Críticas: El juez

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JUDGE, THE

Tony Stark vuelve a su pueblo.

Hank es un abogado de éxito gracias a sus artes para defender, y salvar de la cárcel, a culpables de delitos en las altas esferas (financieros, para que nos entendamos). En pleno juicio recibe la mala noticia del fallecimiento de su madre y acude a su pueblo natal para el entierro a sabiendas de que tendrá que encontrarse con su padre, el juez del pueblo, con el que hace años que no tiene relación. Los recuerdos de juventud y el reencuentro con su ex novia y sus hermanos, no evitarán que las peleas con su padre se vuelvan cada vez más intensas hasta que éste último sea acusado de asesinato y Hank decida representarle a pesar de la férrea oposición de su progenitor.

Esta es a grandes rasgos la sinopsis de El Juez, una película que combina el drama familiar americano más desatado y el cine judicial, dos de los géneros con mayor atractivo para el público desde que el cine es cine pero que en malas manos son carne de telefilm de sobremesa, entretenido eso sí.

Las malas manos en las que ha caído la historia que nos ocupa son las de David Dobkin, un director habituado a la comedia gruesa de títulos tan sugerentes como Los rebeldes de Shanghai o Fred Claus, el hermano gamberro de Santa Claus, que se estrena en el drama con El Juez tomando prestados todos los tópicos inherentes a los dos géneros antes mencionados, y llevando a actores de renombre a reinterpretar actuaciones ya realizadas en anteriores trabajos convirtiéndoles prácticamente en parodias de sí mismos. Mientras Robert Downey Jr recupera la actitud chulesca que tan bien le funciona en cosas como Iron man o Sherlock Holmes y que le confiere el carisma que todos sabemos que posee, pero que aquí juega muy en su contra cuando no se trata de escenas medianamente cómicas, el gran Robert Duvall vuelve a interpretar a un anciano enfermo y cascarrabias que en el fondo, y como no podía ser de otra manera, es la pura imagen de la integridad. De un reparto numeroso con el que introduce historias paralelas a la principal, únicamente los personajes de Downey y Duvall están medianamente construidos, relegando al resto a meras comparsas sin desarrollo ni personalidad. Así, intérpretes como Vera Farmiga, Vincent D’Onofrio o Billy Bob Thornton, que parece recién sacado de su personaje de la serie Fargo pasado por una cura de desintoxicación de la ira, se limitan a pasar por la película pretendiendo ser parte importante de una historia que no tiene nada que ver con ellos.

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El regreso del hijo pródigo a su pueblo natal con las consabidas cuentas pendientes amorosas y familiares, da pie a numerosas subtramas que poco o nada aportan al desarrollo de la historia, amén de inclusiones de películas familiares en Super 8 para subrayar que lo que verdaderamente le importa resaltar a Dobkin es el deseo de los protagonistas de recuperar la familia feliz que en ellas aparece. Lógicamente, necesita de un conflicto aparentemente insondable para que las peliculitas de marras calen hondo y consigan lo que parecía imposible, que en este caso es la superación de las diferencias entre padre e hijo. El mayor foco de interés se encuentra en los duelos dialécticos entre Robert Duvall y Robert Downey Jr, que sin embargo no dejan de ser un compendio de clichés sobre las relaciones paterno-filiales demasiados vistos en el cine norteamericano. Reproches mutuos del tipo “no viniste nunca a visitarnos” o “nunca te sentiste orgulloso de mí”, no hacen más que retrotraernos a infinidad de telefilms en los que descubrimos que una persona de éxito no tiene corazón debido a que su padre no iba a verle jugar al béisbol. Pero es curioso que cuando la tensión se rebaja entre los dos y se producen acercamientos que podrían derivar en escenas con exceso de sensiblería, es cuando ambos dejan atrás el histrionismo del que hacen gala durante toda la película y sus personajes alcanzan la credibilidad esperada. Lo más destacable es precisamente cierta escena mano a mano entre padre e hijo en un cuarto de baño, que combina la dureza de lo que se muestra y la ternura sincera que se desprende entre ellos.

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Aunque en realidad hay varios giros de guión, bien para provocar la risa o bien para provocar el llanto, que distraen sin sentido de la trama principal, para darle más empaque a la cosa aparece un elemento inesperado que introduce el desarrollo judicial de un caso de asesinato al más puro estilo telefílmico. Pocas veces se han visto en un juicio televisivo o cinematográfico tantos travellings que comienzan desde un punto ciego de la sala y se van acercando al testigo que toca en ese momento. Cada testimonio está rodado prácticamente de la misma manera, de modo que, a poco que se hayan visto varias películas de juicios, uno es perfectamente consciente de las reacciones y de los pasos que van a seguir a cada uno de ellos sin llevarse las sorpresas que, sí, los asistentes a dicho juicio sí se llevan y demuestran con sus “oooooh” con cada nueva revelación. Lo que en manos de otro director menos preocupado por dar lucimiento a sus estrellas y más centrado en construir una historia interesante, y sobre todo coherente, hubiera dado como resultado un estupendo drama con todos los elementos con los que contaba, en las (malas) manos de Dobkin, El juez se convierte en una sucesión de tópicos durante casi 2 horas y media que ni divierten, ni sorprenden, ni mucho menos emocionan cuando se trataba de conseguir todo eso.

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