L’Alternativa: Brûle la mer

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Brule la mer

Túnez-París.

Se respira un cierto aire de familiaridad en algunas de las producciones que hemos podido ver en L’Alternativa hasta la fecha. Una transversalidad de temas, ambientes y preocupaciones que nos permiten establecer vínculos, relaciones, entre los títulos.  La inmigración, la descolonización y sus ulteriores reflujos e intercambios transnacionales. La vinculación entre las formas de vida y la naturaleza que las envuelve…etc.

Brûle la mer, podría entroncar perfectamente con Go Forth, sólo que, en esta ocasión, la posición del entrevistado no es la del anciano y sus vicisitudes, sino la del joven y su lucha por un futuro mejor, si es que éste, como se nos explica, puede llegar a existir a la manera occidental de entenderla. Se trata de desgranar como una proceso revolucionario, concretamente la caida de Ben Ali en Tunez, comporta un éxodo de la joventud, una búsqueda de esa felicidad prometida en televisión, en un mundo occidental que se presenta como paradigma de las libertades.

Sus directores, Nathalie Nambot y Maki Berchache, nos ofrecen a través de la entrevista y metáforas visuales un descorazonador panorama de la situación de estos inmigrantes. Un fresco partido en pequeñas píldoras llenas de pesimismo donde se pone de manifiesto el desengaño y desesperanza al enfrentarse ante la realidad de una sociedad francesa (aunque el tema podría ser perfectamente de cariz universal) hipócrita, asustada, tan ensimismada en sus prisas y maneras de vivir que no puede prestar atención, más que con rechazo, a aquellos que quieren entrar allí en busca de algo, a veces tan simple, como un abrazo de seguridad, de libertad.

Brule la mer 2 

Aunque el planteamiento de estos temas se antoja una vez atrayente por ser algo que podemos estar viviendo a diario, las formas vuelven a pecar de amateurismo, cuando no una cierta presuntuosidad, que acaban por lastrar todo el metraje. En demasiados momentos del film más parece estar asistiendo a una master class de recursos pescados aquí y allí de todos los autores que sin duda admiran los directores de la película. Desde el naturalismo lento de Apichatpong hasta el gusto por la desnudez del dispositivo del Godard maoista, Brûle la mer se desliza por una preocupante falta de personalidad propia y sobre todo, por una falta de pasión inexplicable.

Sí, se esperaba que ante la crudeza de ciertos hechos hubiera algún arrebato de pasión en el enbtrevistado, alguna llama de indignación en las imágenes. En su lugar una desmayada voz monocorde, fueras de campo justo cuando más se precisaba el impacto visual y unas comparativas que de tan naïf en sus métodos resultan más incomodas y risibles que efectivas. La muestra está en la persistente idea de la tranquilidad y paz tunecina frente al ruido de la urbe parisina. Una idea tan machaconamente repetida, tan idealizada en un lado y demonizada en el otro que hace preguntarse el porqué del exilio de sus protagonistas en vez de preocuparse de lo denigrante de sus situaciones. Una pregunta que intenta responderse, en un llenado artificial de metraje, con un discurso tosco sobre la multiculturalidad, identidad y búsqueda innata de la felicidad.

Más que un mar ardiente estamos ante un documental de tierra con olor a requemado, de, como diría Rubén Collazos de Cine Maldito, cine ONG, con las más maravillosas intenciones posibles y las peores elecciones a la hora de plasmarlas. ¿Resultado? En lugar de concienciar, de crear un documento valioso uno acaba no solo por aburrise sino incluso por hastiarse ante tal despliegue de mensaje unidireccional mal desarrollado. El problema fundamental es que deberíamos estar un cine que fuera ácido sulfúrico, un documento inflamatorio para mente y alma y en su lugar tenemos algodón de azucar y lo peor es que encima es soso, edulcorado. Light.

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