Críticas: Justi&Cia

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Justi&Cia - Cinema ad hoc

Dos hombres contra un sistema.

El actual descontento ciudadano con los responsables directos de la crisis económica está generando poco a poco toda una oleada de cine basado en el levantamiento de los que diariamente sufren sus consecuencias. No hace falta más que echar un vistazo a la actualidad para comprobar que el número de casos de políticos o banqueros relacionados con casos de corrupción aumenta día tras día, mientras la respuesta de los oprimidos también se hace notar. Si el pasado Festival de San Sebastián acogió el estreno de Murieron por encima de sus posibilidades, fallida comedia de Isaki Lacuesta en la que un grupo de desplazados por el sistema pretenden secuestrar al presidente del Banco Central Internacional, ahora es un parado el que debuta en la dirección cinematográfica como furibunda respuesta a su situación y la del país. El zaragozano Ignacio Estaregui, despedido de su función en una productora audiovisual, comenzó hace poco más de un año a buscar financiación para cumplir su sueño de realizar un largometraje con Justi&Cia, una película tan limitada en sus pretensiones artísticas como rabiosamente actual al cuestionarse algo que está en boca de toda una sociedad. Como también ocurría en la argentina Relatos salvajes, actualmente en cartelera, se trata de la adopción de medidas extremas contra el abuso de poder, en las que tantos piensan pero que nadie se atreve a llevar a cabo.

Justi&Cia (2) - Cinema ad hoc

El primer tramo de Justi&Cia, ambientado entre un bar y un pequeño piso de una localidad leonesa, es una muestra de cine social seco y sin cortapisas. En él parece latente la sombra de películas como Los lunes al sol, y no únicamente por la potente presencia física y vocal del protagonista Hovik Keuchkerian, con ciertos aires a Javier Bardem en la composición de su personaje. Justino, un antiguo minero que vio morir a siete de sus compañeros en un percance laboral del que fue único superviviente, comparte pasado tormentoso y ansias de venganza con Ramón, un jubilado interpretado por Álex Angulo en el que lamentablemente fue su último papel protagonista en el cine –si bien hace poco también estrenó de forma póstuma su aparición testimonial en A escondidas. Como señalan los créditos, a su memoria va dedicada la obra.

Ambos, contradiciendo el refrán que adorna sus andanzas, optan por convertir la realidad de cobre de su condición social en una fantasía dorada cuya realización no puede acabar bien. El dúo formado funciona desde su primer encuentro, al saber articular con ligereza una unión que apela al espíritu solidario para superar los problemas personales –“dos cobardes hacen un valiente”, repiten– tanto como a una catártica actividad como justicieros en la que se muestran chocantemente desenvueltos para su inexperiencia. Sorprenden también las licencias que se toma la película en asuntos como su progresiva escalada ejecutora hacia la meta que buscan en La Línea de la Concepción, sin que quede del todo claro cómo llegan con una facilidad tan pasmosa hasta objetivos que forman parte de las altas esferas. El abuso de las casualidades y la insípida integración de la mayoría de secundarios no impiden que la película termine por rematar la curiosidad que provoca cuando parece que va a derivar en una especie de improbable remake de Kick-Ass dirigido por Fernando León de Aranoa, con los protagonistas convertidos en auténticos fenómenos de masas y objeto de imitadores gracias a sus hazañas delictivas sin que nadie conozca su verdadera identidad. Hay incluso una secuencia de montaje con música electrónica, bastante distinta a la contención formal del conjunto, que invita a pensar en un giro definitivo hacia lo salvaje que no llega a producirse.

Justi&Cia (3) - Cinema ad hoc

Sin embargo, llegando al tramo final de sus actividades violentas, el discurso de Justi&Cia queda emborronado por cierta tendencia a lo sentimental, cercana a fallar estrepitosamente, así como por la sombra de un maniqueísmo del que no termina de escapar a pesar de que se halle justificado en todo momento por la naturaleza de su propuesta. Se presenta una división radical entre el poder de un pueblo que parece apoyar sin divisiones al dúo y la podredumbre de un sistema corrupto, inevitablemente distanciados, que provoca no pocas cuestiones. Quedan perfectamente resumidas en la secuencia de la gasolinera, en la que el descubrimiento de la desmedida popularidad del dúo y la casual intervención de las fuerzas policiales contra ellos quedan anuladas por la repentina acción del dependiente/admirador. Es precisamente en estas posibles ambigüedades donde acaba residiendo el interés de una propuesta que no acaba de despegar ni de regalar nada memorable –más allá de la última mueca de un enorme actor–, pero que tampoco pretende introducirse tanto en el fango como para echarle demasiado en cara todas las gratuidades concedidas. De momento Ignacio Estaregui ha debutado en el cine con una obra oportuna, ligera y de agradable visionado. Ahora cabe esperar que, a diferencia de lo que sucede a sus protagonistas, alguien le sepa devolver el esfuerzo que ha realizado por sacar adelante su proyecto.

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