Críticas: Big Eyes

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Big eyes

Burton en acuarela diluida.

Un cuadro, una película, una obra artística en definitiva, se completa siempre con la mirada del espectador que la tiene enfrente, con las emociones que ésta provoca en cada uno de los que la contemplan y que, al acercarse o alejarse más de ella nos puede dar una sensación completamente distinta de la que teníamos. De la misma manera en la que en un momento de Big Eyes, Walter Keane increpa a su esposa Margaret al hacer suyas las palabras del crítico del New York Times, que tachaban su obra Tomorrow Forever de pastiche plagado de retazos de sus obras anteriores, el fraude que personifica Keane y que se aprecia cuanto más se acerca uno a su supuesta obra, se podría hacer extensivo a lo que supone esta película en la, últimamente maltrecha, carrera de Tim Burton.

Burton regresa al biopic de la mano de los mismos guionistas con los que trabajó en Ed Wood, para en esta ocasión narrar una historia que conmocionó al mundo artístico a finales de la década de los 60. Como en la recreación de la vida del peor director de la historia del cine, Big Eyes habla de seres anclados en sus propias mentiras, de personas que acaban creyendo ser la quinta esencia del arte como le pasó a Walter Keane, un farsante que acabó convenciendo a la sociedad y a la crítica de arte norteamericana de ser el autor de una serie de cuadros que hicieron furor en los años 50 en los que se retrataba a niños desamparados con unos enormes ojos. La realidad era que la autora de dichos retratos era su mujer, Margaret que, presa también de los embustes de su marido, accedió a pintarlos mientras él se llevaba todo el mérito. La película cuenta la historia a través de la voz en off del periodista que encumbró a Walter Keane, pero lo hace siempre desde el punto de vista de Margaret. Vemos el desarrollo de su capacidad pictórica, su sometimiento psicológico a su marido y su evolución hacia el reconocimiento de su dignidad perdida con una Amy Adams capaz de imprimir todas esas emociones a su personaje.

Big eyes 2

Big Eyes es quizá la película menos burtoniana de Tim Burton, es difícil encontrar en ella al creador de un universo y un imaginario propio tan característico como el del director de Frankenweenie. Y no porque no existan en la película aspectos estéticos que no recuerden a alguna de sus obras como esas comunidades idílicas de la sociedad norteamericana de mediados del siglo XX tan exageradamente retratadas en Eduardo Manostijeras, y que aquí vuelven a aparecer, o incluso en la elección de unas pinturas que, rozando lo kitsch, no dejan de ser melancólicas y de tener ese toque gótico inherente a la obra del director. Burton desaparece dentro de un guión absolutamente convencional, un “basado en hechos reales” de manual en el que, más allá de la cuidada estilización estética, no deja cabida a la sorpresa ni a la ensoñación que proponía por ejemplo en Big Fish, quizá la película que por tono y luminosidad más se podría asemejar a Big Eyes. Pero no. Apenas hay rastro del mundo fantástico que hasta ahora conocíamos del director, cosa que no sería un inconveniente teniendo en cuenta que sus dos últimas películas de acción real, Sombras tenebrosas y Alicia en el país de las maravillas, no han sido precisamente ejemplos de su capacidad para contar historias.

BIG EYES

Podríamos aceptar que estamos ante un director que ha decidido dejar de lado el exceso y ceder ante un cine más reposado, al igual que la obra que se retrata en la película se postra ante la cultura del consumismo (impagable la escena en la que las láminas de los retratos aparecen en el supermercado al lado de las latas de sopa Campbell), pero viendo Big Eyes descubrimos a un nuevo Burton sin personalidad, un Burton adocenado y superficial que poco tiene que ver con el Burton visionario y excéntrico que nos hizo creer en el amor a través de personajes y lugares tan insólitos como auténticos.

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