Críticas: The Skeleton Twins

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THE SKELETON TWINS

Familia.

En tiempos en los que se es capaz de definir una película como obra maestra aun sin haberla visto, ejem, una se pregunta si sería capaz de encontrar una sola palabra para expresar todas las sensaciones que provoca el visionado de un film más allá de los calificativos superlativos de quien sale eufórico de la sala de cine, tanto para bien como para mal. Partiendo de la base de que reducir una película a un único término es una empresa demasiado simplista, y de que se hace aun más difícil encontrar un detalle para describir una cinta pequeña que no epata en un primer momento sino que va dejando pequeños toques que van creciendo a medida que se piensa en ellos, podría decir que en el caso de The skeleton twins la palabra que más me viene a la mente es complicidad. Existe la complicidad entre los dos hermanos gemelos protagonistas, distanciados desde hace diez años y que se vuelven a encontrar cuando Milo trata de suicidarse después de un desengaño amoroso y Maggie decide invitarle a pasar un tiempo con ella y su marido en su pueblo natal. Es indiferente el tiempo y la distancia que separa a dos hermanos, más si han compartido útero materno al mismo tiempo, para que entre ellos sea imposible mantener un secreto, compartir recuerdos o interpretar gestos y miradas para entender el momento anímico del otro, y Craig Johnson, director y responsable junto con Mark Heyman del guión de The skeleton twins, perfila unos personajes tan bien definidos que es imposible no reconocer en ellos esa conexión fraternal.

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Complicidad hay entre un equipo técnico y artístico acostumbrado a trabajar juntos, que sobre todo se hace evidente en la química que desprenden juntos Kristen Wiig y Bill Harder, Maggie y Milo respectivamente, después de compartir todas las semanas plató en Saturday Night Live. El resto del reparto, entre los que se encuentran Luke Wilson o Ty Burrell, así como los productores de la película, los hermanos Jay y Mark Duplass, protagonista este último de la ópera prima de Johnson, True Adolescents, forman parte además de ese nuevo star system indie de cineastas y cómicos norteamericanos que pulula por los shows televisivos y los festivales como Sundance o South by Southwest, lo que imprime a la película ese halo de producción independiente entre amigos que se aprecia desde fuera de la pantalla.

Pero también la película emite complicidad a la hora de dirigirse a un público específico, una generación nacida en la década de los 70 perdida en el mundo adulto en el que se supone que debe estar pero que le viene demasiado grande. Treintañeros (e incluso alguno ya pasando los cuarenta) que carecen de estabilidad económica y emocional, que crecieron pensando que su vida debía ir por un camino establecido de antemano que en nada se parecía al que anduvieron sus padres, y cuyos pilares se encuentran en la familia que un día dejaron atrás en lugar de la que ellos mismos deberían haber creado ya. Johnson vuelve a retratar a esos adolescentes maduros como hiciera en su primera película, y refleja en su guión el miedo y la desorientación de esa generación en tono de comedia con tintes dramáticos que vienen dados por la cobardía de los personajes para enfrentarse a sus vidas, a sus secretos y sobre todo a sus errores pasados y presentes. Parte importante de ese reflejo de una juventud a la que las circunstancias han obligado a estirarse y resistir ante el mundo adulto, es la banda sonora que utiliza con canciones de, entre otros, Blondie, OMD o Starship, cuyo Nothing’s Gonna Stop Us Now es tanto un momentazo divertido y emotivo a partes iguales como el leit motiv de la película en sí, e incluso con el tono de móvil de Maggie evocando a una conocida sitcom familiar de aquella época.

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A The skeleton twins se le pueden achacar muchas cosas, un argumento no del todo original o un guión con algunas lagunas sobre todo hacia el final que aceleran el desenlace de manera un tanto injustificada, pero lo compensa con un sentido del humor y de la realidad de los “problemas del primer mundo” narrados sin ínfulas de autocomplacencia ni con la pedantería “alternativa” de los personajes que nacen de la dupla entre Diablo Cody y Jason Reitman. No, Craig Johnson demuestra que para hacer cine independiente con historias íntimas no hace falta que sus personajes sean cargantes y/o inverosímiles, basta con saber expresar los sentimientos de una manera tierna y a la vez divertida para poder contar con esa complicidad del público, que en definitiva es lo que se espera de toda película.

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