Críticas: Mil veces buenas noches

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Mil veces buenas noches

Binoche se va a la guerra.

En el año 2000, Juliette Binoche interpretaba a una actriz que reclamaba mayor atención de su pareja, un fotógrafo de guerra, en la película de Michael Haneke Código desconocido. Para la última cinta del director noruego Erik Poppe, Binoche invierte su papel y se convierte ella misma en reportera de conflictos armados, más preocupada por conseguir “la foto” que por su propia seguridad y por las consecuencias que ello implica en su familia. Con un prólogo soberbio en el que, sin apenas palabras, asistimos a la realización del reportaje fotográfico que el personaje de la francesa, Rebecca, lleva a cabo en Kabul y que deriva en un ataque terrorista en el cual sale herida, se abre Mil veces buenas noches prometiendo una historia a la altura del mismo. Pero esa sensación acaba cuando esa secuencia brutal da paso a un drama familiar sobre la culpabilidad y el egoísmo, que no consigue la tensión ni la credibilidad que se palpa en aquella, salpicado por las fantásticas fotografías que saca la protagonista.

Fotografías nítidas y limpias, demasiado limpias y demasiado bien encuadradas para instantáneas que se supone han sido tomadas desde un mísero escondite, a terroristas que no dudarían en apretar el gatillo si la vieran hacerlo. Es precisamente esta pulcritud en las imágenes, tanto de lo que recogen las cámaras de Rebecca como las que retratan su vida privada, la que resta realismo a todo lo que se cuenta en Mil veces buenas noches. La estética onírica y bucólica con la que dibuja el drama familiar que vive la protagonista, fruto suponemos del pasado publicitario y videoclipero del director, hace muy difícil que el espectador pueda identificarse con el mismo de igual modo que las espectaculares fotografías que toma de los conflictos inevitablemente nos hacen ver el horror como si de meras postales con modelos posando con armas se tratara. La película pues entra en contradicción consigo misma en este sentido, ofreciendo un estilo depurado y obviamente planificado al máximo con el que plasma una belleza incompatible con la realidad trágica que está mostrando.

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Tampoco explota Poppe la lucha interna de Rebecca a la hora de resolver su escala de prioridades, sino que se centra más en buscar la lágrima fácil a través del sufrimiento de esa familia perfecta que tiene y a la que ignora la protagonista. Escenas familiares idílicas como aquella en la que juntos lanzan farolillos en la playa, y que parece sacada de Lo imposible, junto a una banda sonora melancólica e incesante, no hacen más que recrearse impúdicamente en el melodrama a costa de lograr el realismo que pretende. Un film tan abierto a crear un debate sobre la ética de captar la crueldad de la guerra para alimentar el morbo y la carroña informativa en lugar de hacerlo para remover conciencias, tan de actualidad en estos días con el conflicto de Gaza, y por otra parte a un nivel más psicológico sobre la adicción al peligro que supone un trabajo como el de reportero de guerra, incompatible con una vida familiar rutinaria, se ve mermado precisamente por otro tipo de morbo emocional por el que opta el director.

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Esa denominación tan utilizada, el drama intimista, para contar una sucesión de conflictos internos contra los que los protagonistas tienen que lidiar, tiene en Mil veces buenas noches el mejor ejemplo de cómo algunos cineastas se empeñan en revestir ese drama de un excesivo lirismo para darle, quizás, más empaque desgarrador a las emociones. Si hace unos días hablábamos de la expresividad que surge de la contención bien interpretada a base de miradas de los protagonistas de una película tan pequeña como El árbol magnético, en la película de Poppe la misma contención que Juliette Binoche imprime a su personaje para interiorizar sus dudas y su sufrimiento, consigue el efecto contrario al verse arropada con demasiada brusquedad por una música y unos planos contemplativos insertados únicamente para enfatizar esos sentimientos. Y es que es la propia Juliette Binoche la que, junto a la secuencia inicial de la que ya hemos hablado, salva ella sola la película con su sobria interpretación de una mujer que se siente culpable por todo lo que acontece en su vida. Ni siquiera tiene una química especial con su compañero de reparto Nikolaj Coster-Waldau, con quien por cierto volverá a coincidir en la próxima película de Isabel Coixet, que cuando no está matando reyes suele ejercer de marido ideal tal como lo hiciera también en Mamá.

Puede que un poco de ese realismo incómodo y perturbador con el que Haneke deconstruye a la familia burguesa en sus películas, le hubiera venido mejor a la historia por la que Poppe se decanta en Mil veces buenas noches en detrimento de otras que sólo se muestran superficialmente y con las que podría haber creado una obra más interesante. En lugar de ello, realiza un paseo turístico por Irlanda, Afganistán y Kenia presentando un melodrama cuyo bosque bello y luminoso impide ver los árboles marchitos que se esconden dentro de él.

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