En otro país: The Kindergarten Teacher

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The kindergarten teacher

En otro país viaja a Israel.

Aproximarse con la complejidad necesaria a una película de las características de la israelí The kindergarten teacher (Haganenet, Nadav Lapid, 2014) no debe ser sino la consecuencia de aceptar la inquietante perspectiva que ofrece sobre su joven protagonista, un niño de apenas cinco años con una precoz habilidad para la poesía. El secreto lo conserva su profesora de guardería, Nira, y lo hace como si de un tesoro se tratara, evadiéndose de su propia vida hasta llegar a poner toda su fe y esperanza en el magnífico poeta que hay dentro de ese niño en apariencia inocente, que como el resto de sus compañeros juega en la arena y canta en el patio de recreo.

The kindergarten teacher enfrenta grandes temas y los afronta con el punto de vista indicado, dejando caer siempre del lado de lo ambiguo las respuestas más conflictivas. Con el recuerdo reciente de En la casa (Dans la maison, François Ozon 2012), en la que las sorprendentes habilidades narrativas de un adolescente ponían en cuestión a una familia acomodada por el afán literario de su profesor de instituto, comprobamos la fascinación inherente que genera en el cine el poder del arte y su capacidad de seducción, capaz de evocar los mejores como los más bajos sentimientos humanos, haciendo desaparecer la distancia entre ambos, borrando barreras éticas y legales como confundiendo razón y locura en la persecución de un bien mayor. Ambas películas comparten esa inquietud y misterio que esconden las palabras, pero despojado de ese espíritu más proclive al exhibicionismo del cineasta francés, Nadav Lapid realiza un trabajo de calado introspectivo en torno a la extraña intimidad que surge entre alumno y profesora, cimentada por el insondable eco que arrastra la poesía en las propias acciones de sus personajes.

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Para añadir más capas al film, en un primer lugar habría que advertir que el origen del proyecto son los poemas que el propio director escribió entre los cuatro y siete años, presentes en el metraje. Una vocación que Nadav Lapid abandonó temprana, pero cuya razón de ser aumenta las dosis de incertidumbre que se generan tras surgir de boca de un niño poemas cargados de motivos violentos y con un profundo conocimiento sobre la belleza o el amar, para a su vez reflexionar sobre la capacidad que tienen la poesía y el cine para cambiar nuestra perspectiva del mundo.

Ése y no otro es el conflictivo sentimiento de protección y poder que mueve a la profesora, un sentimiento contradictorio tanto para ella como para el espectador, por el que no dejará de cruzar límites. En un primer lugar, haciendo pasar como suyos los poemas del niño en un taller de poesía. Una acción que lleva a cabo no para ganarse los honores de su talento, sino para constatar la maestría de su joven alumno, realmente un prodigio que le recuerda que no se encuentra simplemente ante un niño inspirado o talentoso, sino ante un auténtico genio como lo fuera Mozart.

Aunque ante estas cuestiones sorprende la actitud en apariencia indiferente que se transmite del niño. Su comportamiento no deja de ser exactamente igual que el de alguien de su edad, de carácter incluso más tímido, silencioso pero obediente cada vez que su profesora le aparta del grupo para hablar de su secreto o le obliga a recitarle poesía en voz alta. Pero él nunca habla de poesía, no explica sus versos, en ocasiones recita y la profesora a vuela pluma copia sus palabras, nada más sabemos. Es un misterio en sí mismo, como lo es la relación con su autoritario padre, un hombre de negocios que por cuestiones familiares desprecia la poesía, reflejo contemporáneo de esta sociedad capitalista que de forma inmediata rechaza la sensibilidad artística frente a lo prosaico que maneja el mundo.

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Pero además de añadir misterio y tocar con destreza los temas adecuados, tras las cámaras Lapid se encuentra igualmente inspirado en cada detalle o decisión de puesta en escena, que acaba siendo trascendental por pequeña que parezca. Todas las secuencias rodadas en la guardería con la presencia de niños están filmadas desde la altura de estos, así como en la mayoría de las secuencias familiares de Nira, la profesora, encontramos a su marido de espaldas o fuera de plano e incluso a su hijo, militar con honores, prácticamente en off. La cámara observa a Nira del mismo modo que ella se involucra con su realidad, desde un punto de vista autoritario en la guardería como evidenciando el cansancio y la negación que le produce su vida frente a una nueva y excitante revelación poética.

En su anterior película, la convulsa y subversiva Policeman (Ha-shoter, 2011),  Lapid contraponía dos contextos destinados a enfrentarse. En un principio presentaba los conflictos interiores de un miembro de la unidad antiterrorista de Israel, para avanzado su transcurso introducir a un comando radical israelí comandado por una mujer de firmes ideales y sueños, como podría serlo la Nira de The kindergarten teacher, que pretende llevar a cabo una acción terrorista contra las clases altas del país con el fin alertar a la población de las desigualdades sociales. Del inevitable cruce de ambas posturas no se encuentra justificación posible, tan solo surgía una valiosa duda. Y no es otra razón que sembrar una duda en el espectador el objetivo de esta desconcertante y memorable película.

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