Críticas: Omar

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Omar - Cinema ad hoc

Amor y lucha en Palestina.

El nombre del holandés de origen palestino Hany Abu-Assad sonó con fuerza en 2005 gracias al impacto de Paradise Now, coproducción entre varios países que acabó por ser una de las películas revelación de aquella temporada. En ella intentó capturar la visión de un kamikaze a punto de inmolarse. Tan espinosa temática pudo ser una de las claves, junto a su indudable valía cinematográfica, para entender el extenso recorrido internacional del que gozó. De la cinematografía palestina, hasta entonces, habían trascendido poco más que los trabajos de Elia Suleiman y Michel Khleifi, lo que hacía esperar con mayor ansia si cabe la continuación de su prometedora carrera. Pero han tenido que pasar ocho años, y un impersonal encargo en Estados Unidos entre medias, para que Abu-Assad se fije de nuevo en la situación de su pueblo.

Habiendo abandonado ya el régimen de coproducción con países europeos, Omar vuelve a situarse en unas coordenadas parecidas a las de Paradise Now, sirviéndose de un estilo visceral que no descuida la sensibilidad en el tratamiento de unos seres atrapados en un entorno hostil. La primera secuencia deja claras sus intenciones: el Omar del título, observado en un bello plano que refleja una situación casi kafkiana, se ve obligado a trepar el muro que le separa de Israel con una cuerda para visitar a Nadia, su amada. Lo cercano, por imposición, se ha convertido en un obstáculo a sortear. Una vez allí, la situación es aparentemente normal y las charlas triviales, pero la anomalía que les rodea ha quedado reflejada en la sangre que manchó sus manos por la fricción.

Omar (2) - Cinema ad hoc

Omar trabaja como panadero y se encuentra ilusionado con una relación en la que ve el futuro que se le niega. Según vamos descubriendo más de él, y del resto de los personajes, la tensión crece. La descripción de situaciones cotidianas, así como del incipiente amor, se ve interrumpida de repente por la violencia. Una violencia seca, descarnada, cuyas consecuencias el director no duda en mostrarnos en toda su crudeza. Poco a poco, pasará a ser la cotidianidad antes descrita la que tenga que abrirse hueco entre la hostilidad reinante: Omar tiene que encontrarse con Nadia prácticamente a escondidas, y comienzan a destaparse matices hasta entonces ocultos. A medida que las situaciones van minando la vitalidad del protagonista, Abu-Assad vira su propuesta hacia lo que por momentos llega a ser prácticamente un thriller de acción, con unas contadas persecuciones tan trepidantes y bien filmadas que ya las querrían para sí muchos otros que pretenden lucir la espectacularidad por bandera.

La presión estructural que asedia a los protagonistas saca a la superficie con fuerza en el tramo final sus ambigüedades y dudas. Abu-Assad las contempla con una cálida cautela, similar a la que transmite el anciano que anima a Omar a trepar la cuerda del muro cuando sus fuerzas físicas y emocionales ya flaquean. El ambiente que contemplamos en el arranque se ha roto, y cualquier esperanza se ha visto sepultada por una losa cuyo peso tal vez ignorásemos por la distancia adoptada, pero que siempre estuvo presente. Los primeros planos de los rostros de los amantes, notablemente interpretados, reflejan entonces la repercusión de las circunstancias en su idilio. Algunas secuencias resultan escalofriantes, precisamente, por insistir en esa irrupción de la violencia en la vida cotidiana que es el gran motor de la película.

Omar (3) - Cinema ad hoc

Quizá el cuerpo narrativo de Omar se halle un palmo por debajo de muchas de las situaciones y personajes que, otorgando entidad a individuos que intentan sobreponer la fuerza de sus sentimientos al fatídico rumbo al que les guía un entorno adverso, muestra la propuesta de Abu-Assad. Su esqueleto, plagado de giros, resta algo de empaque a un conjunto que, sin llegar a ser soberbio, sí nos deja con la inequívoca sensación de haber contemplado un trabajo sin apenas fisuras. El resultado es la obra de un cineasta que consigue revelarse, sin tener que recurrir al uso de maniqueísmos ni simplezas, como voz de un pueblo oprimido y no por ello carente de contradicciones.

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