Dover – Calais: PIFFF 2014 Día 1

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PIFFF

PIFFF: Directo al grano en un día.

Arrancaba ayer en pleno centro de la capital francesa el Paris International Fantastic Film Festival (PIFFF), con una sala llena y entregada, entre la euforia y la contención de mezclar el cine fantástico con el entorno parisino. Algo así como un Oh la laaaaaaahh.

Arrancaba al grano gracias a la espléndida secuencia de introducción de Housebound, primer título a competición de este año que aterrizaba desde Nueva Zelanda. En ella, su absoluta heroína Kylie (Morgana O’Reilly) intenta atracar un cajero automático, algo que a punto está de conseguir incluso con un compañero de delito inconsciente y la sirena de la policía en el cogote. Y qué injusta es la vida, pero el coche no arranca. De algún modo, esto sintetiza el guion de la película, debut de Gerard Johnstone, que mezcla varios géneros para ofrecer una película muy digna.

Housebound

Housebound

Con mucho humor, la cinta se coloca sobre una historia de casas encantadas y fantasmas del pasado cuando Kylie debe volver a la casa de su madre como castigo por su último crimen. Poco a poco, la película vira hacia una historia de asesinato sin resolver que permitirá una pequeña dosis de gore. Sin embargo, es este manejo de las expectativas sobre género lo que quizá pueda decepcionar en algún momento, puesto que la película parece en algún momento no saber hacia dónde dirigirse. Intencionadamente o no, Johnstone enlaza las situaciones de manera muy orgánica y con un buen ritmo, lo que consigue un resultado bastante satisfactorio en una cinta sin complejos que basa mucha de su empatía en sus detalles domésticos, sin duda memorables como el gran uso de un rayador de queso para una escena slasher o el uso del sonido del pis para contribuir al miedete del solo en casa. Mención aparte merecen unos interesantes efectos de sonido –de las carracas, de los garajes llenos– un tanto ahogados por una música abusona que se queda del lado del humor.

Con menos de una hora tras la proyección de Housebound llegaba fuera de competición Nightcrawler (Dan Gilroy), ese título que “los productores de Drive” se empeñan en asociar con Drive sin que luego nada tenga que ver con Drive. Veamos. Hay un coche, hay un personaje absoluto y hay una historia bizarra. Y si bien es cierto que la historia tiene su tirón –un tipo aprende las labores como reportero de noche buscando la peor carnaza para vender a la prensa–, la película se queda bastante plana en sus ambiciones de ofrecer algo más que esa historia.

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Nightcrawler

De nuevo con una primera secuencia directa y al grano, en la que sabemos que un personaje sin escrúpulos nos va a contar sus vivencias, tiene cierta gracia conocer la ascensión en las tinieblas de este friki delgaducho y antisocial que asusta y se sabe vender. Jake Gyllenhaal afronta sin miedos un personaje perturbado pero plano, y lo mantiene con una cámara pegada a su sien durante dos horas que llegan a pesar porque no ofrecen nada más que la observación neutral de este pirado, más parecido a un ave carroñera que a las espigadoras de Agnès Varda. Lo seguimos atónitos pero esperando algo más, al igual que sus ambiciones en la vida, que poco a poco ponen a todo aquel que le rodea a sus pies. Entregados o no desde el principio, lo cierto es que uno no acaba a los pies de este nightcrawler cuando funde a negro, del mismo color que queda la comparación con Drive, las intenciones de culto del filme o incluso el entretenimiento de una película que poco parece pintar en este festival.

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