Críticas: Viva la libertà

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Viva la libertad

“El miedo es la música de la democracia”

El cine italiano siempre se ha nutrido de su clase política para realzar sus miserias y satirizar aun más si cabe a unos dirigentes que ya por sí solos son una sátira en sí mismos. Desde el muy activista Elio Petri a Giuseppe Ferrara, pasando por Francesco Rosi o Marco Bellocchio, han sido muchos los directores italianos que se han atrevido a plasmar una realidad política plagada de corrupción y de desinterés hacia la opinión pública. A ellos se les une ahora Roberto Andò, que adapta su novela Il trono vuoto en su nueva película Viva la libertad, con la que no sólo aborda una nueva perspectiva sobre los políticos sino dos.

La película tiene como punto de partida el recurso del doble sustituto de una personalidad pública que, desde la leyenda que hablaba de un gemelo del rey Luis XIV confinado en la Bastilla tras su máscara de hierro al supuesto doble de Paul McCartney, ha dado para la literatura y el cine un filón en cuanto a historias de enredos protagonizadas por dos personajes idénticos en físico pero totalmente opuestos en carácter. El primero de ellos en Viva la libertad es Enrico Oliveri, secretario general del partido de izquierdas que ejerce de principal partido de la oposición en Italia. Oliveri es el reflejo de la clase política que alcanza su estatus prometiendo soluciones a los problemas sociales pero que, una vez afianzado en su cargo, se siente incapaz de buscar y ejecutar esas soluciones. Lejos de presentarnos a un político ajeno a los reproches del pueblo en este sentido, Andò crea un Oliveri depresivo y superado por su propia incompetencia, que no ve otra salida al malestar que la misma provoca en los ciudadanos y en su propio partido que la de desaparecer sin dar ninguna explicación ni siquiera a su asesor de confianza que tendrá que inventarse una excusa creíble para justificar su ausencia. De manera totalmente casual, el asesor conocerá al hermano gemelo de Enrico, Giovanni Ernani, un excéntrico escritor recién salido del manicomio de donde estaba recluido por un trastorno de la personalidad. Al ser confundido con el político por un periodista que no duda en abordarle para conseguir de él unas declaraciones explosivas, la propuesta de sustituirle a la cabeza del partido se antojan más que obvias para el espectador acostumbrado ya a este tipo de situaciones.

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Pero es aquí cuando el guión de Andò, en lugar de llevarnos por lugares comunes frecuentados por la diferencia de personalidades de uno y otro personaje, decide incluir una nueva crítica hacia el sistema político actual. El carisma de Ernani y su elocuente verbo capaz de llegar a un público que hace tiempo abandonó a su hermano, no son sino una pregunta al aire, o quizá una certeza, de si la política no es más que una farsa interpretada por “locos” que aparentan cordura y una lógica aplastante con la que engatusar a los votantes. El personaje de Ernani posee esa doble vertiente en la que sus excentricidades más notorias sólo son percibidas en privado por Bottini, el asesor de Enrico, e incluso por el Presidente de la República o la canciller alemana a la que recibe bailando un tango, pero que sin embargo en público frente a la cúpula de su partido o al electorado tornan en genialidades de un gran orador seguro de sí mismo. No es de extrañar entonces que la interpretación de este personaje esté tal vez demasiado contenida para lo que se espera de él, porque lo que pretende Andò no es hacer una comedia disparatada y superficial aun teniendo material para ello, sino una reflexión más profunda sobre la clase política y su manera de servir a la ciudadanía.

Obviamente todo el peso de Viva la libertad recae en su protagonista, Toni Servillo, que en su doble papel realiza un ejercicio extraordinario de desdoblamiento artístico sin que por ello necesite de artificios o maquillajes innecesarios para reconocer a cada uno de los personajes, si bien tampoco aparecen juntos en pantalla en ninguna escena. Aunque sería injusto no reconocer la ayuda que la fotografía imprime a cada uno de ellos, envolviendo siempre en sombras a Oliveri e iluminando a Ernani. A pesar de que la parte correspondiente a la búsqueda interior del político es bastante más floja argumentalmente que la de su suplantador, Servillo modela perfectamente un Oliveri sobrio, desgastado y deprimido que no sabe qué camino tomar para acabar con la situación que él mismo ha creado, que poco a poco va tomando conciencia de lo que realmente es importante en la vida. Por el contrario, dota a Ernani de un aura y un magnetismo que atrapa desde el primer momento en el que sale en pantalla, tal como hiciera con su Jep Gambardella de La gran belleza. El actor despliega su faceta más cómica creando un híbrido sutil y moderado entre Chaplin y Groucho Marx para las escenas más alocadas, mientras que muestra la altivez y confianza de quien no tiene nada que perder al proclamar verdades como puños, sus verdades como puños.

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Uno sale del cine de ver Viva la libertad con sensaciones encontradas. Por un lado se echa en falta un mayor equilibrio entre las dos mitades del film, puesto que la estancia de Oliveri en su retiro francés se acaba perdiendo en personajes y situaciones que poco aportan al conjunto, al contrario de lo que ocurre al mismo tiempo en Roma. Por otra parte, y aun siendo conscientes de la necesidad de controlar el histrionismo para entender el fondo de la historia que su director quiere contar, el personaje de Ernani nos deja siempre con ganas de más, de más locura y a la vez de más discursos cuerdos. Es por ello que la película no deja un poso sólido al menos en un primer visionado, pero sí invita a la reflexión aunque sea de una manera demasiado liviana. Eso sí, dudo que alguien no salga de la sala tarareando los primeros compases del aria Pace, pace, mio Dio de la ópera de Verdi La fuerza del destino.

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