Críticas: Leviatán

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Leviatán

Vodka y en botella.

Los caminos de la libre asociación son inescrutables. Acaba Leviatán y siento que conforma en mi interior un díptico de suciedad junto a Black Coal, de Diao Yinan. Historias post-modernas de los dos grandes colosos comunistas de la Historia. Difieren en su estética, pero el poso de ambas es como un muñón de hielo que se adhiere al paladar. Después de ellas, toda esperanza es utopía.

Howard Phillips Lovecraft, en La sombra sobre Innsmouth, nos habla con horror de Devil Reef, el Arrecife del Diablo. “A menudo sobresale del agua y nunca queda muy por debajo de las olas, pero difícilmente se podría decir que es una isla.” Un arrecife abrupto, irregular, poblado por demonios innombrables. Cuando Andrei Zvyagintsev nos muestra esos parajes de belleza fría y desolada, situados en el confín Norte del mundo, tenemos la impresión de contemplar, en cierto modo, el Arrecife del Diablo. Pero aquí, la Bestia, el Leviatán, es el Sistema, con S turbia y ominosa. Zvyagintsev, en esos planos fascinantes del mar y sus orillas, alcanza el súmmum de su arte. El ruido sordo de las olas, la geografía severa, el desamparo. La transparencia es engañosa, el monstruo acecha por doquier, dispuesto a golpear.

Leviatan 2

En la paleta de colores predominan los tonos fríos, como es costumbre en este director. Zvyagintsev es azul, como Chagall. Pero, a diferencia de este último, sus figuras nunca consiguen liberarse del peso de la gravedad. Ni el vodka, bebido en cantidades industriales, consigue hacer que vuelen. No se trata del vino cálido de Omar Jayyam o de Dionisos, el vodka aquí es licor que arrasa al individuo. Paladear, beber de un trago, la diferencia es infinita. Climas distintos, distintas formas de beber o de evadirse, aunque en el fondo no haya escapatoria.

La cinta contiene varios registros: alterna la denuncia social, la sátira, el drama familiar y la tragedia. Formalmente, la veo menos deudora de Tarkovski que otras obras del mismo director. La encuentro más cercana a uno de sus más ilustres seguidores: Béla Tarr. El húngaro, en Armonías de Werckmeister, nos enseña a la ballena disecada; el ruso, en Leviatán, nos muestra su esqueleto. Ya ni siquiera es un cadáver ambulante, sino el vestigio de un naufragio. Un naufragio que bien pudiera ser, en clave simbólica, el del alma rusa. Un paso más en el camino hacia la nada o la condena. Pero, en forma y pensamiento, Tarr es superior a Zvyagintsev.

Leviatan 3

Uno de los mayores aciertos de Leviatán está en lo que no vemos. La calidad de las elipsis es extraordinaria. La mayor violencia –una pelea, una muerte, un acto de traición–, apenas queda registrada. El alcalde –un patán canijo, estrábico y borracho– es un villano bufo aterrador. Uno tiene la certeza de que, en Rusia, el Sistema se compone de piezas como él. Un par de confrontaciones, algún encuentro, y se pone en marcha el mecanismo. La Bestia se alimenta de las circunstancias y construye un desenlace que produce escalofríos. La figura cínica del pope roza la parodia (es el payaso serio, en contraposición a la figura del alcalde, que vendría a ser el clown patoso). Habla en subtexto y no se compromete. El pope y el alcalde tienen tanta gracia como la parejita de Haneke en Funny Games.

Zvyagintsev tiene buena mano para las imágenes-símbolo. Construye iconos visuales de gran potencia cinematográfica. La casa de Kolia, con esa cristalera luminosa, es puro desafío. Alrededor, un mundo en que personas, barcos, coches y edificios, están todos en ruinas. Como contrapunto, despachos, tribunales y jerga judicial, con esa asepsia y rigidez tan repulsivas. Y la grúa… Ese plano frontal (emocionalmente demoledor y casi subjetivo –el punto de vista es, quizás, el alma herida de la casa; o, lo que viene a ser lo mismo, la ausencia de sus habitantes–), ese plano, digo, en que la bestia-máquina alarga el cuello hacia nosotros, me hizo acurrucarme en la butaca igual que un topo en una madriguera. Es, evidentemente, la imagen-símbolo del nuevo Leviatán. La grúa sustituye al monstruo de la Biblia.

Leviatan 4

El drama queda rebajado con acierto por las frecuentes humoradas (ese uso de los retratos de líderes pasados, que se emparentan con la foto de Vladímir Putin en el despacho del alcalde). La fotografía es espléndida aunque, en general, prefiero al Zvyagintsev que rueda en exteriores; sus escenas de interior no siempre me convencen. Y cómo cuida los detalles –el brillo de las alianzas, el mimo en los encuadres y la luz–. La historia avanza muy despacio y, como ya le sucediera en su primer largometraje, El regreso, al ruso a veces se le viene abajo la tensión. Ese es, para mí, el principal defecto de la cinta. En lo que al tempo se refiere, Leviatán camina en el alambre.

“Todos somos culpables de algo”, se dice en la película. Algún vislumbre hay en ella del proceso a Joseph K. Aunque, en este caso, conocemos el cargo y la sentencia. Observo que, pese a la gran presencia del estamento religioso, toda espiritualidad queda voluntariamente desterrada por el director. Si acaso, lo más cercano a la experiencia religiosa es la reunión de chavales en los restos de la iglesia derruida. “Dios no está en la fuerza sino en la verdad”, declama el pope.

“¿Y qué es la verdad?” (Juan 18:38), pregunto yo, como Pilatos, mirando al Leviatán.

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