Críticas: Las vidas de Grace

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Las vidas de Grace

Conflictos adolescentes.

Hace dos años, el director Destin Cretton realizaba su primer largometraje contando la historia de un depresivo cantante de la escena indie de San Diego hastiado de la fama y del mundillo superficial que rodea a los artistas, cual Kurt Cobain del siglo XXI, haciendo hincapié en unas difíciles relaciones familiares que le atormentaban. I am not a hipster, la cinta en cuestión, se presentó en el festival de Sundance en el que unos años antes Cretton se había alzado con el premio a mejor cortometraje por una pieza con muchos puntos en común con la que sería su primera película aun aparentemente tan alejada de ella, y que le serviría sin embargo como fuente de inspiración para conseguir el éxito con la segunda. El corto Short Term 12 sigue a Denim, un cuidador de un centro de acogida para menores conflictivos en su día a día con ellos y en sus relaciones personales con otra de las voluntarias que allí trabaja, argumento que Cretton estira y desarrolla en la película que llega ahora a los cines españoles tras un año de cosecha de premios y paso por festivales como el de Valladolid o el de Locarno.

Las vidas de Grace, espantosa traducción del título original homónimo al del corto en el que se basa, vuelve al mismo escenario de aquel para contar las mismas historias, esta vez desde el punto de vista de una de las voluntarias. La Grace del título se inspira en la novia del protagonista del corto, pero es aquí quien lleva las riendas de una historia a través de la cual surgen diversas subtramas con los internos del centro de acogida número 12. En un espacio en el que conviven adolescentes con trastornos emocionales diversos o a quienes sus propios padres han convertido en traficantes de droga, Grace descubre que está embarazada casi al mismo tiempo que llega al centro una adolescente que le hace revivir tragedias de su propio pasado contra las que tendrá que luchar mientras trata de ayudar a estos jóvenes en riesgo de exclusión.

Las vidas de Grace 2

La película de Cretton se mueve de manera circular al igual que las vidas de sus protagonistas parecen girar como un pez mordiéndose la cola. Una anécdota que comienza de manera hilarante y acaba trágicamente abre el film mientras otra, en principio dramática y finalmente tierna, lo cierra. Entre ambas, el director nos habla de las consecuencias de las heridas infantiles y de la necesidad de ayudar a quienes sufren de la misma manera que se ha sufrido, pero también de la incapacidad para superar los propios traumas alojados en la memoria. Destin Cretton no sólo utiliza las historias que ya contara en el corto en Las vidas de Grace, algunas incluso con escenas literalmente calcadas a aquellas, también maneja recursos técnicos y argumentales empleados en éste y en su anterior película, quizá como probables e incipientes señas de identidad del director. A su empeño por mostrar los conflictos paterno-filiales y los fantasmas del pasado que atormentan a sus protagonistas, se les une una manera de narrarlos en la que la naturalidad y la opresión con la que su cámara se adentra en ellos a modo casi de documental, contrasta con los mensajes optimistas y de superación que lanza sin ningún pudor.

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Pero también, y a pesar de la sensación de realidad que trata de imprimir con esa forma de rodar y de que se agradezca que no caiga en el morbo al hablar de maltrato infantil, utiliza las emociones de manera algo efectista en algunos momentos y ofrece demasiadas explicaciones de los dramas personales de los protagonistas, cuando con las simples actitudes y miradas de éstos le basta para darlos a entender. Es además la capacidad de su protagonista Brie Larson y de alguno de los actores como Lakeith Lee Stanfield, quien repite un papel similar al que ya hiciera en el corto, para reflejar casi sin palabras las intensas emociones que sufren en su interior, una de las grandes bazas de la película que se resiente precisamente al no confiar el peso de la narración a sus actuaciones e introducir aclaraciones innecesarias. En cualquier caso, estamos ante un director capaz de llevar a la pantalla los dramas personales de sus personajes sin estridencias y sin caer en la pedantería supuestamente ingeniosa de la que hacen gala muchas de las películas independientes que se atreven a tocar temas tan controvertidos como estos. Las vidas de Grace no es perfecta en su desarrollo pero sí parte de un planteamiento coherente que la convierte en una película agradable a pesar de la dureza de lo que cuenta, y por encima de todo creíble, que ya es mucho.

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