En otro país: Blind Dates

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Blind dates

იხდისფენტეზი

Con Pagafantas (Borja Cobeaga, 2009) nos situábamos en el terreno de la comedia, ante un film que nos producía carcajadas no sólo en base a la desgracia ajena sino que, en mayor o menor medida, mostraba situaciones donde todos  nos podíamos sentir identificados. Sin embargo detrás de la risa se escondía algo terrible. La burla, la humillación la tortura. Elementos que estaban allí expuestos a la vista de todos precisamente para que pasaran de la forma más lateral posible.

Precisamente Blind Dates, proveniente de una filmografía tan exótica como desconocida como la georgiana, aborda el mismo tema, el pagafantismo, sin vericuetos ni desvíos argumentales piadosos. El film dirigido por Levan Koguashvili nos narra de frente y eufemismos el ir y venir de Sandro, un hombre soltero, viviendo en la periferia de la periferia de no precisamente una gran urbe. Encadenado a su familia, sin trabajo conocido y con escasas amistades, sobrevive en los límites del lumpen, no solo económico sino personal.

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En este periplo, observamos como Sandro se relaciona no con pocas mujeres, lo que podría conferirle un cierto aura de éxito. Nada más lejos de la realidad ya que, en el fondo estas relaciones le limitan a ser, como diría Jacques Brel, la sombra de la sombra de sus “conquistas”. Un simple muñeco, siempre a rebufo de los problemas sentimentales ajenos, siempre encajando los efectos colaterales de los mismos.

Un panorama este desolador, que se ajusta perfectamente a la puesta en escena. Mal clima, barrios ruïnosos, mafias por doquier y miseria latente se unen para dibujar un panorama gris, de tonos casi apocalípticos, donde, efectivamente, el triunfo del amor se antoja una quimera. Y he aquí donde el film, lejos de caer en el predecible tremendismo de la exhibición de la desgracia opta por dirigirse  por caminos más apacibles, más delicados.

El Sr. Koguashvili decide con buen criterio que lo contado ya es suficientemente dramático como para usar la cámara a modo de amplificador y por ello maneja el timing de la película moviéndola hacia terrenos íntimos, susurrantes. No se trata ni de victimizar ni hacer mártires sino de posicionarse a una cierta distancia del personaje, de mostrar la forteleza de su nobleza y como esta se convierte siempre en su punto débil. Amabilidad convertida en un boomerang que retorna en forma de puñal. Eso sí, no hay que confundir la distancia con la frialdad. Hay una clara empatía y calidez hacia las desventuras de Sandro, una comprensión rayando en el cariño que suelen producir los descarriados involuntarios.

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No hay pues, curiosamente, el nivel de ensañamiento que, entre risa y risa, mostraba el film de Cobeaga; lo que hay es una suerte de manual del buen estoico, del superviviente que interioriza y acepta su destino.No se trata de conformismo, ni de un determinismo inapelable. No, esta no es una película de dioses maldiciendo la suerte de un pobre mortal sino un simple retrato de un hombre machacado dulcemente hasta el cariño final del espectador. Precisamente por ello no resulta extraño, aunque sí algo paradójico, acabar esbozando una leve sonrisa ante las desgracias interminables  de Sandro, quizás el último Quijote del amor.

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