Críticas: El Hobbit. La batalla de los cinco ejércitos

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El Hobbit La batalla de los cinco ejércitos - PORTADA (Gandalf)

Haters Gonna Hate.

Analizar El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos desde los errores y debilidades divisados en El Hobbit: Un viaje inesperado —y apuntalados en El Hobbit: La desolación de Smaug— se convierte en un proceso repetitivo y condenado a la degeneración. Usted acabará mirándose en un espejo y dándose cuenta de que es una criatura salida de un baño público de Mordor, una bestia que gruñe, completamente sucia y desagradable, cuyos afilados colmillos siempre rozan esa lengua que escupe veneno y habla en una lengua prohibida, puntualizada como obscena por el resto de la sociedad. Interesa más la perspectiva sobre la evolución y el cambio, examinar esta nueva trilogía que ha generado un cuento para niños (y para adultos) escrito por J.R.R. Tolkien de apenas 310 páginas llevadas a la gran pantalla en una opulenta trilogía de-tono-dilatado-barroco-digital de 474 minutos… sin contar sus añadidos para sus respectivas versiones extendidas. Si Bilbo Bolsón cambió, durante ese viaje inesperado, los espectadores también hemos evolucionado desde que Peter Jackson quisiera llevar al cine a finales de los 90 la trilogía de novelas de fantasía del escritor británico. La gran industria cinematográfica no parecía estar preparada en aquel entonces para un proyecto de tal envergadura (y tanto friki con su cosita dura) y eran tiempos en los que los videojuegos querían ser aventuras fílmicas con el comienzo de la incorporación de secuencias cinemáticas en aventuras pixelizadas. El señor de los anillos: La comunidad del anillo (2001), El señor de los anillos: Las dos torres (2002) y El señor de los anillos: El retorno del rey (2003) fueron un éxito a todos los niveles, asentando una bases y moldes para crear una simbiosis entre un mundo digital y otro tangible en los márgenes visuales de la épica (de Tierra Media). No se engañen, se hicieron por (y con) dinero y nunca por misticismo sobre el material original. El gran mérito de Peter Jackson fue seducir a esa industria que únicamente pensaba en el proyecto como una única película, como un simple objeto para lucrarse. Jackson sigue siendo el mismo fan de entonces, otra cuestión es que la industria ahora le haya seducido a él con sus mismas armas: un libro, tres películas, más prorrateo para enriquecerse. Es un negocio y sus modelos actuales pasan por reboots y franquicias. Una década después, además, todo ha cambiado. Todos hemos cambiado… incluido ese público al que ya la grandilocuencia y las sagas cinematográficas basadas en adaptaciones difícilmente le pueden apabullar.

El Hobbit La batalla de los cinco ejércitos - Martin Freeman, Richard Armitage (Bilbo, Thorin)

El enfoque para enfrentarse y disfrutar de El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos, cierre de la nueva trilogía que dote de sentido la mitología de LOTR, es volver a esa inocencia prácticamente perdida de esos espectadores que viven en su día a día dentro de otros mundos virtuales en toda clase de ‘black mirrors’, desde sus smartphones hasta grandes pantallas capaces de revelar la evolución visual del mundo del videojuego. Que Bardo (Luke Evans) incluya en uno de sus diálogos «Se acerca el invierno» no deja de marcar la ironía que se cierne en los anhelos actuales de la audiencia armada con gafas 3D al otro lado. Obviamente Juego de tronos ha evidenciado una nueva sintonía apenas una década después, un brillante objeto para gobernarlos a todos directamente desde su casa. Mientras tanto, sigue existiendo una gran purga —y cada vez más desinterés— en la adaptación de sagas literarias juveniles tras las dedicadas a Harry Potter y Crepúsculo, piezas que han estigmatizado a los blockbusters actuales. Los Juegos del Hambre —todavía en cierres— ha dado paso a Divergente, Shailene Woodley es la ‘nueva’ Jennifer Lawrence, a copias sobre la copia que corren el riesgo de ser olvidables fotocopias. Es evidente que el drama de HBO ha revelado otras posibilidades en las adaptaciones de mundos de fantasía pero el éxito del trabajo de David Benioff y D.B. Weiss sobre el material de George R.R. Martin ha sido siempre un enfoque realista, siendo los personajes aquellos que formulen la imagen y no el fondo o el complemento digital, gestando la propia concepción episódica el rumbo de la narración aunque tengan que defraudar a los puristas de ‘Canción de hielo y fuego’ en ese proceso creativo. Seguramente esa inocencia del público partiera a Aman y ahora nos satisfaga más la épica televisiva de un capítulo dedicado a las batallas del Aguasnegras o del Castillo Negro por encima de un largometraje enfocado a esa tolkieniana y terminal contienda entre cinco ejércitos sobre un mismo eje que ya conocemos. Es posible que nuestro gusto sobre la heroica haya mutado y no hemos aceptado que el Peter Jackson macarra de Mal gusto, Braindead y Agárrame esos fantasmas también partió hacia un desconocido continente tiempo atrás. Se puede entender El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos, por lo tanto, como una concepción amarrada a un molde que vive de rentas pasadas y que huele a pira funeraria sobre un fuego por el que ya hemos caminado. Es el fin, es cierto, pero Jackson necesitaba un principio y epílogo para dotar de sentido su regreso a esa comarca como alegoría de una felicidad de un tiempo que siempre fue mejor.

El Hobbit La batalla de los cinco ejércitos - Bolg

En El Hobbit: Un viaje inesperado nos indicaron que «Las grandes historias merecen estar adornadas» pero en El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos se siente que el ornamento se ha quedado ya corto más allá del rococó digital y el diván freudiano. ¿Desea Peter Jackson hablarnos sobre su propia codicia y mal para exprimir como esa gran industria uno de sus mayores ‘tessssssoros’? ¿Sobre su propia redención a través de la figura del torturado Thorin? ¿O el neozelandés se siente más como el codicioso, dickensiano y desagradable Alfrid Lickspittle, siendo una burla y caricatura que trata de encontrar una sonrisa cómplice al otro lado de la pantalla entre la épica dramática y el añadido? ¿Como si quisiera gritar al espectador que todavía queda algo de ese Peter Jackson de la estupenda El delirante mundo de los Feebles entre irritante ceja y ceja? Supongamos que el director de King Kong ha quedado atrapado en su propia mecánica y reino, en esa repetición de un canto que ya no deleita igual que en el pasado, en esa Montaña Solitaria condenada a ser su propia tumba. Si usted, por el contrario, quiere lanzar ese veneno que surge de su bilis y emerge de sus afilados dientes, encontrará en El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos el mismo material y descalificaciones que ya utilizó tiempo atrás. Seguirá odiando-odiando-y-odiando, se sentirá decepcionado por el enfoque de la adaptación y sus recursos, por desperdiciar el tiempo (y despreciar el suyo) en ese triángulo romántico metido por necesidades hollywoodienses entre Tauriel, Legolas y Kili. ¡Usted ya critico de manera extrema cada uno de los segundos que apareció esa z*&&$-hija-de-orca llamada Arwen en LOTR! Aquí tiene más material para su colección de los horrores: secuencias ridículas y vulgares para nuevas introducciones a su célebre frase «Tolkien se estará revolviendo en su tumba», obtendrá más comparaciones con Transformers por esa superior y risible dependencia de un CGI que hace el conjunto tan poco realista como los momentos ‘WTF’ de Legolas. Su secuencia homenajeando a Jesús de Nazaret en ‘Super Mario Bros’ provocará que su bilis salga a borbotones por sus globos oculares. Un apunte: es recomendable que se tape los ojos para no ¿verlos? lanzarse explosivamente contra la pantalla. También evite sus arcadas con esas instantáneas que quedan resumidas en esos cursos de formación militar que se perdieron los murciélagos y al que sí asistieron las águilas. Sí, usted sabía que no podía salir nada bueno de un director que antes parecía un friki más de la Comic-Con y ahora ha visto toxicómanos en Mordor con mejor aspecto. Sí, usted fue a ver la película, pagó la entrada y se quedó hasta el final de los créditos para escupir uno por a uno a los personajes que tanto aborrece mientras la canción de Billy Boyd (Pippin) y su ‘The Last Goodbye’ le ensordecía su alma y hacía sangrar sus oídos. No pierda el tiempo espetando por tercera y nueva vez lo mismo porque sabe que tanto (y tanto) odio no puede ser bueno para su salud. Eso sí (y por favor), pare de decir al mundo aquello de «Soy fan de los libros y de la trilogía original de LOTR de Peter Jackson…» porque da la impresión de ser esa puntilla en busca de la aceptación social, ese cliché en su variante geek del mítico «No soy homófobo, tengo un amigo gay». Perdone hater, usted es una criatura de Mordor sin moral ni sentimientos. No tiene que explicar ni argumentar su odio. Es así. Debe cumplir con su papel y rol en este ecosistema. «Soy una persona muy tolerante, pero los enanos son peras y las elfas manzanas…». En fin (que es el fin), ‘Haters Gonna Hate’.

El Hobbit La batalla de los cinco ejércitos - Evangeline Lilly, Orlando Bloom (Tauriel, Legolas)

Viajando en ese mar de dudas, cual águila soportando el peso moral de un mago al que se le hicieron popó en su cabeza y nadie le dijo nunca nada, posiblemente este título-sinopsis (El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos) sea tan alargado como consecuente. Se trata de una gran batalla que, en realidad, habla de la codicia de esos cinco ejércitos. Esa lectura sobre la riqueza maldita, por la que todo ser mataría, interesa tanto como ver a Smaug como un gran dictador genocida con el que contaba Sauron para dominar Tierra Media. Pero lo atrayente de la propuesta de Peter Jackson es ciertamente su incursión en terrenos surrealistas —como los que propicia el conflicto y obsesión de Thorin— e ínfulas fantasmagóricas gracias a la concepción estética para formular el regreso de Galadriel, Elrond y Saruman tras su inclusión en El Hobbit: Un viaje inesperado. En esa secuencia, posiblemente la mejor del film, quedan sintetizados los intentos del cineasta por buscar unos conceptos sombríos conjugados en matices visuales más cercanos al cine fantástico de los años 60-70. También se siente su necesidad de dotar de un nuevo significado a esa extensión del material originario, de conferir un motivo y simbolismo no sólo a la obra tolkieniana sino reforzando el sentido de prólogo respecto a la trilogía de LOTR; esa simbiosis entre el oro soñado por la gran industria y las ansias de devoción de un fan por hacer realidad sus sueños. Recuerden, Guillermo del Toro era esa alternativa con idéntica esencia autoral en los márgenes mainstream. Interesa, por lo tanto, la lucha de protagonismo entre Thorin y Bilbo y el conflicto de su dinámica y enfrentamiento. Thorin ha querido ser ese objeto de réplica sobre Aragorn, el héroe condenado a la tragedia e influencia del pasado familiar, a su propia leyenda. Es el molde y canon impuesto por las necesidades de la reproducción, de esos grandes estudios que desean remachar viejas fórmulas. Bilbo es, por el contrario, el héroe apócrifo de la historia, aquel ser invisible y minúsculo que deberá servir de vaso comunicante con Frodo para completar la leyenda del anillo único. En ese regreso final a la comarca se siente el sentido final de la amistad, de la aceptación y convergencia entre ambos posicionamientos. Divisamos al propio director queriendo reencontrarse con su hogar, apartando cualquier reparto del botín por un sentimiento emotivo que dote de coherencia y emoción el momento. Jackson siempre se ha considerado como un hobbit y en cierta medida ese clímax luminoso rompe la frialdad y oscuridad impuesta previamente, con ese decrépito y yermo mundo en el que el único calor era aquel que surgía de las fauces de Smaug. El círculo (vital/existencial) ha finalizado. Ese retorno al irradiante hogar y, por extensión la propia propuesta, se simplifica en la figura de esa bellota porque la trilogía de LOTR fue aquel formidable y basto árbol lleno de vida que brotó de allí, capaz de hacer florecer la esperanza y el sacrificio. El Hobbit ha conformado ese germen, fruto y semilla que será ‘enterrada’ por muchos y que veremos florecer otros tantos.

P.D.: La película no es perfecta y faltó la presencia de Scrat cuando sacaron la bellota para ‘levantársela’ a Bilbo. Pero el único gran error de la película, inadmisible y que hace hervir mi sangre, cual criatura de la noche mordoriana, es que siguen sin incluir en los créditos a Jordi Hurtado como asesor de maquillaje y Photoshop de Cate Blanchett, Christopher Lee y Hugo Weaving. Imperdonable.

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