Sitges 2014: Día 6

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Annabelle portada

Muñecas y cosas.

No parecía a priori que una película como Annabelle pudiera generar polémica. Dada su condición de producto absolutamente comercial, de spin-off (un tanto apresurado) de Expediente Warren las expectativas al respecto era moderadamente bajas. Un film comercial, masticado en su contenido y poco más. Y justamente eso es lo que da.

Cierto es que, a su favor, Annabelle es muy coherente, a nivel narrativo y estético, con el universo que James Wan había creado en The Conjuring. Lamentablemente su director, John Leonetti, confunde coherencia con seguidismo plano y el canon del terror clásico con el arquetipo del recurso facilón. Annabelle no funciona porque en su afán de mantenerse fiel opta siempre por los trayectos menos arriesgados queriendo agradar a los fans de Wan y quedándose siempre a medio camino. Aunque lo verdaderamente inquietante es que si nos ceñimos a los toques personales de Leonetti encontramos un mensaje doctrinario religioso de una ranciedad hiriente. O eso o su retrato de la familia americana perfecta envuelta en problemas resulta una sátira totalmente fallida. En cualquier caso sea una cosa u otra, resulta ciertamente preocupante.

ANNABELLE

Annabelle

Más allá de si el guión y su resolución o si la película funciona o no, es curioso constatar como las reacciones en caliente han sido tan virulentas en contra. La sensación es que estamos ante un caso de linchamiento apriorístico. Había ganas (por motivos que se me escapan) de atacarla sín importar en demasía su calidad, más o menos, objetiva. Reacciones estas que aún soprenden más viendo las que ha generado por la tarde una película como Asmodexia.

Efectivamente, si Annabelle ha sido recibida con una salva de abucheos considerable, ¿qué merecería pues la película de Marc Carreter? No se trata de cargar contra una película por el placer de hacerlo, pero realmente el pase del film catalán es de muy difícil comprensión o explicación al no cumplir, creemos unos mínimos de calidad exigibles.

Lo peor sin duda no es su realización, ni lo absurdo del guión, ni su giro argumental tan previsible como ridículo. No, tampoco se trata de comprender el nivel bordeando lo amateur de sus interpretaciones, tan artificiales que por momentos parecían modelos bressonianos recitando sus frases. No, la reflexión a la que nos lleva Asmodexia va mucho más allá de ello. Porque en cierto modo no es del todo justo cargar todas la tintas contra la producción y sus responsables.

Asmodexia

Asmodexia

De alguna manera Asmodexia, con todos sus múltiples defectos, no deja de ser una víctima, un daño colateral de la política del festival. Buscando hacer un favor o promocionar a alguien o a alguna industria se acaba por enviar películas como ésta, que podrían tener incluso un recibimiento correcto en Brigadoon, al matadero que supone su proyección en un ámbito que no le corresponde. Sí, aunque no haya sido vapuleada de forma explícita, las risas que ha generado son aún peores. Son la demostración palpable de cómo soportar, aunque sea afilando la punta del sarcasmo, algo que no se aguanta por ningún lado.

Sí, Asmodexia puede que sea de largo la peor película proyectada de las que hayamos visto en Sitges este año, pero en cierto modo también ayuda a reflexionar, o al menos debería hacerlo, sobre el modelo de festival que tenemos y que amenaza perpetuarse. Para pensarlo.

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