Sitges 2014: Día 5

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Goodnight mommy

Österreich violence.

Durante cierta época el Festival de Sitges se dedico a programar una retahíla de películas que, al pasarse en ediciones diferentes pero consecutivas, parecían buscar ante todo romper el récord de brutalidades cometidas en pantalla. Sí, con Frontiere(s), A l’interieur y Martyrs se inauguraba un periodo negro para el cine de género. Ya no había cabida para el subtexto, todo se ponía al servicio del encabronamiento y la polémica con toques, eso sí, de ideología, religión o cualesquiera que fueran las excusas para darle un barniz de respetabilidad temática. Algo que aún lo hacía peor al revelarse fácilmente la coartada-disfraz la fuerza del conjunto aún quedaba más reducida como pasaba también, años más tarde con A serbian film.

Goodnight Mommy llega con la vitola de polémica, prometiendo sensaciones que permitirían que jugase en la liga de las películas anteriormente mentadas. No obstante, el hecho de llevar asociado el nombre de Ulrich Seidl (como productor) nos hacía esperar que detrás de la posible crudeza de las imágenes encontraríamos la habitual y devastadora mirada mordaz y nihilista del director austriaco sobre la sociedad de su país de origen. Nada más lejos de la realidad, al final el toque Seidl se limita a meras pinceladas formales como el grano en pantalla, una cierta asepsia de la puesta en escena y dos o tres planos surrealistas  que, en el caso que nos ocupa, más que contextualizar sirven de justificación formal para conectar con el mundo del director austriaco. ¿Qué nos queda pues? Pues lo dicho, la brutalidad por bandera, la violencia nonsense, el juego de ver quién puede ser más cafre a la hora de rodar en una pantalla.

Goodnight mommy 2

Y eso que Goodnight Mommy empiza de forma ciertamente estimulante, presentando una suerte de juego psicológico entre una madre y sus dos hijos que, juntamente con la puesta en escena, nos hacían pensar en una película borgmanizada por así decirlo. Lamentablemente esto no va más allá de una simple declaración de intenciones. De lo malsano intuido pasamos a la brutalidad explícita casi sin solución de continuidad. Los motivos nos son desconocidos, pero dada la estructura de la violencia ejecutada en la pantalla no sólo parece que estemos ante un acto gratuito sino que busca no tanto la complicidad de la audiencia como su aplauso fácil. Porque no nos engañemos, cada secuencia, cada golpe, cada tortura no es más que un señuelo, una preparación para justificar el in crescendo del sadismo que se representará en el siguiente plano.

Sea por estética, sea por nacionalidad, hay quién compara a Goodnight Mommy con Funny Games. Nada más lejos de la realidad. Mientras en  el film de Haneke se jugaba con la metaviolencia cinematográfica para condenarla  y se la regalaba algún fuera de campo que conseguía crispar todavía más y ampificar su efecto, aquí estamos ante su reverso: cero tensión más allá de lo que pueda revolver el estomago de cada uno que lo ve pero sobre todo cero intencionalidad subtextual. Estamos pues en el universo de lo explícito porque sí, porque en realidad no hay nada más que contar en este producto. Goodnight Mommy es, por así decirlo una película enteramente populista, que busca aplausos de muchos y enfadar a otros tantos.

Goodnight mommy 3

Podríamos considerar esto incluso bueno en virtud del debate que se genera al respecto, pero ni eso.  En realidad no hay tal debate sino reacciones viscerales de unos y otros. Al final lo que queda no es ningún poso cinematográfico sino simple propaganda y su contra. Entiéndase bien, el problema no es la violencia, ni la sangre, ni la cantidad que haya de ambas cosas. El problema de Goodnight Mommy (y de muchas otras, no nos engañemos) es su uso torticero, vacio y ajeno a toda dedicación exclusivamente cinematográfica. ¿Estamos ante una mala película? Probablemente no, básicamente porque como tal no existe, siendo sustituida en su  lugar por meros fotogramas de agitación, de masturbación autoral, de genuflexión ante la dictadura del aplauso festivalero.

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