Críticas: En un patio de París

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En un patio de París

“Las mentiras de los que nos quieren son las declaraciones de amor más bellas”.

El francés Pierre Salvadori lleva dos décadas cultivando una carrera centrada en la comedia, con varios títulos muy populares en su país como Los aprendices o Usted primero. Por primera vez, el director de En un patio de París afronta una historia sombría. La escena inicial muestra en pleno camerino a Antoine, un músico de mediana edad al que aguarda un público entusiasta. Sin embargo, harto de su vida, decide cruzar el escenario con una maleta a cuestas y el evidente estupor de la multitud. Esta secuencia parece definir lo que será una huida a ninguna parte, y poco después sabemos que es también adicto a la heroína. El patio del título y la extraña relación de amistad con Mathilde, interpretada por Catherine Deneuve, le otorgan una oportunidad de integrarse en una realidad que suponemos totalmente nueva para alguien acostumbrado a los agobios que ya vimos en el acertado prólogo.

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El protagonista tiene los rasgos bonachones y desastrados de Gustave de Kervern, más conocido por sus delirantes títulos como codirector junto a Benoît Delépine. Quizá el inicio de la película de Salvadori necesitaba de la apuesta por un humor más extremo, cercano al del tándem, sobre todo cuando inicia la descripción de los marcianos habitantes del inmueble en el que se ofrece a Antoine la oportunidad de empezar desde cero. El personaje de Catherine Deneuve, con una vida entregada a los demás, no es tampoco el mejor definido. La presentación de todos los secundarios es caótica, y apenas deja margen para que nos introduzcamos en el microcosmos que propone.

La incipiente grieta que descubre Mathilde en el edificio funciona, a partir de entonces, como elemental metáfora de unos personajes resquebrajados por la vida; que necesitan de algo más que una simple capa de pintura para poder salir a flote. La convivencia en comunidad se convierte en la base de una película irregular, cuyos mejores momentos se producen a través del extraño entendimiento de los vecinos con un personaje que termina por ser cercano a ellos desde su irremediable lejanía. Sin embargo, la esencia que parece insuflar vida al desangelado conjunto acaba procediendo de referencias externas, como el poema sobre el desarraigo emocional que lee Antoine en un momento determinado. Las canciones de The Cramps y The Magnetic Fields no aportan demasiado, pero tampoco se produce el temido abuso del material a falta de mejores recursos para conmover.

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Quizá en parte por el hecho de que Salvadori sea un habitual director de comedias románticas, En un patio de París está lastrada por una marcada indefinición, que la sitúa a caballo entre la insípida amabilidad y el crudo drama humano. Cuando se decide definitivamente por esto último, ya es demasiado tarde y lo hace sin muchos atisbos de sutileza, de forma apresurada. Con todo, la película gana enteros en su agridulce desenlace al dejar claro el discurso que la evidente metáfora ya había apuntado: las personas podemos estar edificadas sobre un terreno defectuoso, pero la bondad y la comprensión son capaces de hacer que la construcción se mantenga en pie, al menos, durante un tiempo. Es una lástima que el elogio de la solidaridad y la vida comunal que ofrece tenga un fondo tan insulso como insuficiente para salvar una propuesta aceptable que requería, valga el mismo recurso que utiliza, de una mayor solidez en sus cimientos.

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