Críticas: El hijo del otro

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El hijo del otro

“Tendré que cambiar la kipá por un cinturón de explosivos” (Joseph)

Imagina que te llamas Yacine Albezaaz, tienes 18 años y vas a estudiar Medicina en París. Vuelves a Palestina para celebrar tus buenas notas con tu familia y encuentras a tus padres algo raros. El porqué lo descubrirás en una discusión que ojalá nunca hubieras escuchado. Esos no son tus padres, y también acaban de enterarse.

Llega el momento de preguntarles por tus verdaderos progenitores, y la respuesta no se hace de rogar: Pues, verás… “Son judíos”. Tu identidad acaba de saltar por los aires al descubrir que te han traído al mundo los enemigos de tu pueblo. ¿Cómo te sientes? Es obvio que no muy bien… La cuestión es, ¿qué pensará Joseph, el niño que la comadrona debió entregar a tu madre en tu lugar?

Joseph, como Yacine, es El hijo del otro, el elegido por la francesa Lorraine Lévy para retratar su epopeya personal de una región en guerra eterna. Ellos son el futuro de un conflicto enquistado a orillas del Jordán, y el cine los somete a una prueba de tolerancia vital. Recién llegados a la madurez, de pronto tienen cuatro padres y dos religiones. Su identidad está destrozada, y deben reconstruirla con los retazos de sus creadores, esos enemigos históricos con los que se disputan el suelo desde el siglo XIX.

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El territorio tiene tal importancia en el conflicto palestino-israelí que es el germen de El hijo del otro. Si Orith Silberg -interpretada por una gran Emmanuelle Devos- no se hubiese puesto de parto en Haifa el día que un terrible atentado colapsó el hospital, la enfermera no habría confundido a su bebé con el de Leïla Al Bezaaz (Areen Omari). El mismo azar lleva a Joseph a descubrir su procedencia genética. Él solo quería seguir los pasos de su padre en el ejército, pero las pruebas no mienten: su sangre es de signo negativo, el opuesto a la de sus padres.

“Tendré que cambiar la kipá por un cinturón de explosivos”, dice Joseph, desesperado al descubrir en una entrevista con su rabino que hasta la fe lo abandona. Yacine, en cambio, llora la noticia sobre el regazo de su madre. La reacción no es la única diferencia entre ambos. El futuro médico no tiene una casa de dos plantas ni permiso para ir a la playa en Tel Aviv, pero sí comparte con él la necesidad de conocer a su familia. Por eso, como metáfora optimista de los pueblos, Lévy condena a los chicos a entenderse.

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Los prejuicios, los rasgos físicos y los checkpoint entorpecen el acercamiento cultural tanto como la lengua -vetados el árabe y el hebreo, se comunican en inglés y francés-, pero la música y la humildad de todos acaban por disipar la tensión entre dos culturas que sólo el cine puede unir.

De nuevo, la cineasta recurre a una metáfora (esta vez bíblica) para retratar el encuentro: “Míranos, Ismael e Isaac, los hijos de Abraham”, dice Yacine frente al espejo junto a Joseph. La cita hace referencia a los descendientes del “padre de muchos pueblos”, que eran hermanastros. Según el texto sagrado los judíos son herederos de Isaac (hijo de Sara) y los árabes de Ismael (vástago de una esclava). Lo triste es que ni la Biblia ni la realidad logran reconciliar a dos hermanos enfrentados…

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