En otro país: Something Must Break

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Something must break

“You are so beautiful that I want to vomit” le dice Andreas a Sebastian en una de las líneas del diálogo de Something Must Break. Esta declaración de amor es también una conclusión, una sinopsis o una razón por la que se puede aducir que esta película consigue una atmósfera que viaja mucho más allá de sus escasos 80 minutos.

En ese tiempo, Ester Martin Bergsmark muestra una porción de la vida de Sebastian/Ellie, un personaje al que parecemos conocer antes de entrar en la película. Su construcción tiene tantos matices como sólida es su base: Sebastian no encuentra paz en su alrededor y, aunque sus actos evocan una lucha eterna, su rostro refleja la paz de quien se ha encontrado en una pluralidad de identidades entre las que no quiere escoger.

No está de más incidir en ello cuando uno se fija en todos los premios que atesora la cinta, aplaudida en los circuitos queer del año, lo que en cierto modo prepara al espectador para una historia donde el sexo y las relaciones humanas guían la necesidad de uno o más personajes de explicarse y/o conocerse. Eso es lo que se espera en el mejor de los casos. Y pese a que Something Must Break es todo eso, es también una grata sorpresa, uno de los mejores títulos suecos del 2014 que, pese a la buena acogida, sigue sin salir de esos circuitos para su distribución.

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En el documental previo a esta película, Ester Martin Bergsmark ya avanzaba de un modo muy claro y muy contundente la trama de la que sería su primera ficción. “La primera vez que vi a Eli, tenía 17 años. Era alguien que se atrevía a ser más que un chico o una chica”, decía la propia directora en este relato extremadamente personal sobre la escritora Eli Levén.

Lo que hace Ester Martin Bergsmark en Something Must Break no es en realidad muy novedoso si uno ha visto She Male Snails, este documental de 2012 con el que obtuvo menciones y premios en muchos de los mismos lugares donde se ha consagrado su nuevo trabajo. Su intención sigue buscando superar las barreras de la dualidad, las limitaciones del yin y el yan y la mentira de lo supuestamente infinito del binomio masculino-femenino.

Sin embargo, es admirable comprobar cómo la ficción que añade a la historia de Eli Levén da como resultado una fábula naif y con algo de magia sobre encontrar el amor más allá de todo y de todos, a través de unos personajes de esos que te quitan de la muerte con un beso, o que acceden a ser ogros verdes para estar contigo. Es decir, hay un tratamiento ciertamente infantil que mezcla lo crudo, dulce, imposible y agresivo a la vez. Es la ficción, vestida en forma de casualidad, la que coloca un lago en medio de ese bosque desierto, o una cama en un piso destartalado, o un postre cuando se busca algo dulce, o a Andreas, cuando un ser como Sebastian posee sus ganas y su capacidad de amar.

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Esta pequeña fantasía se presenta de un modo naturalizado en un mundo generalmente feo, en el mundo de los márgenes. Esta película sucede en el metro, en las afueras, en parques desiertos y bosques inhóspitos. Nadie parece querer habitar estos espacios estando Estocolmo tan cerca, sólo los vicios o la perversión parecen compartir terreno con el espacio de Sebastian. Y es esta mezcla entre lo público y lo privado –entre la historia y la ficción– lo que dota a Something Must Break de un tono agridulce, aunque la firmeza y sensualidad con la que han construido el guion Martin Bergsmark y Levén es de una delicadeza subterránea que sabe tanto a esperanza como a sueño profundo, y que lleva de la mano una acorde apuesta estilística.

Con un guion dinámico, un lirismo medido y los personajes justos, la película se beneficia en gran medida del rostro de Saga Becker, honesto en todo momento. También en su química con Iggy Malmborg, cuya ternura conecta a la perfección con la de su partenaire, y aunque breve, ambxs consiguen llegar a detonar una tensión muy poco explotada, puesto que es Ellie como mecanismo el sujeto de esta película. Las opciones que abre Andreas en la vida de Sebastian/Ellie son sólo un reflejo más de los matices de una película-personaje en la que es posible que ni se ría ni se llore, pero que se experimente una sensación extraña, del mismo tono y textura que la atmósfera que recorre el metraje. Esta sensación conecta con este título también extraño que apela a que algo debe romperse. Recurriendo a conceptos ya mencionados, de un modo honesto, directo y crudo, el título contiene lo trágico: el equilibrio no es posible, algo debe romperse.

Y, con todo, hay algo tan bello en Something Must Break que de veras invita a vomitar.

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