Críticas: El veredicto

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El límite entre víctimas y verdugos.

¿Cree usted en el sistema judicial? Si hoy en día hiciésemos un sondeo preguntando esto a los ciudadanos de a pie, no hay que ser una lumbreras para prever que una gran parte contestaría que no. De hecho, se puede decir que este debate está bastante de moda. A diario se puede ver, escuchar o leer en los medios de comunicación la palabra crisis, no sólo refiriéndose a la economía sino también a las instituciones. Falta de confianza, crisis del sistema, malestar social…etc. son términos con los que estamos absolutamente familiarizados, no se sabe si concienciados.

El director belga Jan Verheyen aborda en El veredicto las deficiencias del sistema judicial a través del caso de Luc Segers, un hombre, que en un punto de la película es denominado como “el cemento de la sociedad”. Un ingeniero con un buen trabajo, una buena familia, una buena reputación, un buen coche y un buen traje, entendiendo la palabra “bueno” dentro de los cánones establecidos aquí y ahora.

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Así se presenta a Luc Segers para acto seguido ver como en una violenta secuencia llena de tensión todo se va al garete. Debido a un ataque perpetrado por un tío con cara de malo y chupa de cuero el “cemento de la sociedad” se queda sin mujer e hija. Segers pasa unos días en coma y al despertarse se topa con la noticia. Identifica al malo y éste entra en prisión. Pero debido a un error procesal, causado por la dejadez del fiscal, el sistema no tiene más remedio que poner en libertad al asesino. El padre de familia (ya sin ella), interpretado por un creíble Koen de Bouw, cuya cara es el espejo del alma,  se ve invadido por la sed de venganza y tomará la justicia por su mano matando al malo de la chupa de cuero.

Ahora pues, se han girado las tornas. Quien era la víctima tiene por delante un juicio donde deberá de convencer a un jurado popular de su inocencia, a pesar de que ha admitido haber cometido el crimen. Esta parte de El veredicto nos muestra el juicio como un partido u espectáculo teatral. Si bien puede recordar en algunos aspectos a la película de Sidney Lumet 12 hombres sin piedad (ambas ponen en jaque el sistema judicial y narran el proceso de convencer a un jurado de tomar una decisión u otra), aquí el “juego” es más simple. En el juicio/espectáculo, que bascula entre lo racional y lo emocional, se intuye el posicionamiento juez/cineasta.

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Esto es más descarado, por ejemplo, en la secuencia en la que finalmente el jurado va a dar su veredicto. El montaje, con la utilización de la música, los ralentizados, los planos de Segel, las reacciones del público…etc. son elementos demasiado encaminados a crear un sentimiento concreto, a tomar partido basándose en lo emocional.

Tampoco faltan las maniobras, trapicheos varios y estrategias entre el ministro de justicia y el fiscal, férreos defensores del sistema judicial como parapeto ante el caos.  Los medios de comunicación y la “manipulable” opinión pública son otra pata de la mesa. Temas estos que también nos pueden sonar.

El veredicto crea una reflexión interesante, pone de relieve lo injusto del sistema judicial y las grietas de estas sociedades llamadas “democráticas”. Aún así, el tratamiento que se le da al caso es algo maniqueísta, se ponen unas piedritas a un lado de la balanza, empobreciendo el fondo de la cuestión, ¿es lícito el ojo por ojo?

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