reparto en el que, además de la protagonista absoluta Lola Dueñas, Juan Carlos Vellido y el también productor Luis Tosar, figuran un buen número de intérpretes populares por su labor en el cine y la televisión gallegos. Es en ellos, como conjunto de fuerza indivisible, donde reside todo el carisma que tiene que ofrecer, que inyecta humor en la amargura del conjunto.

Detrás de las imágenes se aprecia el esfuerzo de elaborar la crónica de ese tiempo en el que lo que se presentaba como una tabla de salvación se convirtió en la peor de las cargas para tantas personas, pero por desgracia la dirección nunca rebasa los límites de lo correcto, echando mano de las dosis de imaginación justas para contextualizar un relato que, por otro lado, opta por abarcar varios frentes sin terminar de decidirse por ninguno de ellos –la mujer a la deriva atrapada entre varios hombres, el patrón cínico y explotador, los noticiarios anticipando la debacle colectiva–. Si bien el personaje femenino escogido se encuentra muy bien perfilado para ello, no puede decirse lo mismo de los hombres que la rodean, destacando entre la mencionada masa el joven obrero pagafantas y su sentido poema.

Los fenómenos (3) - Cinema ad hoc

Más Loach que Dardenne en su tratamiento, por etiquetarla rápido en las coordenadas del cine social reciente, Los fenómenos se destapa como una muestra del mismo consecuente con sus pretensiones, sobre todo a través de un sobrio y elocuente final, pero en ningún momento logra desmarcarse de un esquematismo que le confiere mayor ligereza de la deseable y la estanca en tierra de nadie. Parece evidente que los desheredados de esta crisis merecen ser atendidos en causas cinematográficas mejores, pero al menos Zarauza no se anda por las ramas y ofrece un trabajo muy digno, mínimo exigible que no todos los autores de una segunda obra sabrían solventar con un oficio similar.

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