Críticas: El sueño de Ellis

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Amerika, Amerika.

La estatua de la libertad da la bienvenida a Ewa y a su hermana Magda, que llegan a la isla de Ellis en uno de tantos barcos provenientes de la vieja Europa, con la ilusión de comenzar una vida mejor en los Estados Unidos. El sueño americano se rompe incluso antes de poder pasar la aduana al quedar retenidas, Magda en cuarentena por estar aquejada de tuberculosis y Ewa a causa de un incidente ocurrido en el barco que la hace sospechosa de conducta lasciva, y por tanto inadecuada para poder optar a entrar en América. Ewa, joven, guapa, sola y absolutamente desamparada en la tierra de nadie que es Ellis, se convierte así en carne de proxenetas como Bruno en cuyas garras acaba cayendo para poder sobrevivir y rescatar a su hermana.

El sueño de Ellis destila clasicismo por todos sus frentes. James Gray retoma las historias de cine negro y lo hace abandonando la contemporaneidad de sus anteriores películas para refugiarse en un tiempo anterior en fondo y en forma. El director regresa al Nueva York de principios del siglo XX, en los que los tiempos convulsos de entreguerras, la inmigración masiva desde Europa y la ley seca dieron paso al desarrollo de actividades ilícitas, mafias y policías corruptos al servicio de éstas, con una historia de supervivencia femenina como las que retrataba Frank Borzage en los años 20, pero contada de la misma manera en que lo hicieran Sergio Leone y Francis Ford Coppola con Érase una vez en América y El Padrino II respectivamente. Con una dirección artística y una fotografía, la de Darius Khondji, que nada tiene que envidiar a la de Gordon Willis en la película de Coppola, Gray compone una historia tan densa como la atmósfera que la envuelve, en la que convergen cuestiones ya planteadas por el director en sus anteriores películas. La dicotomía entre el deber y el querer, entre lo correcto socialmente y la obligación moral, y la aceptación del sufrimiento como único camino hacia la felicidad y el perdón de los propios pecados son los motores que mueven a los protagonistas de El sueño de Ellis: Ewa, que pese a sus férreas convicciones religiosas acepta con resignación la vida como prostituta a la que es sometida por el convencimiento de que su sacrificio traerá consigo la liberación de su hermana, y Bruno, que se debate entre su más que fructífero negocio con las chicas a las que “acoge” y el nacimiento de unos sentimientos hacia Ewa con los que no contaba.

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Aun siendo tres en discordia, con Orlando, un Jeremy Renner que ejerce sin brillar especialmente como catalizador en su relación, El sueño de Ellis son Ewa y Bruno – Bruno y Ewa, dos almas perdidas que se necesitan mutuamente de manera muy distinta y a los que dan vida dos grandes de la interpretación actual también con desigual resultado. Marion Cotillard que, queriendo emular a las musas del sufrimiento y la fortaleza del cine mudo como Janet Gaynor, no termina nunca de emocionar con su dulce Ewa a la que interpreta con un halo de melancolía perenne con el que no deja entrever la evolución de su personaje, que la tiene sin duda. Cotillard, que suele hacer gala de una gran versatilidad, aquí desecha todo atisbo de expresión que no sea la de sufrimiento en beneficio de su gran talento para conseguir ocultar su acento francés y convertirlo en polaco con total naturalidad. Esa misma contención es la que también en pocas ocasiones abandona el actor fetiche de James Gray, Joaquin Phoenix, cayendo cuando lo hace en un ligero histrionismo que, lejos de molestar, sí consigue plasmar toda la complejidad que el personaje de Bruno posee.

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Pero más allá de de la espléndida realización y de las irregulares pero efectivas interpretaciones, El sueño de Ellis se enfrenta a un problema de fondo y es el de tener un guión que, si bien no busca la lágrima fácil recreándose en el melodrama, tampoco es capaz de llevar la historia hacia una intensidad que permita una total empatía con el espectador y por ende hacer de la película un clásico como a los que pretende homenajear. Todo resulta demasiado frío en una trama que parte de las emociones de cada uno de los protagonistas para actuar de la manera en la que lo hacen, y que sin embargo no consiguen calar. Y no es que la historia que se cuenta no tenga interés o que resulte aburrida, no lo es en absoluto, pero sí lo es el tono que utiliza para desarrollarla, confundiendo la sobriedad estética con la emocional. Una película que deslumbra por su virtuosismo técnico y visual con imágenes tan bellas como ese maravilloso doble plano final, pero que no conmueve como se presume que debería hacer.

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