L’Alternativa: Naomi Campbel

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Naomi Campbell

Cerramos L’Alternativa.

Una imagen granulada, cámara en mano. Noche. Suburbios y una voz en off que tiembla al ritmo de unas manos igualmente inseguras en la filmación. La voz nos cuenta lo que aparentemente vemos, pero sin subrayado. Es una voz contextual que nos introduce en su mundo. Un extrarradio de un pueblo que ya aparenta ser el extrarradio del extrarradio de un país. Chile.

Esta imagen, junto a su temática sobre la vida en los márgenes, protagonizada por gente marginal (en este caso una tarotista transexual, buscando la manera de poder cambiar de sexo) nos remiten directamente al cine de Harmony Korine. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre en los films del cineasta americano, el hilo conductivo es mínimo.

Efectivamente, Naomi Campbel, a pesar de seguir profusamente la vida de su protagonista, deja en un fuera de campo discreto los pormenores más desagradables de su trayecto vital (tan sólo ligeramente apuntados con algún comentario aquí y allá) y se limita a emplazarnos en un tiempo presente lento, denso, rutinario, donde la cadena de eventos que podrían desencadenar el cambio nunca llegan. Un presente que se manifiesta como congelado, suspendido y por ello mismo pertinaz en su ausencia de esperanza para sus habitantes.

Naomi Campbell

No estamos, claro está, ante un cine del plano fijo ni de la huida de la proyección futura. Bien al contrario hay ritmo constante en las idas y venidas, en los discursos de sus protagonistas. Siempre buscando ese mañana que nunca llega. Si acaso estamos ante una película bucle, que a base de repeticiones (y sinsabores, y visicitudes) va tiñendo de tonos más oscuros su narración hasta límites de exasperación y tristeza absolutas.

Quizás la inmersión en esta cotidianidad global aleja un tanto el foco sobre la problemática que sufre la protagonista. No porque no se comente o se nos pinte una aceptación global y personal del conflicto de identidad sexual sino porque se asume como un tema más en la lista de elementos cotidianos a vivir por la atribulada Yermén, nombre de la protagonista. Una frialdad esta que, aunque permite tomar una cierta distancia y no caer en el dramatismo fácil, entra un tanto en contradicción con lo que se nos sugiere tanto a través de comentarios vecinales como en la propia narración en off.

Es precisamente cuando el film entra en los dominios de la filmación casera y observamos el mundo a través de los ojos, la cámara y la voz de Yermén que el tono se afila, la ironía deviene sarcasmo y la frialdad poesía, sucia eso sí. Son estos momentos de nocturnidad suburbana, tan korinianos, tan antinarrativos lo que ofrecen una mayor cohesión, una mayor impacto en lo que se realmente se nos quiere explicar. Porque de alguna manera, la oscuridad, el grano , los perros callejeros, la suciedad y los ladridos con eco reflejan mejor que la luz del día la miseria, la estupidez y el sinsentido del ser humano. Naomi Campbel se revela como una película negra, nihilista, sin atisbo de redención para nadie. Schopenhauerista si se quiere en su rotundidad del absurdo de la esperanza, de la ciega voluntad de seguir adelante y de su nula utilidad.

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