D’A 2014 (III)

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Ilusión

Día 4, 5 y 6 – Un impulso colectivo y hacia la redención del arte. Un apunte conjunto sobre Ilusión, Árboles, El Futuro y Redemption.

Dejar de lado la individualidad de la autoría para afrontar un objetivo común. Adoptar herramientas y estrategias antes rechazadas. Servirse de materiales antes arrojados a la basura. En Ilusión (2013), el debut en el largometraje de Daniel Castro, un guionista sin trabajo (Daniel Castro en su vertiente actoral) se presenta ante un productor (David Trueba) con la intención de sacar adelante un delirante guión sobre Los Pactos de la Moncloa en versión musical. La frontalidad con la que abre la película supone, de entrada, tanto una interpelación directa hacia el espectador como un ejercicio de desnudez. Porque paralelamente a la negativa del productor, Castro, director, ya ha empezado a reflexionar sobre las posibilidades, fuera del modo de producción tradicional, de hacer cine en un país dinamitado por la crisis. La realidad no solo es el escenario, algo en lo que apoyarse para construir una ficción fronteriza, sino que su presencia, además, ubica a los personajes en un contexto palpable.

Árboles

Árboles

Desde esa puesta en común de ideas y objetivos, rechazando la narrativa tradicional y apostando por un cine-pensamiento, nada podría ejemplificar mejor esta serie de cuestiones que las propuestas facturadas por el colectivo Los Hijos. En Los Materiales (2009), el colectivo, deconstruyendo el documental, propuso hablar de un lugar que ha dejado de existir a partir de los descartes de todo el material filmado. Por otra parte, en un elocuente momento de El Futuro (2013), el primer largometraje de Luis López Carrasco fuera de Los Hijos, los defectos de la imagen y el sonido (o la ausencia de él) son aislados, descompuestos y ubicados en primer término porque han pasado a ser la herramienta fundamental que explicita el discurso del film. En Árboles (2013), el último largometraje de Los Hijos, la acumulación de planos cortos que muestran lo que parece ser una anciana y otras porciones de rostros, fragmentan el cuerpo e impiden cualquier ubicación temporal y espacial.

Redemption

Redemption

Influenciado por el trabajo de Chris Marker, en Redemption (2013), el último cortometraje de Miguel Gomes, la reflexión sobre la redención que proporciona el arte es orquestada a partir del material recogido en un vertedero de imágenes. Las imágenes extraídas de una realidad filmada, partiendo de una autoría ajena, no solo son confrontadas a cuatro voces en off, falsamente contextualizadoras, sino también a la propia ficción cuando al final Gomes revela la farsa. Aunque partiendo de una realidad, el pasado evocado por Gomes también termina reverberando en el presente de un modo resonante al planteamiento reconstructivo de López Carrasco. Como en el corto de Gomes, a la materialidad, la textura de la imagen como utensilio para el discurso intelectual que permita articular el pensamiento, cabe unir la palabra como segunda herramienta fundamental. En Árboles,  la centralidad que los personajes han dejado de poseer dentro del relato, es reedificada de nuevo cuando, en Nueva Guinea, el relato oral que narra una mujer convoca progresivamente la presencia de cuerpos dentro del encuadre. Si la narrativa está en la palabra, la posterior materialización fílmica de esa historia no puede adscribirse a una representación física sino a una mental, aunque ésta se apoye en mínimos elementos del lenguaje cinematográfico: el uso del espacio al que se remite y el uso del sonido.

En El Futuro las palabras de Felipe González tras la victoria socialista en las elecciones generales de 1982, apuntan a una desacralización de la euforia de la Transición que Daniel Castro convierte, en Ilusión, en un esperpéntico e irrealizable musical. El fondo negro, la no-imagen sobre el que escuchamos la palabra es en realidad todo lo contrario: las palabras de cambio devienen en fachada cuando colisionan con la materialidad de una elocuente imagen en negro. Si en Árboles la palabra, el relato oral, servía además para contraponer la riqueza y la decadencia cultural entre dos espacios geográficos, en El Futuro la banalidad de la palabra es atacada a través del trabajo con el sonido. Primero, como ya hiciera Godard en su Six fois deux/sur et sous la communication (1976), por voces atropelladas que hablan a la vez. Segundo, por el volumen de las canciones de una época que, en sus mismas letras, parecen confrontar la euforia con la melancolía de un mundo de dudoso porvenir.

El futuro

El futuro

Nacido en los 80, Luis López Carrasco no llegó a experimentar una fiesta en la temporalidad que recrea en El Futuro. Pero es esa misma distancia, sin embargo, la que permite un demoledor discurso desprovisto de nostalgia. ¿Cómo haberla sin no hay más futuro que nuestro presente? Al final de una fiesta alargada hasta la extenuación solo queda una resaca de la que todavía no hemos despertado. La misma promesa frustrada de la que parece surgir la propia Árboles. Como si hubiesen tenido una horrorosa visión, los habitantes de Nueva Guinea rechazaron la imposición de los colonizadores españoles por ubicarlos en ciudades surgidas de la nada, huyendo de nuevo a los bosques. Nuestros árboles, sin embargo, se han transformado en fríos bloques de hormigón, farolas y antenas que difuminan figuras, apenas reconocibles, y enclaustran a los personajes en espacios que desafían toda lógica orgánica natural. ¿Es ese el precio de la civilización?

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