Críticas: La isla mínima

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Misterios en las Marismas.

A Alberto Rodríguez se le da bien el thriller policiaco. Después de varias incursiones en el drama y en la comedia con un éxito y, por qué no decirlo, una calidad relativamente tibia, Rodríguez se embarcó hace dos años en un proyecto con el que rescataba unos hechos en una época en un lugar concreto de España (los años inmediatamente anteriores a la Expo 92 de Sevilla), para crear un thriller que se metía en los entresijos de un cuerpo policial antidroga. Grupo 7 sirvió no sólo para descubrir en Alberto Rodríguez el talento para filmar escenas de acción de una manera elegante y efectiva, sino también para sacar de los actores lo mejor de sí. Rodríguez vuelve ahora con otro thriller en La isla mínima, en el que simula pasar de soslayo por los conflictos internos de las fuerzas de seguridad, desviando la atención hacia una trama más propia de las series procedimentales, pero mezclándolo todo de tal manera que consigue una película en la que la investigación es sólo la excusa para hablarnos de una época mucho más oscura de lo que se recuerda.

Pedro y Juan son dos detectives de homicidios que llegan a un pueblo perdido entre las marismas del Guadalquivir para investigar la desaparición de dos adolescentes. Los dos son destinados allí como una especie de castigo por sus acciones, demasiado progres en el caso de Pedro, demasiado represoras en el caso de Juan, ambas sin cabida en una España en plena ebullición de crisis política y económica inmediatamente previa al golpe de Estado del 23-F. Una vez en el pueblo, juntos y con investigaciones paralelas, se adentrarán en un mundo repleto de intrigas por varios frentes de las que los propios habitantes del pueblo son víctimas y cómplices a la vez.

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Alejándose muy inteligentemente de giros argumentales sorprendentes, de ramificaciones de trama principal que no lleven a ningún lado y de tirar por el camino de la buddy movie radicalizando la antagonía de sus protagonistas, La isla mínima bebe evidentemente de los policiacos más opresivos del cine norteamericano (ya Alberto Rodríguez cita como referentes a Conspiración de silencio o Seven entre otras). Pero también recoge la tradición de historias tan españolas como El crimen de Cuenca e incluso el repliegue de un pueblo contra lo foráneo como Fuenteovejuna, teniendo además un argumento que recuerda a veces en sus detalles de una manera demasiado cruda a casos reales ocurridos en nuestro país. Y es que nunca haríamos eso tan supuestamente adulador pero que en el fondo está cargado de humillación hacia el cine de nuestro país que es decir que La isla mínima no parece española. Señores, La isla mínima es España, la España rural profunda y olvidada de aquellos que se quedaron en sus casas cuando el “progreso” hizo su presencia en el campo. Una España de la que mujeres muy jóvenes ansiaban sin éxito escapar y terminaban envejeciendo mucho antes de tiempo. La España que sólo importa cuando una de sus muchas tragedias sale a la luz para alimentar a quienes se nutren de la carroña ajena. Las dos Españas que no han dejado de existir a pesar de esa tan aclamada transición y que a día de hoy no sólo no han acercado posturas sino que las alejan cada vez más.

Lo que diferencia a La isla mínima de otros intentos de aproximarse a un género que por desgracia tiene muy pocos exponentes en el cine español, en comparación con la comedia o el drama, es simple y llanamente un magnífico trabajo en el que todos sus aspectos destacan por separado y juntos no hacen más que fortalecerlo. La impecable fotografía de Álex Catalán, el uso casi solapado de la inquietante banda sonora de Julio de la Rosa, un guión escrito a cuatro manos entre el director y Rafael Cobos que no da tregua, no introduce subtramas innecesarias ni deja en el aire cuestiones importantes más allá de las necesarias, un elenco que merece mención aparte, y por supuesto una dirección que aúna todo esto y lo ejecuta con la pulcritud que en determinados momentos se echaba en falta en Grupo 7. Partiendo de un absoluto dominio de la puesta en escena y la recreación cultural y estética de 1980, Rodríguez es capaz tanto de introducirnos en la atmósfera opresiva y asfixiante que resulta de la combinación de una época que todavía no se había desprendido de su pasado dictatorial pero que de puertas afuera promulgaba ser una democracia, con el microcosmos geográfico-social de las Marismas y el miedo ante un posible asesino en serie, como de rodar con precisión las escenas de acción como ya lo hiciera en su anterior film. Incluso nos regala unos planos aéreos cenitales fijos a modo de transiciones metafóricas entre ¿capítulos?, mostrando la inmensidad laberíntica de las Marismas con una paz que contrasta con la agitación que se vive desde abajo.

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Pero como decía antes, Rodríguez es también un magnífico director de actores que sabe captar el miedo, la angustia y hasta la resignación en un reparto que, si ya por sí solo tiene peso suficiente en el cine español, aquí demuestran todo su talento en unos cambios de registro en los que no desentonan a tenor de sus interpretaciones. Tanto Raúl Arévalo como Javier Gutiérrez, protagonistas absolutos, se mueven con soltura en las escenas de acción y se complementan a la perfección aun siendo a priori dos personajes tan opuestos. El hecho de que la personalidad y el sufrimiento de todos los personajes, protagonistas y secundarios, se interprete desde una introspección capaz de expresarse con la mirada, hace que la película no derive ni en un melodrama ni en una lucha de egos entre ambos policías o, peor aún, en situaciones cómicas por sus diferencias. No. Todo está milimétricamente estudiado y concebido para que La isla mínima sea exactamente lo que tiene que ser: un gran thriller que en su superficie se desarrolla de manera impecable, aun dejando un final abierto a especulaciones, pero bajo la cual se aprecia esa España todavía ahogada en un fango del que le cuesta salir.

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