D’A 2014 (V)

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Our Sunhi

Día 9 – Identidad quebrada (Parte II). Un apunte conjunto sobre Concrete Night,O Homem das Multidões y Our Sunhi.

La identidad a la deriva de un joven finlandés en Concrete night (Pirjo Honkasalo, 2013), la soledad de un conductor de trenes y una controladora en O homem das multidões (Marcelo Gomes y Cao Guimarães, 2013) o esos tres personajes masculinos desnortados por una mujer en Our Sunhi (Hong Sang-soo, 2013), vuelven a poner sobre la mesa, cada uno a su manera, la idea de la problemática cuestión identitaria. En Concrete night, la construcción de la identidad del joven Simo, en una Finlandia suspendida en el tiempo, parece avanzar hacia un callejón sin salida. Una familia desestructurada, con una madre ausente y el nihilista discurso de un hermano a punto de ingresar en prisión, parecen avanzar hacia esa misma dirección. Entre la admiración y el miedo, el errático Simon busca su reflejo en la figura del hermano, apropiándose también de su miedo y desesperanza.

No de manera casual, Pirjo Honkasalo abre la película frente a un espejo. Como en Luton o Medeas, la presencia del espejo vuelve a reflejar la idea del yo difuminado. Y frente al espejo, entramos también en un sueño. La atmósfera ensoñadora, en blanco y negro, de Concrete night, la melancolía de un núcleo familiar que masca una despedida; hunden la película en la ambigüedad. Con unos zapatos mucho más grandes de lo que le correspondería, Simon vaga sin rumbo por calles desiertas, espacios desolados y grutas subterráneas transformadas en parkings, ahogadas por una lluvia que no cesa. Y haciendo suyo el discurso de su hermano, parece terminar conduciendo el film hacia una especie de reescritura de la Alemania, año cero (Germania, anno zero, 1948) de Rossellini en clave onírica.

Concrete night

Concrete night

De las solitarias calles de una Finlandia irreal a la superpoblada Belo Horizonte de O homem das multidões, en realidad, no media tanta distancia. La alienación es caldo de cultivo para la soledad. Ahí está la paradoja de un conductor de trenes cuyo trabajo es transportar multitudes y, sin embargo, ha olvidado cómo relacionarse con ellas. O al menos de una manera real y comprometida.

También ha parecido olvidarlo la controladora que vigila el flujo de esos mismos trenes. Al otro lado del monitor no solo está su trabajo sino que es donde yace su única vida social. Ha cambiado la relación física por una virtual: los desengaños son menos traumáticos. Pero al otro lado del monitor también se encuentra una relación anhelada: la de ese conductor de trenes que a duras pena le dirige la palabra. Solo a través de una pantalla, la mirada de los personajes puede llegar a cruzarse con inusitada intensidad expresiva. En su parte más amarga ésta es, quizás, la definición gráfica más elocuente sobre cómo lo virtual ha trastocado el modo de relacionarse.

Gomes y Guimarães apuestan por un dispositivo formal cimentado en el plano largo y en el testimonial uso del plano/contraplano. Si la posibilidad de relación entre ambos personajes parece revelarse remota, el componente relacional que establece el plano/contraplano no puede aplicarse más allá de las miradas a través de una cámara/pantalla (donde sí existe una dialéctica relacional). Y no solo eso: el uso de un formato mucho más comprimido que el 1.33:1 no solo puede verse como la reducida visión del mundo de sus dos protagonistas, sino que también limita las posibilidades de que en ese mismo encuadre puedan entrar otros personajes, imposibilitando que estos puedan relacionarse dentro del plano.

O homem das multidoes

O homem das multidoes

Por otra parte en Our Sunhi (2013), la última película de Hong Sang-soo, la cuestión de la deriva identitaria es compartida por los tres personajes masculinos que capitalizan el relato. Paseando por las calles, sentados en un banco o, sobre todo, bebiendo en un bar, los tres (dos profesores y un antiguo alumno que todavía no ha terminado la carrera de cine) parecen sumidos en la desidia y la apatía mientras comparten, sin saberlo, una misma mujer.

Las variaciones en las repeticiones del cine de Hong Sang-soo, aparecen en Our Sunhi de un modo mucho más sutiles, casi imperceptibles. La idea del bucle sin fin que parece reforzarse en la nueva propuesta del autor surcoreano, se encamina al estancamiento de unos roles condenados a repetirse y a volver al mismo punto de partida. Como en O homem das multidões, la apuesta por la no utilización del plano/contraplano apunta a la imposibilidad de relación alguna. De un modo u otro, en el cine etílico Hong Sang-soo, un beso entre una de las tres combinaciones relaciones (im)posibles, solo podrá materializarse en un estado de comatosa embriaguez. Y aunque ni mucho menos sería el primero en ponerlo de relieve, el patetismo final que acaba unificando a los tres personajes en un mismo plano, ¿podría trasladar el concepto de la deriva identitaria, en el cine de Hong Sang-soo, al propio papel de la masculinidad en el cine?

Our Sunhi 2

Our Sunhi

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