Críticas: Filth, el sucio

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The Pursuit

Adaptación de la novela de Irvine Welsh, Filth centra su domesticada mirada en un policía convertido en desecho humano interpretado por un fantástico James McAvoy.

En un insólito debate en torno a la baja puntuación con la que, en un conocido portal web, califiqué Burying the Ex, la película de Joe Dante encargada de finiquitar la última edición del Festival de Sitges, surgió una frase que, a decir verdad, ni es nueva ni le faltaba parte de razón: “una película es lo que es, no lo que se espera de ella”. Como los flashes subrayantes de una mala película empezaron a aparecer nombres de películas echadas a perder, en parte, por una desastrosa campaña de marketing. Autores sobre los que una errónea estrategia comercial ha parecido cebarse especialmente.

Lo que esperamos de una película puede alimentarse a partir de cómo nos la venden (algo siempre peligroso, por otra parte) pero existen también otros motivos. Algunos tan pragmáticos y concretos como su propia premisa, otros tan etéreos y arraigados a una fe casi espiritual como un simple nombre. No un nombre cualquiera, claro, sino uno con el que hemos recorrido parte del infinito camino hacia nuestra identidad cinéfila. Burying the Ex cumple ambos condicionantes (premisa prometedora y nombre canónico dentro de los márgenes del fantástico), pero ninguno puede evitar que al final uno acabe pensando que Dante ha hecho cosas mucho más divertidas, gamberras y formalmente más estimulantes que el decepcionante, desganado e inocente cóctel de referencias de sobremesa en el que se ha convertido su última película. Y en eso poco tiene que ver que el enfoque naïf del director eche por tierra una premisa que prometía jugosas dosis de mala leche.

The Pursuit

Pero ¿qué tendrá que ver la película de Joe Dante con Filth, el segundo largometraje de Jon S. Baird que en principio ya debería estar reseñando? Nada, en realidad. Sin embargo, cuando vuelven a encenderse las luces de la sala, aquella misma frase sobre las expectativas regresa de forma extraña, en plena lucha por ordenar los amargos pensamientos y sensaciones dejadas por la película de Baird. Otra vez las dichosas expectativas. Pero eso es, precisamente, a lo que parece querer jugar una película como Filth. A traicionar esas mismas expectativas, a aparentar algo que no es, disfrazarse y despistar a un espectador que espera encontrarse algo a medio camino entre la brutal sequedad expositiva del Teniente Corrupto de Abel Ferrara y el delirio surrealista del de Werner Herzog. La realidad es que Filth no termina siendo ni una cosa ni la otra. Tampoco lo pretende, pese a retratar a encarnaciones de lo políticamente incorrecto, personajes del lado de la ley única y exclusivamente para corromperla, plenamente inmersos en un abismo existencial. Si en la película de Ferrara y Herzog, la amoralidad del antihéroe parecía rehuir cualquier tipo de excusa dramática, el traumático pasado del corrupto detective Bruce Robertson -que, en la película de Baird, encarna un desquiciado y brillante James McAvoy-, se erige aquí en el centro del huracán. La justificación narrativa a los excesos del policía, anula así una incomodidad que nunca llega a manifestarse con la virulencia de las dos Teniente Corrupto.

Filth 3

Sin embargo, cada una a su manera, el punto de vista acaba condicionando sus propios dispositivos formales. En todas, la droga y sus efectos sobre el cuerpo y la mente como ente destructor es el vórtice a partir del cual lo grotesco, lo surrealista y lo onírico pueden penetrar para fracturar el universo de lo “real”. En el caso de Filth, una película que este año se ha paseado por la programación de un Festival de Sitges dominado por el mundo de los sueños, la dimensión onírica viene constantemente remarcada a partir de su difusa textura visual. No existe aquella separación que en el Teniente Corrupto de Herzog, a partir de lo formal, se manifestaba cuando el punto de vista se posaba sobre un caimán, una iguana o se materializaba en imágenes el baile alocado de una alma reticente a dejar su cuerpo.

Porque más que los arrebatos abiertamente oníricos que puntean el relato, al final, el espejo como desdoblador de la identidad y la propia textura de sus imágenes vuelven a ser la clave para desarmar el twist final de un tinglado fílmico demasiado controlado e inofensivo cuando pretende desmadrarse y poco convincente cuando se pone sorprendentemente dramático. Al fin y al cabo no se trata de expectativas incumplidas sino de una película que pudo haber sido y, finalmente, no es.

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